La vida afectiva

Una dimensión fundamental del hombre es la afectividad, su capacidad de percibir sensaciones, sentimientos y emociones[1], constituye un esencial sector en la interpretación del crecimiento y del adecuado funcionamiento de la personalidad. Esta dimensión confiere una tonalidad que da color a cada expresión de la vida humana[2], da energía a cada conducta y permite al individuo de actuar[3], es como un combustible por el que el organismo puede funcionar.

De esta manera, el estado afectivo mueve la psique, dando lugar a lo que comúnmente se indica con el término humor, que va de la alegría a la tristeza, en ella nacen y se desarrollan las relaciones de armonía o desacuerdo que nos hacen vibrar de acuerdo con el universo de las personas y de las cosas provocando estados de bienestar, de euforia, o al contrario, estados de malestar, de depresión que consienten el diálogo con los otros u obliga a encerrarse en sí mismos[4]; «es la fuente de aquellas razones que la razón no conoce»[5], según el dicho de Pascal. Los estados afectivos son precisamente esta resonancia que la gratificación o la frustración de las necesidades y de los valores generan en todo el organismo[6]. Por eso se busca con constancia las condiciones agradables y se evaden las desagradables y dolorosas.

En otras palabras, la afectividad es un germen constante de vibraciones que vitalizan e intensifican las reacciones sensibles y mantienen la persona atenta a sí misma y a sus urgencias sociales, convirtiéndose de esta manera, en una energía de extraordinaria eficacia sobre la psique humana, en una potencia natural del individuo que estimula la realización de la propia misión[7].

La expresión «vida afectiva» cubre una vasta gama de fenómenos, diversos por origen, por duración y por intensidad. Tiene sus raíces en las estructuras y en los mecanismos biológicos o psíquicos y se alimenta de contenidos que se encuentran a nivel consciente o inconsciente[8]. Los principales son: el humor, los sentimientos, las emociones, las sensaciones y las pulsiones que impregnan a la persona en todas sus relaciones en base al propio modo de ser[9]. Por eso, aunque la energía afectiva es única, adquiere una tonalidad diversa según el objeto y el fin que se busca. Es la misma energía afectiva que alimenta el amor erótico y el filial, el paterno, el fraterno, el amor a la ciencia y al arte, el amor a la humanidad, la amistad y también el amor hacia Dios[10].

A estos estados afectivos (humor, sentimientos, emociones y pulsiones) se conjuga una serie compleja de procesos y de reacciones fisiológicas[11]. Ciertas alteraciones de la digestión o disfunción visceral dependen de las relaciones interpersonales negativas o de la falta de satisfacción de las necesidades fundamentales y, viceversa, un desequilibrio funcional provoca estados de mal humor, de irritabilidad y de resistencia a la interioridad[12].

Aunque la afectividad no es un hecho espiritual, sino una corriente psíquica que da energía, desde el momento que el hombre es libre, esta afectividad se convertirá en amor, en la medida que no es sólo un dinamismo o un impulso que la mueve, sino algo que la lleva a dar libremente alguna cosa; es como un patrimonio[13].

Es por esto que, si la realidad absoluta y total de la existencia, el misterio de la vida es el amor, y si el hombre está hecho a imagen de Dios, evidentemente esta actividad tendrá un significado y una portada radical y fundamental para la vida humana. «La afectividad humana es aquella realidad primaria radical que entra como una corriente, que enciende, que da el gusto, el sentido a todos los aspectos, dimensiones y experiencias de la vida humana»[14].

- Proceso de desarrollo

Al inicio de la vida, la afectividad se expresa por las pulsiones y es vivida como una energía que empuja al niño a buscar gratificaciones correspondientes a las necesidades del momento, en esta fase no es dotada de modos establecidos y fijos para expresarse, más bien se presenta como una energía susceptible a ser orientada en diversas direcciones, por eso puede educarse[15].

El proceso de desarrollo hacia la madurez se caracteriza de la actitud que la persona asume ante sí misma, ante la realidad externa y ante los valores. Freud indica con el término «principio» los niveles de motivación que el individuo alcanza en el arco evolutivo:

1.     El principio de placer se desarrolla a nivel de motivación biológica y se manifiesta en una fuerza a querer lo que agrada y rechazar lo desagradable. Este principio es dominante en los primeros tres años de vida.

2.     El principio de la realidad que se mueve a nivel de motivación social y se traduce en la gradual aceptación y en la adaptación a la realidad externa (leyes físicas y sociales, personas, límites personales). Éste caracteriza el período entre los tres y los ocho años, pero a veces es obstaculizado por el principio de placer.

3.     El principio de los valores es animado de motivaciones personales y orienta hacia una conducta inspirada a una escala de valores sentidos como propios del individuo. Eso puede iniciar a obrar después de la pubertad, si la educación ofrece perspectivas válidas y motivadas.

El criterio de los tres principios es un válido parámetro para evaluar el nivel de madurez psicológica, religiosa y vocacional en los diversos estados del desarrollo[16], cuya característica fundamental consiste en la integración entre la razón y las energías afectivas. En la fusión armónica de estos dos elementos está la base de la madurez y orienta la sensualidad y la agresividad hacia el bien global de la persona y hacia la creatividad. Por eso el hombre maduro goza de un notable margen de libertad interior y es capaz de un amor verdaderamente humano.

La persona madura es capaz de experimentar contemporáneamente diversos tipos de afecto, aunque una forma de amor es vivida con intensidad dominante sobre las otras. Además, la preferencia de un determinado tipo de amor varía con la edad, el sexo, la formación, la escala de valores, la orientación dada a la propia vida. Si la persona es afectivamente madura sabrá utilizar con libertad los diversos tipos de amor, según las circunstancias y en armonía con el propio ideal.

La concepción unitaria de la capacidad de amar conserva todo su valor en la relación con Dios y con los valores sobrenaturales. El amor hacia Dios y hacia los valores espirituales es auténtico y personal si nace de una afectividad humana, madura y equilibrada[17].


[1] Cf. Giordani, B., (1971). Vita affettiva della religiosa, Roma: PUA, 72; Schaller, J.P., (1964). «Vocation et affectivité», en vocations sacerdotales et religieuses, 225. 79.
[2] Cf. Lucas Lucas, R., (1993). El hombre espíritu encarnado… Opus cit., 191; Giordani, B., (2001). Donne consacrate… Opus cit., 109.
[3] Cf. Spaccapelo, N., (2006). Lezioni… Opus cit., 57.
[4] Cf. Sovernigo, G., (1900). Religione... Opus cit., 203.
[5] Cf. Healy, T., (1997). «La sfida dell autotrascendenza: antropología della vocazione Cristiana 1 e Bernard Lonergan», en Antropologia Interdisciplinare e Formazione. Bologna: EDB, 132; Riberolles J., (1962). «Vie Affective», en Supplément de la vie Spiritualle, 69.
[6] Cf. Goya, B., (2001). Vita Spirituale… Opus cit., 143.
[7] Cf. Goya, B., (2001). Vita Spirituale… Opus cit., 144.
[8] Cf. Giordani, B., (2001). Donne consacrate, una lettura psicologica, Milano: Ancora, 109.
[9] Cf. Sovernigo, G., (1900). Religione e persona, Bologna: EDB, 203; Goya, B., (2001). Vita Spirituale… Opus cit., 145.
[10] Cf. Leep, I., (1975). Natura e valore dell’amicizia, Milano, 27.
[11] Cf. Spaccapelo, N., (2006). Lezioni… Opus cit., 110. También llamado somatización.
[12] Cf. Hilgard, E.R., (1979). Psicologia. Corso introdutivo, Firenze: Barbera, 377.
[13] Cf. Spaccapelo, N., (2006). Lezioni… Opus cit., 55.
[14] Idem., 57.
[15] Cf. Giordani, B., (2001). Donne consacrate… Opus cit., 110.
[16] Cf. Giordani, B., (1993). La donna nella vita… Opus cit., 156-157.
[17] Cf. Giordani, B., (2001). Donne consacrate… Opus cit., 112.

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