En la vida comunitaria,

« La energía del Espíritu que hay en uno pasa a todos... no solamente se disfruta del propio don, sino se multiplica al hacer a los otros partícipes de él, y se goza del fruto de los dones del otro como si fuera del propio» VC 42

Que brille tu Rostro Señor

«Haced de vuestra vida una ferviente espera de Cristo, yendo a su encuentro como las vírgenes prudentes van al encuentro del Esposo. Estad siempre preparados, sed siempre fieles a Cristo.» PC, 5

Vida Fraterna en el amor

Que cada comunidad se muestre como signo luminoso de la nueva Jerusalén, morada de Dios con los hombres, VC, 45

Reflejo de la Trinidad

La vida consagrada se convierte, en una de las huellas, concretas que la Trinidad deja en la historia, para que los hombres puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina. VC, 20

Compromiso y Vigilancia

la primacía de Dios es plenitud de sentido y de alegría para la existencia humana, porque el hombre ha sido hecho para Dios y su corazón estará inquieto hasta que descanse en él. VC,27

HERRAMIENTAS DE ANIMACIÓN, GOBIERNO Y LIDERAZGO (III)

Cuando hablamos de animación estamos afirmando justamente que un ámbito comunitario necesita ánimo. La capacidad para infundir ánimo es uno de los rasgos que el Magisterio expresamente pide a aquellos que prestan el servicio del superiorato , porque como ya denunciaba el Beato Juan XXIII «agoreros de calamidades» abundan por doquier. No deja de ser elocuente que se pida a quien tiene que sostener los vínculos comunitarios la capacidad de generar ánimo. Sin embargo, la vinculación en libertad y totalidad; en gratuidad y permanencia que es la vida en comunión, necesita y le es imprescindible que alguien encarne la evocación de la esperanza que sostiene la llamada. Es conocido por todos que los dinamismos de relación, por el propio desgaste que conlleva existir, pueden condicionar un estado de permanencia sin esperanza. Sanar esto es la tarea primera de quien gobierna una comunidad religiosa. Es además imprescindible que esta propuesta de ánimo sea para todos, no para un grupo selecto que decide o me sigue. Aquí, sin duda, aparece otro de los grandes retos de nuestro tiempo: la pluralidad. Va habiendo en el seno de las comunidades y de las congregaciones demasiadas distancias entre facciones, grupos ideológicos . No hace mucho recordaba Mons. Tobin algo que había presenciado en su congregación, él venía a definirlo del siguiente modo: a los gobiernos no los sucedían otros… sino que «juntas militares» eran derrocadas y sucedidas por otras que negaban a los anteriores hasta el agua. Creo que es evidente. Un aspecto crucial de la comunidad hoy es la reconciliación. Es más, el punto de partida de una concreta y activa reestructuración es una sincera celebración penitencial.
El servicio de animación tiene que emplearse a fondo, en una sociedad dividida y devaluada, por superar la división, aunar intereses y personas. Superar la tentación maniquea y miope de gobernar sólo para quien aplaude y atender todas las sensibilidades. Esta clave, comprenderán que no se improvisa y que supone una cualificación humana (y divina) poco frecuente.
El trayecto que resta a la comunidad religiosa para ser significativa en los contextos del siglo XXI no se salva si no es con una propuesta explícita de ánimo, en la que nos recordemos, cada mañana, que efectivamente, a penas se abra nuestra boca, ésta proclamará la alabanza y no el lamento.
 Es imprescindible el liderazgo que en la vida religiosa consiste en la capacidad de ser memoria de la Bienaventuranza porque en las batallas de la vida frecuentemente se viven vueltas atrás, búsquedas de protección o contaminaciones de las líneas más originales de fidelidad. El liderazgo es capacidad de guiar sin imponer; orientar sin forzar; mostrar y atraer. Es un liderazgo espiritual que no se logra con destrezas humanas, aunque las comprende. La comunidad religiosa tiene que superar tres tentaciones siempre presentes: el conformismo, la casuística y el desánimo. Éstas unidas a aquellas dos que ya señalaba Juan XXIII en su decálogo (prisa e indecisión) constituyen cinco trasversales en las cuales nos jugamos todo en el ser comunidad o parecerlo. Un liderazgo activo, estará siempre atento para que estas constantes en las relaciones humanas estén suficientemente neutralizadas por el evangelio, de manera que la comunidad no se reduzca a puro grupo sociológico (suma de individuos) y logre aquel efecto multiplicador que tiene lo evangélico (encuentro de hermanos o hermanas).
Pero en un contexto como el presente, ¿de qué liderazgo estamos hablando para la vida en comunión? Los tratados de éxito social y empresarial piden para los líderes una especial inteligencia intrapersonal (aquella que permite entenderse a sí mismo y a los demás) e interpersonal (aquella que tiene que ver con la capacidad de entender a otras personas y trabajar con ellas) éstas capacidades, unidas a un cuidado espiritual y sentido de pertenencia, son equipaje que nos ayudará a viajar de la administración (que las cosas funcionen) al mecenazgo (que las personas den lo mejor de sí).
 ¿Qué decir de la visión? Se trata de aquella cualidad poco frecuente que evita el funcionamiento por impulsos, transforma la estrategia en mística y destierra cualquier asomo de competitividad. Es un don que permite ver más allá de las apariencias, con lo cual se logra la perspectiva: conoce el antes e intuye el después, por eso hace posible el ahora. Tiene especial unción para trabajar el nosotros y de integrar en él la particularidad y la sana autonomía imprescindibles de la verdadera comunión en libertad. Tiene tres rasgos muy claros: descubre la realidad, visualiza el ideal y alienta las posibilidades corales para lograrlo .

DESCUBRIMIENTO DE LA REALIDAD
o CUIDAR LOS VALORES DE LA COMUNIDAD
Es la capacidad para señalar lo central, lo que no debe cambiar, en un contexto en el que todo puede cambiar al servicio de la persona. El líder sabe respetar la situación de la persona sin forzar ni el miedo ni el entusiasmo, pero dando argumentos para que la persona se sienta impulsada o motivada para caminar en una dirección
o SIN PRISA PERO SIN PAUSA
La pretensión de cambio de ánimo en una comunidad local, provincial o congregacional no puede estar tejida de impulsos o de búsquedas de resultados inmediatos o sonoros. Es necesario promover una ralentización en la cual las personas hablen y sean ellos mismos (no quienes queremos que sean). Servirnos tanto de la escucha y acompañamiento (el acompañamiento espiritual creo que es uno de los valores que más hemos de cuidar en este tiempo), como de las querencias reales de las personas… es imprescindible para llegar a descubrir cómo tiene que ser la comunidad.
o INICIAR EN LA CÚSPIDE ALGO QUE PARTA DE LA REALIDAD
No hay cambio real si no sintonizamos a todas y todos en el cambio. Merece la pena invertir tiempo, mucho más tiempo, en diálogos formales e informales en los que cada persona se sienta valorada y escuchada, para llegar a un punto de encuentro y consenso. Sigue siendo el entusiasmo quien proporciona el impulso necesario para pasar de la palabra a la acción.
VISUALIZAR EL IDEAL
o DIRIGIR LA MIRADA HACIA ADENTRO
No basta la sociología (así somos, o así estamos). El líder tiene que saber ver como en realidad está la comunidad. Su horizonte y su presente. Sólo así se puede esbozar un planteamiento que resulte alentador y aglutinante de la realidad.
o LLEGAR AL CORAZÓN (que no sólo se esté)
No se trata tanto de saber argumentar de manera exacta (en clave de empresa) sino de saber conmover, en clave de vida. Hay que llegar al corazón de la persona para desarrollar los dinamismos de implicación comunitaria.
o PRIMERO LAS PERSONAS, LUEGO LOS PROYECTOS… NO A LA INVERSA
Generar compromiso y adhesión personal. Cuidado de los vínculos emocionales. El religioso debe percibir que se confía en él (o ella) y sus posibilidades.

MANTENIMIENTO DE LA TENSIÓN
o PASAR DE LA VISIÓN A LA ACCIÓN
Superar la tentación de formulaciones teóricas que no se procesen. Ofrecer signos de vida que hagan creíble el proyecto. La persona no se enamora de cronogramas y a veces es lo único que ofrecemos.
o OXIGENAR LOS AMBIENTES
La comunidad nueva no se da porque lo digamos, sino porque ponemos la vida en ello. Oxigenar ambientes es hacerlos posibles para las personas que hoy viven en comunidad, no las que vivieron. Un buen líder tiene una buena percepción de la historia, permitiendo que ésta sirva de humus común y no sólo de lenguaje para iniciados. El líder sabe que hoy un tanto por ciento elevado de la vida religiosa no vibra con los recuerdos de lo que fuimos.
o AUTORELATIVIZACIÓN DEL LIDERAZGO
La clave de la comunidad es la común responsabilización de los ministerios y servicios. No permitir la perpetuación de funciones por el deterioro que provoca en la comunidad y en la persona que encarna el servicio en un tiempo o trayectoria excesivamente prolongada.

HERRAMIENTAS DE ANIMACIÓN Y GOBIERNO (II)


Escrito por Luis Alberto Gonzalo Díez, cmf. 


1. Espectador o protagonista
Propongo una reflexión sobre algo de Dios, la comunidad, contando con dos estudios muy humanos, muy de este tiempo y fuera de los parámetros que habitualmente señalamos como idóneos para reflexionar sobre la comunidad.
Uno de ellos me llamó la atención por el título: «Los próximos 30 años van a ser los más interesantes de la historia de la humanidad» . En nuestras reflexiones sobre el presente y futuro de la vida religiosa y la comunidad en ella, hablar de 30 años da vértigo. Seguramente en cinco años nada será como es. Y, aunque sea, no se parecerá… Atrevernos, por tanto a pensar en las tres próximas décadas es casi ciencia ficción.
El otro se titula Comunidad y me lleva acompañando más meses. Es de S. Bauman y hace un análisis de cómo nace y se sostiene la comunidad. Su tesis es que la sociedad líquida, sin fronteras, también provoca inseguridad, debilidad y miedo… así hacemos nacer comunidades (políticas, sociales, culturales… expresamente no alude a las comunidades religiosas) pero construidas con papel secante, lo cual hace más grave la aparente seguridad. Concluye, sin embargo, afirmando que “si ha de existir una comunidad en un mundo de individuos, sólo puede ser (y tiene que ser) una comunidad entretejida a partir del compartir y del cuidado mutuo; una comunidad que atienda a, y se responsabilice de, la igualdad del derecho a ser humanos y de la igualdad de posibilidades para ejercer ese derecho” .
En ambos se nos plantea una doble posibilidad: estar como espectadores o protagonistas. Y ahí es donde podemos encontrar incidencia para nuestra reflexión sobre el momento actual de la vida en comunión.
Que existan protagonistas, facilita o condiciona la existencia de espectadores y a la inversa. A la vez, ante una realidad en la cual es cada vez más difícil pasar inadvertido, la tentación es de repliegue y mantenerse en un sano margen que no complique la existencia. Ambas tendencias, desde nuestra clave de comunidad evangélica, son peligros que tenemos que abordar.
La comunidad religiosa tiene que anunciar una convocatoria en libertad e igualdad en torno al Maestro. El sustrato, para hoy, de todos diferentes, pero todos iguales, es absolutamente imprescindible. La situación de la persona en el momento social y de las comunidades en el momento eclesial, nos conduce, sin embargo, a detectar que hay algunos desajustes que conviene corregir.
Todos los temas de vida religiosa tienen un carácter circular, se auto-implican. Hace tiempo que sabemos que hablar de comunidad es hablar de misión y hablar de oración es hablar de vida, porque nuestro estilo de vida quiere ser una expresión de totalidad ante un contexto de fragmentación.
La misión en la vida religiosa, como aspecto nuclear de la consagración, se apoya en el diálogo. Partiendo de una construcción continua de la persona, en clave dialogal, llegar a experimentar la confrontación, el contraste o el discernimiento – en términos más nuestros – como arte habitual de existencia.
Hablar de espectadores o protagonistas está reduciendo mucho nuestra experiencia de vida con otros y para otros. Es una perspectiva subjetivista que vale para diseñar las distintas actitudes en el mundo de la empresa, que no en la misión. Sin embargo, la presencia de la vida consagrada en «contextos sociales no tradicionales», la apertura a una «missio inter gentes» por ejemplo, puede acarrear esas situaciones, curiosamente por una no bien entendida aceptación de la secularidad.
Tanto los espectadores como los protagonistas no son sino el triunfo de la soledad y el individuo. Si haciendo un ejercicio de imaginación pensásemos dónde situar a cada uno de nuestros hermanos de comunidad, sin duda, encontraríamos algunos protagonistas (pocos) y un buen número de espectadores.
No deja de ser curioso que en los tratados de éxito empresarial, se afirme el valor del contraste (discernimiento) y el diálogo (acompañamiento) como principios que garantizan el éxito. A la vez, salen a la luz los principios individualistas más crudos “si quieres tener éxito debes ser el mejor” , tan de nuestro tiempo y tan contradictoria con los principios comunitarios.
2. Expectación y apasionamiento
La cuestión no es mantenerse, ni aguantar. La comunidad se sostiene en una sabia articulación de expectación y apasionamiento que se han de alimentar en el día a día. Es una simpleza reducir nuestros problemas a cuestiones de edad y número. Es cierto, no obstante, que edades y número condicionan. La convivencia conforme a la cronología de cada uno nos sitúa frente al otro, enfrentando, en ocasiones, pareceres y criterios. A la vez, para que exista comunidad, tiene que darse un número suficiente de personas diferentes que la encarnen. El CIC y el derecho propio de cada instituto establecen mínimos, a veces tan mínimos que es imposible. Consecuencia de la reestructuración o comprensión del tiempo presente para la misión, es la reducción de presencias, en pro de comunidades significativas.
Dicen los manuales de los ejecutivos que cuando falta pasión y apasionamiento, se debe uno plantear el cambio de empresa .
Volvamos a hacer un ejercicio de imaginación. Supongamos que en este ejercicio, tan frecuente, de encuestas… reducimos las preguntas a las siguientes: ¿ Tienes expectación por el día a día de tu comunidad?, ¿Te descubres apasionado en todo lo que vives con tus hermanos o hermanas? Si, además, ofrecemos que la respuesta pueda ser sólo un «si» o un «no». Estoy convencido de que un cuestionamiento así frenaría otras consultas complejas con las que solemos llenar los documentos previos a los capítulos. A veces es tan sencillo como escuchar un sí o un no… y sacar consecuencias.
Mantener la expectación es tanto como creer en la novedad del milagro comunitario, superar el círculo de la competitividad y creer en el signo de la comunión para este siglo. Por otro lado, el apasionamiento, hace referencia al centro de interés… no a los centros. Sitúa dónde está focalizada la existencia y las mejores energías. Ambos piden darse en personas maduras que tienen bien organizada su existencia conforme a la sorpresa de Dios. No faltan ejemplos de religiosos que son muestra de una donación de vida fecunda, constante y sana o feliz. No faltan los nombres y apellidos de personas que están creyendo y creando comunidad… Pero son personas concretas, no está tan garantizado que existan comunidades que así lo vivan. Una vez más hay que reconocer que habiendo religiosos santos, este tiempo necesita comunidades santas como bien afirma Amedeo Cencini.
No siempre es cuestión de número, pero siempre es cuestión de que los que están sean. No se construye una comunidad a la fuerza, violentando las inclinaciones más profundas o las costumbres más arraigadas. Determinados procesos de soltería incapacitan para una vida en comunión, sencillamente porque nunca se ha hecho, o porque sólo plantearlo desestabiliza la vida… Algunos modos, horarios, estilos… están viviendo en las comunidades, pero no son comunidad.
Un trabajo de este tiempo de revitalización es, sin duda la pertenencia, como llamada a la construcción de un nosotros que me necesita, me posee y comprende… Pero se tienen que dar los tres elementos: necesidad, posesión y comprensión.
Cuando se habla de la secularización de la vida religiosa en términos negativos se está indicando justamente esta dolencia… personas que están en ámbitos de consagración simplemente porque se han quedado, no porque el medio contagie sus decisiones más profundas.
3. Animación, liderazgo y visión

Hace ya años que se alude a esta etapa de la historia como un periodo «sin padre» . Parece que el paso de aquellos momentos donde se significaba la ascesis corporativa y la “sumisión religiosa” ha dejado paso a la afirmación de la validez de la visión de cada persona. Es la sublimación de lo subjetivo… casi todo es opinable y las pertenencias comunitarias no son unívocas. En este proceso de afrontar el presente para tener futuro, hay una mediación, un servicio, un ministerio que es insustituible: la animación de la misma. La todavía reciente instrucción sobre «El Servicio de Autoridad y Obediencia» nace porque se detectan carencias graves en ese ministerio en la vida religiosa. No tanto porque tenga que estar férreamente marcada la dirección, cuanto porque tiene que haber visión… y esa no se improvisa.
No deja de ser cierto que es muy difícil tener don de poder intervenir en la vida de otros sin que esa intervención suene a injerencia o provoque desajustes no deseados.
Pero hay que reconocer que son tiempos en los cuales el acompañamiento de las personas se sustituye por puras decisiones administrativas: obras, reuniones, comisiones y proyectos.
Pretendemos un servicio de animación en la caridad, pero no se tocan los elementos de la fibra humana que se tienen que dinamizar, con lo cual el efecto deseado y aglutinador no se logra y se avanza en una desafección que es muy sintomática. Definitivamente uno de los primeros gestos de revitalización de la comunidad religiosa es la formación de superiores y superioras con visión. Hombres y mujeres, como pide la Instrucción que, ante todo, sean buscadores de Dios y no maestros de costumbres o instructores de aciertos y errores; hombres y mujeres dispuestos a envejecer y no llamados a perpetuarse, permitiendo que vengan nuevos modos y visiones, sin absolutizar lo vivido ; hombres y mujeres con ganas de vida y sin ganas de poder… Un signo evidente de la crisis de la vida religiosa no es la falta de vocaciones solamente, sino la falta de convencimiento y capacitación para un ministerio que es sólo testimonio y servicio. Hemos aprendido bien a exhortar y pedir que se ore, sin orar… Se descalifica así la misión de la comunidad y pierde sentido lo único que sustenta la vinculación de los que formamos la comunidad: la palabra.
La Instrucción SAO recuerda que la autoridad en la vida religiosa es espiritual , esto es, testimonial… ir por delante, mostrar y ofrecer un camino creyente. La tarea insustituible de la comunidad como ámbito pedagógico y terapéutico no necesita expertos, sino testigos…
Es frecuente la búsqueda desesperada de recetas contra la crisis. Siempre y cuando éstas no necesiten el movimiento de sitio de quienes las solicitan. Si hoy queremos revitalizar la vida consagrada, ésta pasa por los dinamismos de comunión y éstos por la clarificación del ministerio de animador.
No pocos autores recuerdan que la cuestión, a la hora de la verdad, es una cuestión de fe y ésta se acrecienta y transmite gracias al testimonio. No hacen falta maestros sino testigos que, con humildad, muestren cuál es su andadura creyente .
Los tres «ingredientes» del ministerio del superior o superiora son: animación, liderazgo y visión… sin que se impliquen ni excluyan. No se trata de una adquisición a base de voluntad, aunque hace falta… ni un cúmulo de virtudes inaccesibles para los más, aunque, qué duda cabe, son dones que unos pocos tienen al servicio de los demás.

HERRAMIENTAS PARA EL SERVICIO DE ANIMACIÓN (I)




Escrito por Luis Alberto Gonzalo, cmf


LA VIDA EN COMUNIÓN BAJO DOS CLAVES: «ESPECTADOR O PROTAGONISTA»
De los grandes argumentos a la historia diaria donde se «teje la vida»
Diálogos desde la totalidad y gratuidad
El momento es apasionante, despierta interés. Quienes nos observan se preguntan si esta estructura nuestra pasará la barrera del tiempo. Quienes lo vivimos tenemos por un lado el «secreto» revelado por el Señor Jesús de que así será, y, a la vez, la interna convicción de que tal y como estamos, con las redes que hemos configurado para expresar nuestra vinculación comunitaria, no será así. Algo está cambiando y lo que es más claro, aunque no sepamos poner contenido, algo más radical va a cambiar.
No hay variación en los grandes principios que sustentan la comunidad evangélica. Ésta nace de una llamada, un compartir vida y un envío (Cfr. Mc 3) y además de un humus que permite una lectura propositiva común de esperanza para nosotros y para los otros. En grandes trazos y en síntesis este es el foco desde el cual ayer, hoy y siempre se ilumina y orienta la comunidad. La pregunta por el hoy en cada momento de la historia es lo que nos puede aportar claves nuevas de interpretación y acción para lograr aquel estilo de vida por el cual «lo hemos dejado todo».
Estamos en una era con fronteras móviles. Fronteras físicas y también culturales. Las seguridades de ayer hoy se muestran terriblemente inseguras. Los líderes que hace horas nos daban seguridad y un punto de esperanza, se derrumban en cuestión de segundos, minutos o meses. Casi nada es fijo y estable. Valores como la fidelidad, necesitan, en seguida, circunstancia de modo y lugar… a quién, a qué y cómo. Somos nosotros, llamados a experimentar el gran don de la comunidad y comunitariedad de aquellos que nos gusta definir como «individualistas», con esa pretenciosa distinción pedagógica que mostramos cuando hablamos de los otros. Dentro de la experiencia de comunión, vamos creando, nosotros mismos, líneas de adhesión o quebranto que no existían. Las creamos nosotros. «Es un buen religioso, ha entendido perfectamente el proyecto en el cual estamos y lo asume», yo he utilizado esta escala de valoración. Ahora bien, ¿qué proyecto?, ¿de quién? Es proyecto de Dios?, Es mío? Es valor intrínseco de la comunidad? Es fiel a lo que el Espíritu está pidiendo para el aquí y el ahora o es mi lectura particular del momento, que nace de mi… y en no pocas ocasiones viene a garantizarme a mí y mis ideas? Son las preguntas internas (y externas) de un individualista, cuando piensa que sus hermanos también lo son.
Nuestra movilidad se expresa, sobre todo, en la común aceptación de un tiempo de reestructuración o de nueva clave organizativa. Un proceso válido, necesario y fiel pero que, como todo proceso humano, se va cargando con disyuntivas maniqueas con consecuencias no saludables para una comunidad que afronta el siglo XXI con algunos síntomas de debilidad:
1. Un grado de satisfacción ingenua ante los grandes proyectos, por los mentores de los mismos. El papel, siempre fiel, aguanta que una propuesta, asumida por un equipo reducido, contemple como cuatro ideas articuladas deben dar vida a un grupo de mujeres o de hombres que han sido llamados a ser comunidad y
referente evangélico en un contexto de increencia. El culmen es llegar a pensar que esas ideas, con esos plazos, tienen no sólo que producir vida en esos contextos, sino que cohesionen las existencias de esos hombres o mujeres distintas y , a veces, distantes.

2. Una forma demasiado extendida de aparente aceptación: el silencio. Es la manera más clara de reducir la reestructuración a materia, sin llegar a transformar el corazón de quien tienen que ser comunidad. Algunas propuestas pueden provocar que la vida de la persona religiosa se vacíe de referencias de pertenencia y la opción sea un silencio que parezca obsequioso, pero que en realidad exprese, sin decirlo «esto está bien para quien lo quiera, pero no tiene que afectar mi vida». ¿Estará creciendo el número de consagrados que están diciendo basta, sin decirlo? José Cristo Rey no hace mucho reflexionaba sobre este particular. Los modos de control no son buenos para el gobierno, cuando éste quiere ser animación. Una forma de hacerlo es preguntar cómo son, qué quieren, dónde van… Es la urgencia de conocer el interior… Pero esto está provocando también el efecto contrario, el silencio. Explícitamente la respuesta de la inhibición.
Cuando celebramos una asamblea, por ejemplo, si se nos pregunta: ¿cómo ha salido? Tenemos prácticamente hecha la respuesta: «bien, la gente ha estado muy atenta y han participado muchos o muchas» Y nos quedamos felices, y hasta decimos ¡qué bien! , ¡cómo sintonizan…! Aún más, la evaluación puede incluso decirlo. La respuesta del millón «son los años luz» entre lo expresado y la verdad que pasa por el corazón de cada participante.
3. Los que conocieron vitalmente las décadas de los 60 y 70 echan de menos aquella ebullición. Aquellas preguntas y aquellos contrastes. «Los porqués se unían a los grandes ideales y opciones». Curiosamente un tiempo en el que aparentemente la autoridad estaba más marcada, era un tiempo en el que la autoridad se encontraba con respuesta «interactiva…» Hoy la protesta ha cambiado y se manifiesta en un individualismo funcional expresado en silencios que permiten que cada uno sea cada uno y siga en lo de cada uno . A. Bocos además de señalar unos retos realmente novedosos para esta era (multiculturalidad y sociedad líquida, por ejemplo), sitúa en los desplazamientos del ser al tener y del tener al aparecer la clave para afrontar este tiempo de reestructuración. Lógicamente hay que añadir la credibilidad interna y externa de nuestra comunidad y la articulación de la misión.
4. Una vida de comunión sin preguntas. Y, por tanto, sin respuestas. Un clima social que ha encumbrado la subjetividad a cotas inimaginables en otro tiempo, permite una serena convivencia sin implicación interpersonal. La cuestión es sacar adelante los grandes proyectos, sin que se de cuestionamiento de los proyectos privados. No hay conflicto, pero no hay mordiente pastoral, no hay comunidad. Se tiende a sumar individualidad con la esperanza de que en el resultado se de el ansiado proyecto aglutinador.
5. Vacío de pertenencia. Un proceso de reestructuración trae como consecuencias el movimiento de algunas fronteras, sobre todo por lo que se refiere a las grandes líneas de acción: opción por una presencia determinada o área geográfica. Siendo necesaria la erección de nuevas referencias que motiven, frente a una sensación de desgaste y cierre…, se están dando síntomas preocupantes de mirada hacia lo particular sin asunción de lo general. Dicho de otro modo, generaciones de religiosos de mediana edad, están viviendo un viraje significativo hacia sí mismos conjugando una aparente asunción de un proyecto comunitario, sin pedir ni ofrecer nada a la vida de comunión diaria. Sobre este particular, recomiendo vivamente la reflexión sobre el artículo: « Vida religiosa y cambio: la reorganización de los institutos» de Pina del Core .
6. Una reflexión sobre la comunidad, siempre viva y necesaria, que expresa el sentir de la vida consagrada sobre la necesidad de encontrar el marco y el desarrollo de lo que es una comunidad apostólica para este tiempo. En general se percibe una reflexión coherente sobre la vida en comunión y sus dinamismos de animación. Queda, sin embargo, un vacío en el cómo .

Espiritualidad de la vida Consagrada

La Exhortación sinodal sobre la vida consagrada indica: “La vida espiritual, por tanto, debe ocupar el primer lugar en el programa de las familias de vida consagrada, de tal modo que cada instituto y cada comunidad aparezcan como escuelas de auténtica espiritualidad evangélica. De esta opción prioritaria, desarrollada en el compromiso personal y comunitario, depende la fecundidad apostólica, la generosidad en el amor a los pobres y el mismo atractivo vocacional ante las nuevas generaciones. Lo que puede conmover a las personas de nuestro tiempo, también sedientas de valores absolutos, es precisamente la cualidad espiritual de la vida consagrada, que se transforma así en un fascinante testimonio“(V C 93).

EL ESPÍRITU ES EL PROTAGONISTA
Afirmar esto significa leer toda la realidad de la vida consagrada a la luz de la espiritualidad. Se trata, pues, de comprender, a la luz de la espiritualidad, la misión, la vida fraterna, la formación, las estructuras de gobierno, la relación con los laicos.
Cuando se habla de espiritualidad, se hace referencia, obviamente, al Espíritu, y, cuando se habla en la Biblia de Espíritu, se habla de soplo y de viento, se hace referencia a una realidad vital que es fecundación y nacimiento. Por tanto, pararse a reflexionar sobre la espiritualidad de la vida consagrada significa entrar en su mismo corazón y encontrar en él las huellas de las actuaciones del Espíritu, en sus orígenes y a lo largo de su historia. Con otras palabras, es hablar de su esencia, de su más profundo significado.
El Espíritu es el verdadero protagonista, que sigue realizando “cosas grandes” en nuestra frágil humanidad. El Espíritu abre el corazón del hombre al encuentro con el Señor que le llama, le consagra y le confía una misión.
La llamada a seguir a Jesús exige renuncias radicales, que conllevan la superación de las más radicales inclinaciones de la naturaleza; por ello se comprende la necesidad de una presencia y de una actividad absolutamente especial del Espíritu de Jesús. El consagrado, superando la fragilidad de la propia carne, está llamado a hacer transparente la presencia del Reino y a demostrar” “ante todos los hombres la soberana grandeza del poder de Cristo glorioso y la potencia infinita del Espíritu Santo, que obra maravillas en la Iglesia.”(LG 44c), así como a convertirse en un ámbito donde el Espíritu Santo actúe – y se le deje actuar – con la más absoluta libertad.

LLAMADOS A UNA ESPIRITUALIDAD DE COMUNIÓN


El fin último de la vida consagrada es realizar en plenitud el misterio de comunión al que el consagrado está llamado, cuyo camino ha trazado Jesús. La Constitución Lumen Gentium ha subrayado explícitamente la llamada universal a la santidad de todos los cristianos en la radicalidad del Evangelio, en el cumplimiento del mandamiento del amor y en el seguimiento de Jesús.
Pero todo esto no excluye lo que el mismo Evangelio presenta, o sea, la posibilidad de un seguimiento particular, diferente del que se le pi-de a todo cristiano, seguimiento que se concreta en la profesión de los consejos evangélicos y en la incorporación a una nueva forma de vida. 
“Jesús le dijo a Simón: No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres. Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron“(Lc 5,10-11). “Después Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví, que es-taba sentado junto a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme. Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. “(Lc 5,27-28).
A cada uno se le concede un carisma diverso, que no se contrapone de los demás, sino que, dentro de una eclesiología de comunión, se complemente con ellos. Cristo “no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, ha elegido a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión“ (PDV 15).
De la misma manera, el carisma de la vida con-sagrada no se contrapone a ninguna otra vocación, sino que la completa mediante la radicalidad del seguimiento y el nuevo estado de vida en el que el religioso se encuentra incorporado. Los consagrados, en primer lugar, están llamados a vivir en comunión con Dios. Un “primer” que expresa una prioridad y no una temporalidad, ya que la vida del consagrado halla sentido y significado solamente a partir de esta comunión íntima y personal. 


SEGUIMIENTO RADICAL DE CRISTO
La llamada de Dios y la respuesta del hombre constituyen una alianza de amor, una verdadera consagración que se realiza, antes que en ningún otro y de manera perfecta y definitiva, en el Hijo: efectivamente, Cristo es el ungido, el consagrado por excelencia, el enviado por el Padre.
Este misterio de alianza, que depende total-mente de Cristo, se realiza en la Iglesia, pueblo elegido y consagrado por Dios para ser signo de salvación para el mundo entero. Cristo hace de la Iglesia un instrumento visible de su amor, y consagra a sus miembros en su nombre. Todo miembro del pueblo de Dios es hecho partícipe de la consagración de Cristo y de la Iglesia a través de los sacramentos de la iniciación cristiana, que imprimen en él un carácter indeleble, o sea, una consagración definitiva.
La consagración derivada de la profesión de los consejos evangélicos se sitúa en el contexto y como actuación del seguimiento radical de Cristo, que es objeto de una llamada particular que, a su vez, conlleva un don particular que hace capaz de dar una respuesta. La consagración es el acto con el cual Cristo casto, pobre y obediente, a través de la acción de su Espíritu y la mediación de la Iglesia, configura a sí, de manera particular, al fiel que le responde.
Pablo VI, hablando del don de la virginidad, había subrayado que “ella alcanza, transforma y penetra el ser humano hasta lo más íntimo mediante una misteriosa semejanza con Cristo“ (ET 13). Es el Espíritu “quien forma y plasma el ánimo de los llamados, configurándolos a Cristo casto, pobre y obediente, y moviéndolos a acoger como propia su misión“ (VC 19).
Esto quiere decir que los dinamismos fundamentales del sujeto son asumidos y orienta-dos hacia los bienes del Reino. Por tanto, vivir la consagración religiosa no es sino vivir el particular seguimiento, participando a la misma consagración de Cristo. Él es el consagrado por excelencia, y así, corren parejas la configuración con Él y la consagración (cf. VC 31). 
“MÁS PLENAMENTE”
La consagración religiosa es una actualización de la dimensión real, sacerdotal, profética que la consagración bautismal imprime en toda existencia cristiana. En virtud de la “nueva y especial” consagración, se hace a la persona capaz de revivir en sí la dimensión subjetiva del sacerdocio de Cristo, que no solamente ofrece un sacrificio, sino que se ofrece a sí mismo en sacrificio.
Al mismo tiempo, se le hace capaz de ejercer de manera singular su función real, a través de la superación y el dominio sobre las inclinaciones naturales. En particular, ejerce la función profética, precisamente porque representa en su vida el modo de vida del Señor (cf. VC 21-22).
Podemos añadir, con el Concilio (PC 5), que la consagración religiosa, frente a las demás vocaciones cristianas, “expresa más plenamente” las virtualidades de la consagración bautismal, ya que las pone en acto y las extiende a todas las dimensiones de la vida.
La consagración propia de la profesión de los consejos evangélicos mediante el voto de castidad, pobreza y obediencia y el compromiso a vivir en comunidad, abarca todas las dimensiones de la vida, que se convierte en propiedad del Señor, configuración con Él y disposición a acoger el proyecto de salvación.
Los consagrados han de vivir esta comunión en todos los niveles de su existencia cotidiana: entre ellos, en las comunidades locales, en comunión con toda la Iglesia y con los hermanos y hermanas del mundo, para la construcción de una nueva cultura.
TESTIGOS
Cristo, a través de su actividad apostólica, nos ha manifestado cómo es Dios, un Dios misericordioso y solidario con el hombre. La vi-da consagrada, como configuración con Cristo, participa de su consagración y de su misión.
Para el consagrado, ser misionero no es simplemente una opción, sino, por el contrario, un imperativo que nace de su misma configuración con Cristo. Tener “la mirada fija en el rostro del Señor no atenúa en el apóstol el compromiso por el hombre; más bien lo potencia, capacitándole para incidir mejor en la historia y liberarla de todo lo que la desfigura.” (VC 75).
“La búsqueda de la belleza divina mueve a las personas consagradas a velar por la imagen divina deformada en los rostros de tantos hermanos y hermanas, rostros desfigurados por el hambre, rostros desilusionados por promesas políticas; rostros humillados de quien ve des-preciada su propia cultura; rostros aterroriza-dos por la violencia diaria e indiscriminada; rostros angustiados de menores; rostros de mujeres ofendidas y humilladas; rostros cansados de emigrantes que no encuentran digna acogida; rostros de ancianos sin las mínimas condiciones para una vida digna” (Ib.).
De la configuración con la persona de Cristo, fruto de la consagración, deriva la plena participación en la obra de Cristo mediante la misión. La vida consagrada se define, efectiva-mente, por la relación con Dios en Jesucristo, del cual brota el amor al hombre. “«El amor de Cristo nos apremia» (2 Co 5, 14): los miembros de cada Instituto deberían repetir estas palabras con el Apóstol, por ser tarea de la vida consagrada el trabajar en todo el mundo para consolidar y difundir el Reino de Cristo, llevando el anuncio del Evangelio a todas partes, hasta las regiones más lejanas“ (VC 78).
El consagrado es capaz de amar con el mismo amor de Dios en la medida en que se dona y se deja aferrar por Él. Así se convierte en testigo, como Cristo lo ha sido del Padre. Se podría decir que el fin y el contenido de la misión de Cristo es precisamente el testimonio. Cristo es mandado para ser testigo del Padre, de su voluntad y de su designio de amor redentor. Cristo se presenta en el mundo como el testigo del ágape del Padre.
TOTALMENTE DE DIOS Y DE LOS HERMANOS
Igual que Cristo, también los apóstoles son enviados sobre todo para ser testigos. De la misma manera, el consagrado no puede ni debe separar su misión de su testimonio. Solamente así su servicio caritativo no será solamente correcto a nivel profesional y participado a nivel humano, sino que será signo, manifestación, profecía del amor de Dios, que no sólo está al origen de todo amor, sino que es también su fin, como cumplimiento de la vocación a la que Dios llama.
“La aportación específica que los consagra-dos y consagradas ofrecen a la evangelización está, ante todo, en el testimonio de una vida totalmente entregada a Dios y a los herma-nos“(VC 76ª). “Quien ama a Dios, Padre de todos, ama necesariamente a sus semejantes, en los que reconoce otros tantos hermanos y hermanas”(VC 77). El don a Dios y a los hermanos mediante la práctica de los consejos evangélicos, permite a la vida consagrada cumplir su misión de signo permanente, de comunión plena, a la que la Iglesia está llamada en favor de toda la humanidad. Se trata de un testimonio profético, porque despierta la atención hacia lo invisible, accesible solamente mediante la fe.
El profetismo de la vida consagrada, funda-do sobre los dones de la castidad, pobreza y obediencia, asumidos por amor de Cristo, es el servicio específico que ella presta a la Iglesia y al mundo. “El profetismo nace de la experiencia de Dios y de su designio frente a las circunstancias históricas de la vida” (Sínodo de los Obispos sobre la Vida Consagrada, Propositiones, n. 39).
“Toda palabra y todo gesto profético nacen del diálogo de amistad con Dios, que lleva al conocimiento de su voluntad y al discernimiento de espíritus”. No podía faltar, además, la referencia a una doctrina que ya es tradicional, o sea, que “el apostolado de todos los religiosos es, en primer lugar, la misma vida consagrada” (Ib.).
“La verdadera profecía nace de Dios, de la amistad con Él, de la escucha atenta de su Pa-labra en los muchas circunstancias de la historia. El profeta siente arder en el corazón la pasión par la santidad de Dios y, después, haber acogido de ello en el diálogo, del ruego la palabra, la proclama con la vida, con los labios y con los gestos, haciéndose portavoz de Dios contra el mal y el pecado”, (VC 85).
PROFECÍA DE LA MISERICORDIA
La vida consagrada se convertirá en “lugar” de fe vivida, y por tanto será capaz de acoger los retos del mundo, en la medida en que sepa des-cubrir nuevamente y vivir su propia identidad en la consagración, o sea, en esa relación de alianza y pertenencia a Dios en Cristo y en el Espíritu.
Solamente partiendo de su configuración con Cristo sabrá el consagrado dar a su seguimiento el rostro misericordioso de Dios, solamente dejándose vencer por su amor sabrá cultivar la esperanza y se convertirá en lugar de refugio para quien tiene el corazón herido.
El consagrado, dejando todo para entrar en la vida de Cristo, para seguirlo y para ser ab-sorbido totalmente por Él, ofrece a sus herma-nos el primer y fundamental servicio, el más radical y creíble anuncio de la primacía de Dios en la vida del hombre. Así han vivido los Apóstoles, que, siguiendo a Cristo, han dejado todas las cosas para anunciar la Buena Noticia, compartiendo su vida y su misión.
De la misma manera, también el consagra-do ha encontrado a Cristo, que le ha llamado a seguirlo para estar con Él y ser su testigo; cuan-do el corazón se llena de Dios, cuando la mira-da está purificada por su amor, es posible amar y servir como Dios ama y sirve.
PERFUME DE BETANIA
Escribe el P. Cabra: “Como conclusión de la Exhortación Apostólica aparece el espléndido icono de la unción de Betania. Es una elocuente ilustración de la misión de la Vida Consagra-da, que debe estar, ante todo, entregada plenamente a la persona de Jesús, con un amor único e incontenible, amor que procede de la comprensión del misterio de su persona divina, de su amor que se entrega hasta el final”.
He aquí la consagración, que quisiera ser una imitación del “derroche” de la propia vida a ejemplo del Señor. De ese derroche se difunde el perfume por toda la casa: la comunidad de los cercanos y la muchedumbre de los lejanos, a ve-ces sin que lo deseen, son alcanzadas por este perfume. La consagración, el derroche de una vida, se convierte en misión, porque la entrega a Cristo expande el “buen olor de Cristo” por toda la casa. ¿Es posible expresar mejor la fuerza misionera de la consagración? 

Oración para alcanzar la humildad


16 de julio de 1897
¡Jesús!

Jesús, cuando eras peregrino en nuestra tierra, tú nos dijiste: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón 1, y vuestra alma encontrará descanso". Sí, poderoso Monarca de los cielos, mi alma encuentra en ti su descanso al ver cómo, revestido de la forma y de la naturaleza de esclavo, te rebajas hasta lavar los pies a tus apóstoles. Entonces me acuerdo de aquellas palabras que pronunciaste para enseñarme a practicar la humildad: "Os he dado ejemplo para que lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. El discípulo no es más que su maestro... Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica". Yo comprendo, Señor, estas palabras salidas de tu corazón manso y humilde, y quiero practicarlas con la ayuda de tu gracia.
Quiero abajarme con humildad y someter mi voluntad a la de mis hermanas, sin contradecirlas en nada y sin andar averiguando si tienen derecho o no a mandarme 2. Nadie, Amor mío, tenía ese derecho sobre ti, y sin embargo obedeciste, no sólo a la Virgen Santísima y a san José, sino hasta a tus mismos verdugos. Y ahora te veo colmar en la hostia la medida de tus anonadamientos 3. ¡Qué humildad la tuya, Rey de la gloria, al someterte a todos tus sacerdotes, sin hacer alguna distinción entre los que te amen y los que, por desgracia, son tibios o fríos en tu servicio...! A su llamada, tú bajas del cielo; pueden adelantar o retrasar la hora del santo sacrificio, que tú estás siempre pronto a su voz...
¡Qué manso y humilde de corazón me pareces, Amor mío, bajo el velo de la blanca hostia! Para enseñarme la humildad, ya no puedes abajarte más. Por eso, para responder a tu amor, yo también quiero desear que mis hermanas me pongan siempre en el último lugar y compartir tus humillaciones, para "tener parte contigo" en el reino de los cielos.
Pero tú, Señor, conoces mi debilidad. Cada mañana tomo la resolución de practicar la humildad, y por la noche reconozco que he vuelto a cometer muchas faltas de orgullo. Al ver esto, me tienta el desaliento, pero sé que el desaliento es también una forma de orgullo. Por eso, quiero, Dios mío, fundar mi esperanza sólo en ti. Ya que tú lo puedes todo, haz que nazca en mi alma la virtud 4 que deseo. Para alcanzar esta gracia de tu infinita misericordia, te repetiré muchas veces: "¡Jesús manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo!"

Billete de su Profesión


8 de septiembre de 1890
¡Oh Jesús, divino esposo mío 1!, que nunca pierda yo la segunda vestidura de mi bautismo 2. Llévame antes de que cometa la más leve falta voluntaria. Que nunca busque yo, y que nunca encuentre, cosa alguna fuera de ti; que las criaturas no sean nada para mí y que yo no sea nada para ellas, sino que tú, Jesús ¡lo seas todo 3...! Que las cosas de la tierra no lleguen nunca a turbar mi alma, y que nada turbe mi paz. Jesús, no te pido más que la paz, y también el amor, un amor infinito y sin más límites que tú mismo, un amor cuyo centro no sea yo sino tú 4, Jesús mío. Jesús, que yo muera mártir 5 por ti, con el martirio del corazón o con el del cuerpo, o mejor con los dos... Concédeme cumplir mis votos con toda perfección, y hazme comprender cómo debe ser una esposa tuya. Haz que nunca sea yo una carga para la comunidad, sino que nadie se ocupe de mí, que me vea pisada y olvidada 6como un granito de arena7 tuyo, Jesús.
Que se cumpla en mí perfectamente tu voluntad, y que yo llegue al lugar que tú has ido por delante a prepararme...
Jesús, haz que yo salve muchas almas, que hoy no se condene ni una sola y que todas las almas del purgatorio alcancen la salvación 8... Jesús, perdóname si digo cosas que no debiera decir, sólo quiero alegrarte 9 y consolarte.

Oración del Apostol

Cristo, no tiene manos,
tiene solamente nuestras manos
para hacer el trabajo de hoy.







Cristo no tiene pies,
tiene solamente nuestros pies
para guiar a los hombres en sus sendas.






Cristo, no tiene labios,
tiene solamente nuestros labios
para hablar a los hombres de sí.






Cristo no tiene medios,
tiene solamente nuestra ayuda
para llevar a los hombres a sí.






Nosotros somos la única Biblia,
que los pueblos leen aún;
somos el último mensaje de Dios
escrito en obras y palabras.

El sentido de la vida

Signos de la fe 



Una de las cosas que tienen en común todos los hombres, en todas las culturas y en todas las épocas es la necesidad de encontrar un sentido para la vida. Si bien la búsqueda es común a todos, las respuestas a la misma son tremendamente diversas. No sólo en las distintas épocas y culturas, sino en cada hombre en particular.
Muchos, incluso la mayoría, se afanan en la práctica por encontrar ese sentido en cosas muy diversas: el éxito profesional, el dinero, el bienestar, una casa, un coche nuevo, las vacaciones, etc. Sin embargo, la búsqueda en esa dirección nunca tiene fin, porque siempre se quiere más. Acabamos de comprar el coche nuevo que llevábamos meses deseando y ya estamos pensando en que lo que de verdad querríamos es otro modelo mejor. Por fin hemos conseguido el puesto de Subdirector y ya estamos planeando lo que haremos cuando consigamos el de Director. Ninguna de esas cosas satisface la necesidad de sentido que tenemos y, por ello, generalmente, llevan a una insatisfacción y un desencanto crecientes.
Esa insatisfacción hace pensar que el sentido buscado por el hombre no puede encontrarse en cosas. El sentido de la vida no puede estar en algo, sino que tiene que referirse necesariamente a alguien. Una persona no puede encontrar un sentido para su vida en algo que es menos que ella: en objetos, en cosas que no tienen capacidad de amar ni de comprender. De alguna forma, un sentido verdadero para la vida humana tiene que estar relacionado con las personas.
Podemos encontrar una confirmación de que el fin último de la vida de las personas no puede estar en realidades impersonales, mirando al inicio de su vida. A menudo, el fin está prefigurado de alguna forma en el origen y, mirando a uno, podemos comprender mejor el otro.
El ser humano no nace perfectamente desarrollado como persona. Los niños recién nacidos o incluso antes de nacer son personas en formación, que aún no han desarrollado sus capacidades. Esas capacidades personales se desarrollan en el niño a través de la relación con personas adultas, especialmente los padres. Cada uno de nosotros va formando su personalidad, su ser persona, al relacionarse con otras personas, al mirarlas, quererlas, escucharlas y hablar con ellas.
Si no tuviésemos esas relaciones personales, nuestra propia personalidad no se desarrollaría. El emperador Federico II puso en práctica el terrible experimento de mantener aislados a varios niños desde su nacimiento, de manera que recibieran comida y lo necesario para vivir, pero ningún contacto humano. Pensaba que así se convertirían en hombres perfectos, al no haber sido pervertidos por nadie. El resultado fue que esos niños no aprendieron a hablar, ni a expresarse, ni a tener afecto por los demás, ni a tener verdaderas relaciones humanas, sino que permanecieron en un estado embrutecido y murieron muy pronto.
El sentido de la realidad, de lo que es la verdad, de los afectos, los mecanismos del pensamiento y, en fin, todo aquello que nos hace actuar como personas sólo se puede ir desarrollando adecuadamente en un ambiente de relaciones personales. Parece lógico, pues, que ya que nuestro ser personal sólo se desarrolla y crece en un ambiente de relaciones personales, el sentido profundo de ese ser personal tenga que estar vinculado también, de alguna manera, a otras personas o a nuestra relación con ellas.
De hecho, mucha gente se ha dado cuenta de que cualquier sentido de la vida tiene que encontrarse en la dirección de las relaciones interpersonales y lo busca en su familia, su pareja, sus amigos... y, sin duda, así se tiene más éxito que intentando encontrar ese sentido en simples cosas. Por desgracia, nuestras relaciones humanas habituales tampoco terminan de satisfacernos. Es muy conocida la historia de San Francisco de Borja que, cuando vio el cadáver descompuesto de la emperatriz a la que tanto había admirado y honrado, decidió “no volver a servir a ningún señor que se pudiera morir”.
Las relaciones humanas habituales son muy limitadas. Claramente son limitadas en el tiempo, porque las personas pasan: unas se mudan a lugares lejanos, otras cambian de forma de ser, otras terminan por decepcionarnos y todas finalmente mueren. Pero, además, las relaciones habituales con otras personas son intrínsecamente insuficientes. Nuestra ansia de sentido es ilimitada: queremos ser amados de forma infinita, queremos algo que dure para siempre, queremos ser aceptados como somos verdaderamente y no como a otros les gustaría que fuésemos, queremos a alguien que pueda compartir nuestros sufrimientos desde dentro y no solamente desde fuera. Sin embargo, las personas que encontramos a nuestro alrededor no pueden satisfacer esas ansias más de que una forma parcial y totalmente insuficiente.
La búsqueda de sentido para nuestra vida nos lleva a darnos cuenta de que no nos bastan las cosas, pero tampoco, en última instancia, las personas. Necesitamos una Persona, que nos ame sin limitaciones, para siempre, como somos, pase lo que pase, más allá del sufrimiento y de la muerte. Necesitamos a Alguien a quien podamos entregarnos por entero, sin absolutamente ninguna reserva.
Todo esto no es más que una búsqueda a tientas. No nos dice dónde está el final de nuestra búsqueda de sentido, sino únicamente algunas de las características que tiene que tener ese final para que sea un verdadero final, para que el sentido encontrado nos satisfaga verdaderamente y no sea un nuevo espejismo. Sabemos que nuestra vida necesita una Persona que la de un sentido verdaderamente satisfactorio, pero ¿dónde está esa Persona?
La búsqueda se ha ido haciendo cada vez más difícil y complicada. Las cosas materiales son fácilmente manejables, no nos oponen resistencia ni nos presentan dificultades. Hacemos con ellas lo que queremos y permanecen siempre en el exterior de nuestra vida. Las personas, en cambio, son algo totalmente distinto. No podemos hacer con ellas lo que queremos. Tienen su propia voluntad, sus propios deseos y necesidades, que no coinciden con los nuestros. En muchas ocasiones nos resultan incomprensibles. Además, para relacionarnos de forma verdaderamente humana con otras personas, tenemos que poner en juego nuestro propio ser, arriesgarnos, dejarlas entrar dentro del santuario de nuestra propia vida. Ya no estamos al mando de lo que ocurre, sino que, en parte, dependemos de lo que hagan otros.
Al pasar de las personas a la Persona que buscamos, esa dificultad se hace aún mayor. El paso a dar parece lógico: si podemos controlar totalmente las cosas materiales, pero con las personas ya no tenemos el control total de lo que sucede, sino sólo un control parcial y compartido, es muy probable que ante la Persona de la que hablamos ya no tengamos ningún control de lo que sucede, sino que estemos totalmente a su merced, que la iniciativa sea totalmente suya y que, para encontrarnos con ella, tengamos que arriesgar nuestra vida entera, absolutamente todo lo que somos.
Los cristianos anunciamos que nos hemos encontrado con esa Persona. No porque fuéramos más listos, mejores o lo mereciésemos más que otros. Ni tampoco porque nos hayamos esforzado más. La realidad es mucho más sencilla: esa Persona, que todos nos pasamos la vida buscando, ha salido a nuestro encuentro. Nada podíamos hacer, por nuestras propias fuerzas, para encontrar a Aquel que anhelaba nuestro corazón, pero él ha querido encontrarse con nosotros.
Quien quiera conocerle, que venga con nosotros, que las puertas de la Iglesia siempre están abiertas. Venid y lo veréis. Hasta aquí bastaban los razonamientos, desde este lugar sólo la experiencia podrá satisfacer del todo nuestra sed de sentido, porque necesitamos a una Persona y no podemos quedarnos en argumentos.Quien tenga sed, que venga a mí y beba.

Los mecanismos de defensa


De frente a los conflictos, la persona reacciona automáticamente con un tentativo de autodefensa de parte de la psique. Cuando somos tocados por mensajes negativos que no logramos integrar, como desilusiones, fracasos, heridas afectivas, etc., estos mensajes provocan estados de ansia y sentimientos de incertidumbre y fragilidad. Nuestro «yo» sufre, se defiende e intenta proyectarse para atenuar el ansia y el miedo de no sentirse amado y estimado, poniendo en acto determinadas cargas que miran a eliminar o mitigar este dolor[1].

Estos sectores conflictivos se pueden relevar observando los mecanismos de defensa que son: «procesos mentales habituales, inconscientes y a veces patológicos, que el Yo usa para hacer frente a conflictos con la realidad externa o interna afectiva»[2]. Su finalidad es enmascarar con comportamientos exteriores la realidad interior, y de esta forma mantener el equilibrio del Yo, proteger la estima de sí amenazada por las fuerzas pulsionales y neutralizar los conflictos que parecen no tener solución.

Son reacciones inconscientes de un sujeto incapaz de afrontar un conflicto o de salir de una frustración en modo razonable, reacciona emotivamente o irracionalmente, o sea, sin tomar en consideración el bien total de la personalidad, ayudan a la persona cuando se siente amenazada, pero lo hacen de forma inadecuada, distorsionando la realidad. En los mecanismos de defensa podemos relevar tres características comunes:

a)     Niegan, falsifican o deforman la realidad interna y externa,
b)    Son automáticos y no actos deliberados,
c)     Obran en el inconsciente[3].

Así como cada individuo es único, del mismo modo los mecanismos de defensa son diferentes para cada uno; por eso no hay una clasificación que agote estos dinamismos inconscientes. Sin embargo, en los siguientes parágrafos, señalaremos los métodos más usados para vencer, evitar, circundar, escapar, o ignorar las frustraciones y amenazas:

a)     Sublimación: por medio de este mecanismo, el impulso es canalizado a una nueva y más aceptable salida. Es decir, una pulsión se sublima en la medida que es desviada a un nuevo fin, no sexual, y se dirige hacia objetos socialmente valorados[4], como la religión, la vocación religiosa, la actividad artística y la investigación intelectual, etc.

b)    Represión: es una suspensión, una inhibición de los propios sentimientos, deseos, tendencias, contenidos psíquicos de la afectividad, el individuo utiliza este mecanismo cuando conoce, siente o teme que estos contenidos pueden ser inaceptables desde cualquier punto de vista[5]. A este fin, el inconsciente nos hace olvidar enérgicamente eventos o pensamientos que serían dolorosos si se les permitiese acceder a nuestro pensamiento. Se trata de un rechazo automático que deriva de la percepción de un posible peligro. Su finalidad es regular no sólo las tendencias nerviosas, sino también el egoísmo y el amor propio[6].

c)     Proyección: mediante este mecanismo, los sentimientos o ideas dolorosas se proyectan hacia otras personas o cosas cercanas pero que el individuo siente ajenas y que no tienen nada que ver con él. Es el mecanismo paja-viga[7]. Es decir, veo la viga en los demás, pero descuido mi paja, sin darme cuenta que, a veces, la viga de los otros es sólo mi paja agigantada[8]. Al final, la manera de sacar la paja del ojo de mi hermano no puede consistir sino en la dedicación exclusiva a sacar la viga del propio ojo para ver con claridad.

d)    Negación: consiste en la no consideración de esenciales aspectos parciales del propio ambiente físico, psíquico o social[9]. En la vida consagrada se puede manifestar como una forma de negar la prueba, siendo incapaces de captar la provocación incesante que se esconde en las realidades pequeñas o grandes de cada día. «Sin la más mínima duda ni el menor replanteamiento, siguen adelante a celebrar con la mayor sequedad un culto ciertamente nada agradable a Dios»[10]. Creen que todo va bien, aun cuando pasan por encima de las provocaciones cotidianas.

e)     Racionalización: es una variante típica de la negación, suponiendo la no percepción a la prueba y por lo tanto, la falta de experiencia en Dios[11]. Por este mecanismo entramos en la lógica de querer sustituir una razón inaceptable pero real, por otra aceptable. Es decir, poner razones plausibles a las propias opiniones o acciones: se cree así poder explicarlas, pero ignorando las verdaderas motivaciones, menos aceptables que son su verdadera fuente. Se trata de justificar a posteriori un acto a través de un proceso lógico y racional[12].

f)      Regresión: es el retorno a un funcionamiento mental de nivel anterior[13]. Se manejan los conflictos y las frustraciones afrontadas de modos más primitivos, propios de una etapa precedente[14], manifestando un cierto infantilismo. Este mecanismo se actúa cuando se tiene que sostener una situación frustrante, afectivamente conflictiva, que cree no poder enfrentarla de otra manera[15].

g)     Formación reactiva: consiste en enmascarar un motivo o emoción para transformarlp en su contrario, por ejemplo, encubrir un odio con manifestaciones exageradas de afecto, su finalidad es prevenir que emerja un pensamiento doloroso o controvertido. El pensamiento es sustituido inmediatamente por uno agradable.

h)    Aislamiento: este mecanismo mantiene separado a lo que en realidad está muy unido al Yo al menos en instancias inconscientes. Evita que surja una reacción afectiva amenazadora, confinando selectivamente la propia atención en los aspectos cognoscitivos, no emotivos, o despersonalizados del deseo o impulso profundo.

i)       Desplazamiento: es la condición en la cual no sólo el sentimiento conectado a una persona o hecho en particular es separado, sino que además ese sentimiento se desplaza a otra persona o hecho.

Cuando las técnicas de ajuste del comportamiento no bastan para equilibrar la realidad, el resultado puede llegar al estrés y a respuestas neuróticas como ansiedad o depresión, acompañadas por disfunciones biológicas, como las del apetito y el sueño o fisiológicas, como las llamadas afecciones psicosomáticas (por ejemplo, úlceras gástricas).


[1] Cf. Spaccapelo, N., (2006). Lezioni… Opus cit., 228.
[2] Cencini, A., Manenti A., (1994). Psicología y formación. Opus cit., 292.
[3] Idem, 292-293.
[4] Cf. Laplanche, J., (Ed.). (1996). Diccionario de Psicoanálisis, Barcelona: Paidós, 415.
[5] Cf. Spaccapelo, N., (2006). Lezioni… Opus cit., 232.
[6] Cf. Goya, B., (2001). Vita Spirituale… Opus cit., 180.
[7] Cf. Lc 6, 39.
[8] Cf. Cencini, A., Manenti A., (1994). Psicología… Opus cit., 317.
[9] Cf. Toman, W., (1886), «negazione della realtà» en Wihelm A., (Ed.), Dizionario di Psicología, Milano: Paoline, 732.
[10] Cencini, A., (2004). Por Amor… Opus cit., 662.
[11] Cf. Idem., 662-663.
[12] Cf. Cencini, A., Manenti A., (1994). Psicología… Opus cit., 333.
[13] Cf. Toman, W., (1886). «Regressione» en Wihelm A., (Ed.)… Opus cit., 973-974.
[14] Cf. Cencini, A., Manenti A., (1994). Psicología… Opus cit., 321.
[15] Cf. Spaccapelo, N., (2006). Lezioni… Opus cit., 239.

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