En la vida comunitaria,

« La energía del Espíritu que hay en uno pasa a todos... no solamente se disfruta del propio don, sino se multiplica al hacer a los otros partícipes de él, y se goza del fruto de los dones del otro como si fuera del propio» VC 42

Que brille tu Rostro Señor

«Haced de vuestra vida una ferviente espera de Cristo, yendo a su encuentro como las vírgenes prudentes van al encuentro del Esposo. Estad siempre preparados, sed siempre fieles a Cristo.» PC, 5

Vida Fraterna en el amor

Que cada comunidad se muestre como signo luminoso de la nueva Jerusalén, morada de Dios con los hombres, VC, 45

Reflejo de la Trinidad

La vida consagrada se convierte, en una de las huellas, concretas que la Trinidad deja en la historia, para que los hombres puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina. VC, 20

Compromiso y Vigilancia

la primacía de Dios es plenitud de sentido y de alegría para la existencia humana, porque el hombre ha sido hecho para Dios y su corazón estará inquieto hasta que descanse en él. VC,27

Crear comunidad


Escrito por Gregorio Iriarte, o.m.i

Ingenuamente llegamos a creer que la comunidad verdadera está exenta de conflictos. Gregorio Iriarte, desde su dilatada vida, afirma que la comunidad evangélica tiene conflictos, pero ésta no existe si no hay personas que comparten y acogen mutuamente lo que sienten.Reflexiones sobre el “encuentro comunitario”, basadas en la publicación: “Cómo formar Comunidad” del P. Desmond O’Donnell, o.m.i.

Necesidad de la comunidadEstamos hechos a imagen y semejanza de Dios que es “Comunidad Trinitaria” por eso, para todos y cada uno de nosotros, “existir, en realidad, es co-existir y comunicarnos es desarrollarnos y liberarnos”. Los religiosos/as somos cada vez más conscientes de la necesidad de profundizar nuestra vida comunitaria en una relación auténticamente fraternal que irradie estímulo, calor y nueva vida en una sociedad cada vez más hundida en individualismo, en el pragmatismo y en el consumismo.
Nada más importante para llegar a una mayor solidaridad que la unión de corazones con la recíproca aceptación de todos y de caca uno de nuestros hermanos/as. Nada anhelamos tanto como el ser aceptados, el ser queridos y tenidos en cuenta por los demás, de ahí que los encuentros comunitarios deban constituir para nosotros una verdadera prioridad.
En realidad, lo mejor de cada uno de nosotros es lo que hemos recibido de aquellas personas que nos han amado. Cuanto más somos amados, más libres nos volvemos para aceptarnos a nosotros mismos y a los demás. Cuando nos sentimos amados, crecemos. Cuando no nos sentimos amados. nos entristecemos y tendemos a cerrarnos sobre nosotros mismos.
Sin embargo, no es tarea fácilEn efecto, no es nada fácil el vivir las exigencias de un auténtico grupo comunitario. Con demasiada frecuencia usamos máscaras y disfraces que ocultan nuestra verdadera identidad.
Las tensiones y conflictos son inevitables pero ello no debe ser óbice para impedir el crecimiento comunitario. Lo que importa es saber cómo afrontarlos.
Procedemos de ambientes socio-culturales diversos y esto hace que cada uno tengamos una manera distinta de ver nuestra propia realidad personal y social. No es nada fácil llegar a conciliar criterios y actitudes. Muchas veces lo que una parte del grupo desea no se adecua con las aspiraciones o proyectos de otros miembros. ¿Cómo ser uno mismo y sin embargo, vivir plenamente integrado en la comunidad? ¿Cómo vivir los valores de la comunidad sin caer en actitudes despersonalizadas y gregarias…?
Lo que pretendemos en este artículo es dar una respuesta al siguiente interrogante ¿cómo podremos formar una auténtica comunidad religiosa siendo conscientes de la presencia continua de tensiones y de conflictos?
El factor más importante y dinámico para vivir el espíritu comunitario es la de ser fieles a la “reunión de la comunidad”.
Veamos cuáles son las características más importantes de una auténtica “reunión comunitaria” y cuáles son sus principales obstáculos. Debemos encontrar las razones del por qué tantos/as religiosos viviendo en comunidad, sin embargo, viven tan solos.
Características de un auténtico “encuentro comunitario”:
1.- Una autentica reunión comunitaria debe partir de un principio básico: todos queremos ser aceptados y todos debemos aceptar a los demás. Cada uno de los miembros debe ser aceptado tal y como es, en su total identidad personal.
La comunidad no se reúne para lograr que se cambien las actitudes de los miembros, ni para corregir, ni para llamar la atención o hacer observaciones a la conducta de sus miembros…. Se reúne para incentivar una intercomunicación franca y fraternal.
2.- Todas las personas son únicas, originales e irrepetibles. Dios nos ha hecho a todos diferentes y quiere que lo sigamos siendo. La comunidad debe ayudar a que cada uno sea él mismo. Cada miembro de la comunidad debe ser aceptado por lo que es, no tanto por lo que sabe o por lo que hace.
Es un error, por consiguiente, cuando en una reunión comunitaria se pretende imponer la uniformidad, buscando que todos sean iguales y que todos piensen lo mismo.
3.- Aceptar a las personas y quererlas no quiere decir que no percibamos sus defectos y limitaciones. Las personas deben ser aceptadas y estimadas plenamente, con sus propios defectos. El verdadero amor tiene como ideal de perfección al amor de Dios. Dios nos ama a cada uno tal y como somos, con nuestros propios defectos, caídas y pecados.
La comunidad, por lo tanto, no es para corregir defectos, ni para plantear discusiones o para sermonear a sus integrantes. Acepta a sus miembros con sus cualidades y defectos y no busca, directamente, el cambio de cada uno, sino una comunicación profunda. Sólo cuando la comunidad se vuelve acogedora y comprensiva, pone los condicionamientos para que cada uno de sus miembros vaya creciendo interiormente.
4.-Los sentimientos son lo más profundo y original de cada persona. En cierto sentido, los sentimientos somos nosotros. Ellos son siempre lo más nuestro y lo que más queremos. Los sentimientos forman parte de nuestra experiencia de vida, de ahí que los queramos más que a nuestros propios pensamientos.
Para compartir en profundidad es necesario que nos refiramos a nuestros sentimientos. Puedes expresarte diciendo “ me siento…” “o me he sentido…” seguido de un adjetivo o de un adverbio. Si lo expresas así, seguramente, que se trata de un sentimiento genuino que responde a una experiencia real. Sin embargo, cuando dices : “ yo pienso…” te refieres a un juicio y no a un sentimiento. Si dices “siento que…” probablemente no es más que una simple opinión personal.
Por lo tanto, un problema muy frecuente que hay que evitar es cuestionar o desautorizar los sentimientos de nuestros hermanos. Siempre deben ser respetados. Cuando alguien comparte los sentimientos, comparte algo que es muy profundo en él. Cuando comunico mis sentimientos ofrezco al grupo algo de mí mismo. Por otro lado, siempre debemos tener muy presente que cada persona tiene el derecho a reservarse algunos aspectos de su vida que no desea que se conozcan.
5.- Compartir el “yo profundo”. La comunidad debe sentirse totalmente libre en su nivel de comunicación pero el ideal es lograr un compartir en profundidad. Es fácil compartir temas superficiales sobre el trabajo, sobre nuestra pastoral, sobre la política, sobre el tiempo... Pero compartir en profundidad no es tan fácil. Lleva tiempo y exige mutua confianza. La necesidad más profunda de cada uno de nosotros es amar y ser amados. Es ser aceptados y comprendidos. Ese es el gran ideal de toda verdadera comunidad evangélica: Dios quiere que seamos una verdadera comunidad, que “seamos uno como Él es Uno”. “Uno”, sobre todo, en la comprensión y en el amor recíproco. El amor profundo y auténtico hacia una persona se expresa cuando yo la acepto y la estimo tal y como es.
Cuando los demás me comprenden y me permiten que yo los comprenda, cuando soy estimado y estimo a mi vez, entonces estoy creciendo como persona, como religioso/a y como discípulo de Jesús. Sólo así soy libre para aceptarme y amarme a mí mismo. Mis heridas, mis aprensiones y sospechas se irán curando al calor de la comunicación y la comprensión. En esa atmósfera acepto mis fallos y trato de superarlos y puedo percibir que mis temores y resentimientos van desapareciendo gradualmente. Estoy mejorando interiormente porque la aceptación y la amistad me dan nuevas energías para el cambio personal.
Compartir lo más profundo quiere decir comunicar nuestras luchas, nuestros problemas, nuestros éxitos, nuestras ilusiones, nuestras frustraciones, nuestros fracasos, nuestros logros. Quiere decir, comunicar nuestras esperanzas, nuestros desánimos, nuestros actos de valentía, nuestros miedos, nuestras penas, nuestras desilusiones...
6.- Estamos llamados a la complementariedad. La mayoría de nosotros tenemos miedo a no ser aceptados y a no ser amados realmente. Por esa razón, muchos de nosotros no somos plenamente felices; llevamos la soledad dentro de nosotros mismos. Generalmente, tratamos de disimularlo hablando de nuestros trabajos, de nuestros pequeños éxitos pastorales, de lo que hemos visto en la TV. o lo que hemos leído en el periódicos… La charla se vuelve insustancial y la vida comunitaria algo meramente funcional. Si nos analizamos con objetividad veremos que vivimos al lado de los otros, cerca de ellos, pero no para ellos.
Sin embargo, constatamos que la verdadera unidad “de mente y de corazones” se construye desde las diferencias, desde nuestras diversidades. Percibimos que estamos llamados a la complementariedad. Lo podemos comprobar en nuestra propia experiencia personal: en la medida en que los otros nos van comprendiendo y aceptando, lo mejor de nosotros se afianza y comienza a crecer en nuestro interior.
San Pablo nos ofrece un hermoso lema cuando nos pide que seamos “sinceros en la caridad” (Ef 4,15).
No se trata de estar o no estar de acuerdo con lo que piensan nuestros hermanos de comunidad. Simplemente debemos avanzar en la práctica del gran ideal que nos propone Jesús:
Yo les pido: “que se amen los unos a los otros como los he amado” (Jn 13,34).
Conclusiones
1.- La “reunión comunitaria” no es para juzgar o para corregir algunos errores del grupo o de las personas que lo integran, sino para comunicarnos en profundidad y lograr con ello conocernos mejor, aceptarnos y construir entre todos una verdadera fraternidad.
2.- Uno de lo errores más graves en los que se ha caído con demasiada frecuencia es hacer del “encuentro comunitario” una práctica de “corrección fraterna”, con la idea de superar algunos problemas de conducta personal o comunitaria. La verdadera comunidad se construye desde la aceptación de todos y cada uno de sus miembros con todas sus limitaciones personales psicológicas y espirituales, y no desde el autoritarismo, por buenas que sean sus intenciones.
3.- La “corrección fraterna” sólo puede ser positiva en una segunda instancia posterior. Es decir, puede y suele nacer desde la aceptación del otro, pero nunca desde una exigencia de cambio impuesta en el encuentro comunitario.
4.- Es muy probable que algún miembro de la comunidad quiera comunicarse en privado con mayor profundidad y desear que le señalen sus defectos o errores. Es muy posible que una auténtica reunión comunitaria desemboque en este diálogo personal franco y constructivo, pero la reunión en sí no es un sistema de coacción o de corrección.
5.- Nunca podrá ser efectivo un encuentro comunitario si no parte de la verdadera aceptación y estima de todos sus integrantes. Esta es la razón del fracaso de lo que antiguamente se llamaba “capítulo de culpas”. No partía del verdadero amor fraternal ni de los más elementales principios de la psicología.
El gran ideal comunitario lo tenemos expresado en el comportamiento y en la actitudes de las primeras comunidades cristianas: “La multitud de creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma” ( Hch. 4,32). 

La Corrección fraterna


La corrección fraterna no es cuestión de crítica negativa sino de escucha. Cuando escuchamos con el corazón acogemos la información del hermano sobre sí mismo. En la convivencia comunitaria enseñamos y nos dejamos enseñar. La fraternidad religiosa está en la Iglesia particular para recordar que el mundo no puede ser transformado sin el espíritu de las bienaventuranzas; es la memoria viva de la gravitación escatológica de toda la Iglesia. El perdón de Jesús forma parte de la gran liberación que nos ha traído y que ha culminado en el acontecimiento de la Pascua.
“Nos fatigamos trabajando con nuestras manos; si nos insultan, bendecimos. Si nos persiguen, lo soportamos. Si nos difaman, respondemos con bondad. Hemos venido a ser, hasta ahora, como la basura del mundo y el deshecho de todos. No os escribo estas cosas para avergonzaros, sino más bien para amonestaros como a hijos míos queridos” (1Cor 4, 12-14)
El tema a desarrollar a partir del texto paulino es la corrección fraterna dentro de las relaciones fraternas y pastorales; ¿cómo la vive Pablo en su ministerio apostólico? ¿Cómo vive su relación con las comunidades que han nacido por el Espíritu gracias a su ministerio apostólico? Las comunidades nacen gracias a la predicación del kerigma y a la respuesta de fe y conversión. Los que reconocen a Jesucristo como el Mesías en el ámbito judío, y como Salvador en el ámbito helenista, forman parte de la comunidad cristiana. El predicador y testigo expresa su relación con la comunidad de distintas maneras… La misión implica la entrega de la vida entera. Por eso el apóstol establece con sus comunidades una relación pastoral afectuosa y cariñosa. Pablo predica, forma, exhorta; muestra afecto paternal hacia los nuevos cristianos. Esa relación pastoral hace crecer a las comunidades. Es una relación de reconocimiento y alabanza, de acción de gracias y de oración por las comunidades. Pero la relación pastoral es compatible con el enfado y la reprimenda, con el conflicto y la polémica. La comunidad de fe y de vida que experimenta dificultades de relación tiene que hacer constantemente memoria de los dinamismos de la fe y de la misión.
Elementos de la fraternidad
Vivencia.
La fraternidad es relación de personas adultas y libres; personas que han optado por el seguimiento de Jesús como sentido, camino y prototipo de su vida. La fraternidad supone la vivencia de cada persona como sujeto activo, que va descubriendo y construyendo su identidad personal y social a través del tiempo. La identidad más profunda de cada persona es su relación con Dios, su escucha a la llamada permanente de Dios en su conciencia e historia, en la lectura de la Escritura.
Per-vivencia
Los animales perviven; es decir, viven según las pautas de sus instintos, de las normas sociales de la horda; son de “piñón fijo”. Los seres humanos, por nuestra parte, tenemos capacidad de realidad. No estamos encerrados en las pautas de los instintos o apetencias. Hemos sido capaces de crear cultura. El primer gran invento cultural es el lenguaje. La ética, la técnica, el derecho son las formas culturales de orientar y encauzar nuestra vida personal. Vivimos en un horizonte abierto. Somos capaces de crear nuevas posibilidades de vida. Creamos cultura y la cultura nos recrea. Nuestro mundo de vida es abierto. Por eso nos cuesta tanto orientarnos en este mundo complejo y pluralista, cada vez más global. Como el escultor, vamos cincelando nuestra vida a golpe de decisiones personales sobre nuestro propio mármol endurecido. Encontrar las decisiones correctas y los perfiles adecuados es susceptible de error, cambio, correcciones del sentido de la marcha. La comunidad religiosa tiene como horizonte permanente la búsqueda de la voluntad de Dios. Tiene el centro en la pasión por Dios y su reino.
Con-vivencia:
Las piedras coexisten: los seres humanos con-vivimos. “No es bueno que el hombre esté sólo”. Nacemos de otros seres humanos. Y gracias a ellos. Además, de alguna manera, todos necesitamos convivir para poder vivir. La afiliación y pertenencia a un grupo es una necesidad de todo ser humano. Puedo adoptar niveles muy dispares de cercanía: el anacoreta, el solitario, el soltero, los casados, la familia, la comunidad. En la actualidad, sin embargo, las vinculaciones grupales son frágiles. El deseo y la apetencia es fuerte; los compromisos son frágiles. Vivimos pertenencias múltiples.
En la convivencia comunitaria nos enseñamos y nos dejamos enseñar. Y esto tiene muchas formas: el ejemplo, el testimonio, el diálogo… La convivencia es un flujo constante de acciones e interacciones; las hay positivas y negativas. Esos flujos de acciones, reacciones e interacciones crean climas: unos negativos y mortificantes y otros vitalizantes y estimulantes. Los climas negativos dificultan la convivencia fraterna y restan energías a la misión.
Supra-vivencia
El ser humano vive por encima de la realidad actual: la esencia del hombre según Spinoza es el deseo; el hombre se supera a sí mismo. El hombre es capaz de crear posibilidades nuevas; es el ser de lo posible. Necesita crear. Su esencia es el amor; se va construyendo en la medida en que ama; en que hace lo que ama y ama lo que hace. El ser humano vive sobre sí mismo; va siempre por delante de sí mismo. Vive en el futuro, en la promesa, en la programación y previsión. Puede utilizar el pasado como un “trampolín” y no como un “sofá”. “Nuestra vida está hecha con la trama de nuestros sueños” recuerda José Ortega y Gasset refiriéndose a Schakespeare1. Precisamente esta dinámica del deseo es también una fábrica de frustración. Los deseos no se cumplen del todo. Las esperas sobre los demás quedan defraudadas. Los hermanos de la comunidad no evitan mi sentimiento de soledad; no llenan mi necesidad de pertenencia; recortan mi necesidad de libertad y espontaneidad. La vida fraterna está empedrada de olvidos, omisiones. Todo ello genera decepción. Y se expresa en forma de quejas, críticas, lamentaciones.
Super-vivencia
La vida humana es mortal y caduca; es efímera y tiene vocación de duración. El ser humano vive en sí mismo; pero no se deja encapsular en sí mismo; establece una red tupida de relaciones con la realidad; es capaz de percibir la limitación. Se sabe a sí mismo habitado por semillas de plenitud. Experimenta con fuerza el deseo y la sed de Dios.
La fraternidad religiosa está en la Iglesia particular para recordar que el mundo no puede ser trasformado sin el espíritu de las bienaventuranzas; es la memoria viva de la gravitación escatológica de toda la iglesia.
La corrección fraterna y las culpas
Hay dos conceptos que han perdido su vigor negativo que tenían en otro tiempo. Se han dulcificado. Tal vez neutralizado. Me refiero al concepto de seducción y de tentación. Los dos vocablos significaban incitación al mal, al pecado. En nuestra cultura que ha perdido el sentido del pecado estos vocablos ya no despiertan el deseo pecaminoso.
La seducción es la capacidad de fascinar, de atraer, de persuadir. En este sentido, la vocación es seducción y Jesús mismo es un seductor. Muestra una gran capacidad de hacer discípulos de su vida y de su mensaje.
La tentación ha sido secularizada; ahora significa el atractivo de la trasgresión; trasgresión en las costumbres sociales; trasgresión en las dietas alimenticias. Los trasgresores resultan simpáticos. Y son aclamados. La mujer que se presenta casi desnuda ante una sesuda reunión de políticos y ante las cámaras y lo hace en señal de protesta ecológica, cae muy bien; se convierte en una heroína. El periodista que se quita los zapatos y los exhibe lanzándolos contra un presidente, se hace famoso en todo el mundo. Nadie se lo reprocha. Nuestra sociedad ha perdido, en gran medida, el sentido de la culpa moral; pero ha multiplicado la culpa sicológica y social.
Es verdad que estamos creando una sociedad enormemente culpabilizadora. Hay montañas de culpabilidad en la sociedad que públicamente se agreden unos a otros en el mundo de la economía, de la política, de la sociedad y de la iglesia. Se buscan culpables de todo lo que uno cree que no funciona bien; no se cuenta con lo imprevisible, los límites, los desgastes. Vamos creando grandes máquinas de culpabilización y de exigencia.
Por otro lado hay una exigencia de reconocer los errores y de pedir disculpas por ellos. La sociedad está dispuesta a “perdonar” y aceptar a la persona que reconoce públicamente sus faltas de responsabilidad.
Algo similar acontece a nivel más doméstico en las comunidades y congregaciones. Los juicios negativos, las críticas a los hermanos son, a veces, muy abundantes. Tendemos a exigir a los demás un grado de responsabilidad y coherencia que cada uno no tenemos personalmente. Nadie somos del todo responsables y coherentes: tenemos olvidos, omisiones, egoísmos. Las tareas mal hechas o los comportamientos inadecuados se convierten en motivo de crítica. Y como hay un margen de irresponsabilidad colectiva, el grupo humano crea sus “chivos expiatorios” a los que culpabiliza de casi todo lo que no funciona bien. En muchos casos serán las personas con autoridad; en otros casos serán algunas personas que ya llevan la pesada carga de una etiqueta: el despistado, el “manazas”… Todos nos defendemos de la crítica negativa y culpabilizadora; intentamos liberamos de tres maneras: negando los hechos, autocastigándonos, echando las culpas a los otros. ¿Cómo neutralizar estos dinamismos que impiden la fraternidad?
En otro tiempo se tenía en la comunidad el capítulo de faltas. Cada uno se sometía a la observación de los demás; se deja interpelar. Se exponía a que le recordaran sus límites, sus incoherencias, sus errores, sus manías… Y esto se entendía como ayuda para el trabajo ascético y el crecimiento espiritual. La naturaleza evangélica de la corrección fraterna quedaba muy en entredicho por un instrumento que llegó a ser del todo inadecuado. En lugar de neutralizar los sentimientos de culpa, los expandía; en lugar de ser un ejercicio de perdón y aceptación, se convertía en un ejerció d castigo y humillación.
Las cosas han cambiado. Tal vez hemos pasado al otro extremo la independencia personal y el comportamiento individualista. No hay capítulo de culpas, no hay diálogo y comunicación abierta y, por ello, crece la culpabilización. ¿Cómo manejar la culpa sicológica y social?
La corrección fraterna, ayuda mutua
La corrección fraterna no es cuestión de crítica negativa. La crítica abierta o solapada produce sufrimiento y sentimientos de culpa. Es cuestión de perdón, aceptación y ayuda mutua. La convivencia comunitaria, en este sentido, es ya corrección mutua, aprendizaje común de vida evangélica y autocrítica común a la luz del evangelio tal como se concreta en las constituciones, en los proyectos comunitarios y pastorales.
La escucha con el corazón
La corrección fraterna es cuestión de escucha. La escucha con el corazón consiste en acoger la información del hermano sobre sí mismo. Esa información puede ser de alegría; puede ser de dolor, de decepción, de frustración. Cuando acojo en el corazón la opinión del otro, contraria a la mía, puedo reafirmarme en mis convicciones. Si lo que me comparte es su sentimiento de descontento, de decepción con motivo de un olvido, una palabra, una desatención mía, si lo acojo con el corazón, me dejo afectar. Me dejo formar y transformar. No contra-ataco ni me defiendo. Sopeso la posible verdad.
La inclusión como corrección
La convivencia en la fraternidad se articula en una red de relaciones. Ciertamente tienen que ver con la red de relaciones que cada uno somos dentro de nosotros mismos, formadas y conformadas, a través de nuestra historia, pero articuladas desde la unidad de nuestro yo.
Esta red de relaciones en la fraternidad incluye un proceso de adaptación. La necesidad de inclusión suscita dinamismos de acomodación, de aprendizaje constante. El grupo impone sus normas y sus pautas para poder recibir e integrar a los nuevos hermanos.
En esta constante búsqueda del lugar propio y significativo en el grupo influye especialmente la emulación de aquellos a quienes el grupo admira y confiere autoridad moral y carismática. Estos actúan con su ejemplo, con sus acciones y sus omisiones. Su manera de ser y su presencia en la fraternidad constituyen un foco de influencia. Esas personas tienen encanto, ejercen atracción, suscitan imitación. Llaman a la superación. Son, en alguna medida como la luz. Allí donde están irradian a través de sus gestos, de sus acciones de sus comportamientos.
La aprobación o el desdén de estas personas es una forma importantísima de corrección fraterna. Corrigen, con su excelencia, la tendencia a la mediocridad y al conformismo con los mínimos a que tiende la dinámica grupal. Estas personas ejercen de un modo especialmente eficaz el poder de la alabanza, del reconocimiento. Es una energía que todos tienen en la fraternidad; pero hay personas que la tienen en proporción mayor. Su aprobación constituye un gran estímulo; su desaprobación, latente y patente, una forma de corrección
El proyecto de vida evangélica como prototipo
El evangelio pone ante nuestros ojos el proyecto de vida que se desprende de la experiencia y la enseñanza de Jesús. Jesús es el modelo y paradigma de vida. Ese proyecto de vida es retomado y concretado por las constituciones de cada Instituto.
Pues bien, la fuerza de ese ideal se cierne sobre la fraternidad entera. Y lo hace como energía innovadora y sancionadora. Es capaz de suscitar nuevos deseos, proyectos y sueños, nuevas ideas; alienta la fidelidad creativa en el proceso de cristificación de la vida. Además, por la fuerza del Espíritu, la vida de Jesús resucitado se torna una energía que actúa en nosotros contra la mediocridad, contra la dispersión, la superficialidad. Llama a la comunión fraterna admitiendo y reconociendo los pecados contra ella.
El perdón como liberación
Jesucristo ha introducido en nuestra historia de pecadores un nuevo comienzo. Ya en su vida histórica Jesús rompió el círculo diabólico de culpa-castigo introduciendo el perdón. La fuerza del perdón es la única capaz de renovar la vida y superar el círculo vicioso de la violencia-contraviolencia, culpa- castigo, ofensa-venganza. El perdón de Jesús forma parte de la gran liberación que nos ha traído, que ha culminado en el acontecimiento de Pascua. El perdón constituye un nuevo comienzo en la vida personal y comunitaria; nos libera de las culpas acumuladas. Nos recuerda que ninguno de nosotros puede darse a sí mismo la plena realización de sus expectativas. Nos hace experimentar que sólo Dios es Dios: el único que sacia del todo nuestra sed.
En conclusión
La comunidad es lugar de relación, de interacción y ayuda mutua. Y por ello también lugar de corrección fraterna. Será efectiva en la medida de la disposición para dar, acoger y celebrar el perdón. La actitud de apertura al aprendizaje conlleva el dejarse formar por las experiencias y acontecimientos de la vida. Y es así como se experimenta el perdón en la vida. Y éste, a su vez, es la preparación para la celebración del perdón en el sacramento.
Para el trabajo personal y comunitario
SÍMBOLO PARA MEDITAR
EL RIO
Erase una vez un río. Discurría por la montaña y ya soñaba presuroso con el mar. Un buen día advirtió que había nubes sobre él. Eran hermosas y caprichosas. El río quería tener una sólo para él. Pero las nubes eran esquivas. De pronto sopló el viento con fuerza y barrió todas las nubes. El río enamorado pensó que ya no valía la pena vivir. Quería morirse. ¿Para qué seguir viviendo si ya no había nubes?
Esa noche, sin embargo, el río volvió sobre sí mismo. Jamás había mirado en su interior. Y escuchó su llanto. Y descubrió algo muy importante. Comprendió que las nubes no eran más que agua. Y que él mismo era agua.
Al día siguiente vio el cielo azul por primera vez en su vida. Jamás había reparado en él. Por la noche recibió en su corazón de río la imagen de la luna llena. No se podía imaginar tanta belleza. Más tarde volvieron las nubes, pero ya no quiso poseer a ninguna. Comprendió que no debía correr tras ellas, que podía ser él mismo y disfrutar de su belleza. (Thich Nhat Hanh)
- ¿Qué me revela esta narración sobre la manera de vivir las esperas y expectativas con respecto a los demás?
- ¿He vivido últimamente algún acontecimiento de decepción en mis esperas en la comunidad?
- ¿Cómo elaboro mis sentimientos de venganza?
- ¿Cómo recibo la corrección fraterna?
1 José Ortega y Gasset, Estudios sobre el amor. Madrid 1973, p. 27
¿Cómo manejo mis sentimientos de culpa?
¿Soy una persona que, en lugar de buscar soluciones a los problemas, tiendo a buscar culpables?
¿Soy una persona culpabilizadora?
¿Experimento sentimientos de venganza? ¿En qué situaciones? ¿Con respecto a quién?
¿Veo en la comunidad alguna persona cargada con la función de “chivo expiatorio”?
¿Cómo doy el perdón? ¿Cómo lo pido? ¿Cómo lo recibo? ¿Cómo lo rechazo?

Discurso del Papa Benedicto XVI a las jóvenes religiosas en San Lorenzo del Escorial


19.08.2011

Queridas jóvenes religiosas:
Dentro de la Jornada Mundial de la Juventud que estamos celebrando en Madrid, es un gozo grande poder encontrarme con vosotras, que habéis consagrado vuestra juventud al Señor, y os doy las gracias por el amable saludo que me habéis dirigido. Agradezco al Señor Cardenal Arzobispo de Madrid que haya previsto este encuentro en un marco tan evocador como es el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Si su célebre Biblioteca custodia importantes ediciones de la Sagrada Escritura y de Reglas monásticas de varias familias religiosas, vuestra vida de fidelidad a la llamada recibida es también una preciosa manera de guardar la Palabra del Señor que resuena en vuestras formas de espiritualidad. Queridas hermanas, cada carisma es una palabra evangélica que el Espíritu Santo recuerda a su Iglesia (cf. Jn 14, 26). No en vano, la Vida Consagrada «nace de la escucha de la Palabra de Dios y acoge el Evangelio como su norma de vida. En este sentido, el vivir siguiendo a Cristo casto, pobre y obediente, se convierte en “exégesis” viva de la Palabra de Dios... De ella ha brotado cada carisma y de ella quiere ser expresión cada regla, dando origen a itinerarios de vida cristiana marcados por la radicalidad evangélica» (Exh. apostólica Verbum Domini, 83).

La radicalidad evangélica es estar “arraigados y edificados en Cristo, y firmes en la fe” (cf. Col, 2,7), que en la Vida Consagrada significa ir a la raíz del amor a Jesucristo con un corazón indiviso, sin anteponer nada a ese amor (cf. San Benito, Regla, IV, 21), con una pertenencia esponsal como la han vivido los santos, al estilo de Rosa de Lima y Rafael Arnáiz, jóvenes patronos de esta Jornada Mundial de la Juventud. El encuentro personal con Cristo que nutre vuestra consagración debe testimoniarse con toda su fuerza transformadora en vuestras vidas; y cobra una especial relevancia hoy, cuando «se
constata una especie de “eclipse de Dios”, una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza» (Mensaje para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud 2011, 1). Frente al relativismo y la mediocridad, surge la necesidad de esta radicalidad que testimonia la consagración como una pertenencia a Dios sumamente amado.
Dicha radicalidad evangélica de la Vida Consagrada se expresa en la comunión filial con la Iglesia, hogar de los hijos de Dios que Cristo ha edificado. La comunión con los Pastores, que en nombre del Señor proponen el depósito de la fe recibido a través de los Apóstoles, del Magisterio de la Iglesia y de la tradición cristiana. La comunión con vuestra familia religiosa, custodiando su genuino patrimonio espiritual con gratitud, y apreciando también los otros carismas. La comunión con otros miembros de la Iglesia como los laicos, llamados a testimoniar desde su vocación específica el mismo evangelio
del Señor.
Finalmente, la radicalidad evangélica se expresa en la misión que Dios ha querido confiaros. Desde la vida contemplativa que acoge en sus claustros la Palabra de Dios en silencio elocuente y adora su belleza en la soledad por Él habitada, hasta los diversos caminos de vida apostólica, en cuyos surcos germina la semilla evangélica en la educación de niños y jóvenes, el cuidado de los enfermos y ancianos, el acompañamiento de las familias, el compromiso a favor de la vida, el testimonio de la verdad, el anuncio de la paz y la caridad, la labor misionera y la nueva evangelización, y tantos otros
campos del apostolado eclesial.
Queridas hermanas, este es el testimonio de la santidad a la que Dios os llama, siguiendo muy de cerca y sin condiciones a Jesucristo en la consagración, la comunión y la misión. La Iglesia necesita de vuestra fidelidad joven arraigada y edificada en Cristo. Gracias por vuestro “sí” generoso, total y perpetuo a la llamada del Amado. Que la Virgen María sostenga y acompañe vuestra juventud consagrada, con el vivo deseo de que interpele, aliente e ilumine a todos los jóvenes.
Con estos sentimientos, pido a Dios que recompense copiosamente la generosa contribución de la Vida Consagrada a esta Jornada Mundial de la Juventud, y en su nombre os bendigo de todo corazón. Muchas gracias.

Estar enamorado



Cada enamorado, a su modo, goza de la certeza de ser amado y de amar, de estas dos certezas, nace la libertad afectiva. El enamorado, no tiene necesidad de otros afectos, y no cambiaría con ninguno al mundo la persona amada; por esto el enamoramiento es exclusivo y el sabe de eterno, porque significa decir o escuchar de otro las palabras: “tú no morirás, tú vivirás para siempre”.

Esto es mejor cuando se ama a Dios y cuando es Dios a susurrar esas palabras. Porque nada como su amor puede darnos estas dos certezas: ser amado desde siempre y para siempre, y de poder y deber amar para siempre. “Para siempre” es posible y experimentable sólo con el eterno; es verdadero y abraza en plenitud el tiempo solo con quien está fuera del tiempo. “Para siempre” es el inicio y la garantía de la libertad afectiva; de un lado elimina el miedo que cada hombre lleva dentro y la duda de no ser amado, del otro quita la pretensión especulativa de merecer el amor.

La cruz, máxima expresión del amor divino, libera radicalmente del miedo, es la prueba suprema de que el amor no puede ser conquistado, es don, pero puede ser gustado sólo por quien no lo busca ávidamente, sólo por quien es libre de dejarse amar.

De aquí una consecuencia de que el enamorado de Dios ama y se siente  amado, pero no por esto es insensible al amor, como si no tuviera necesidad. Al contrario, por esto hace crecer su sensibilidad, haciéndola más atenta y fina consintiéndole de dejarse amar, y no solo por  Dios, sino es libre de apreciar con reconocimiento los pequeños gestos de afecto de los que normalmente está llena la vida y que vienen de las personas que nos rodean.

El alma enamorada encontrará y gustará cada día la paz prometida por Jesús, con la certeza de que por cuanto se donará a la vida y a los otros no pagará nunca la cuenta, con lo que ha recibido de la vida y de los demás. Quien, al contrario, no vive un real enamoramiento con Dios no posee la misma certeza. Por lo tanto, no es libre de dejarse amar, porque tendrá necesidad de buscar obsesivamente signos de afecto a su alrededor. Pero porque los busca mal, o sea con aprehensión y afán de adolescente o como conquista meritoria, no los encontrará nunca, por lo que no sabe apreciar los pequeños gestos. De consecuencia, tiene necesidad de prestaciones cada vez mayores, es celosa e insaciable, ávida, avara y posesiva, como en un tormento infinito, para sí y para los otros. Quien no esta enamorado del Creador no es libre de dejarse amar por los demás.

Quien se enamora de Dios esta inevitablemente orientada a pasar los propios confines humanos a los divinos, es decir a sumergirse cada día más con El. Quien ama intensamente el Padre será conducido progresivamente a amar como Él; si no ama como Él, quiere decir que no lo ama, o lo ama poco, sin estar enamorado; la vida pasara y los votos se convertirán en una ley, tal vez injusta, y no tendrá en particular, la fecundidad generativa típica del amor del Padre-Dios.

Atracción hacia Dios

Autor: P. Evaristo Sada LC



- En nuestra época son evidentes los signos del secularismo. Parece que Dios haya desaparecido del horizonte de muchas personas o que se haya convertido en una realidad ante la cual se permanece indiferente.

- Muchos signos nos indican un despertar del sentido religioso.

- Ha fracasado la previsión de quien anunciaba la desaparición de las religiones.

- El hombre es religioso por naturaleza.

- La imagen del Creador está impresa en su ser y siente la necesidad de encontrar una luz para dar respuesta a las preguntas que tienen que ver con el sentido profundo de la realidad; respuesta que no puede encontrar en sí mismo, en el progreso, en la ciencia empírica.

- El hombre “digital” así como el de las cavernas, busca en la experiencia religiosa las vías para superar su finitud y para segurar su precaria aventura terrena.

- El hombre, aunque sea iluso y crea todavía que es autosuficiente, tiene la experiencia de que no se basta a sí mismo. Necesita abrirse al otro, a algo o a alguien, que pueda darle lo que le falta, debe salir de sí mismo hacia Él que puede colmar la amplitud y la profundidad de su deseo.

- El hombre lleva dentro de si una sed del infinito, una nostalgia de la eternidad, una búsqueda de la belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo empujan hacia el Absoluto; el hombre lleva dentro el deseo de Dios.

- Y el hombre sabe, de algún modo, que puede dirigirse a Dios, que puede rezarle. Santo Tomás de Aquino, uno de los más grandes teólogos de la historia, definela oración como la “expresión del deseo que el hombre tiene de Dios”.

- Esta atracción hacia Dios, que Dios mismo ha puesto en el hombre, es el alma de la oración, que se reviste de muchas formas y modalidades.

- La oración es una actitud interior, antes que una serie de prácticas y fórmulas, un modo de estar frente a Dios, antes que de realizar actos de culto o pronunciar palabras.

- La oración tiene su centro y fundamenta sus raíces en lo más profundo de la persona.

- Rezar es difícil. De hecho, la oración es el lugar por excelencia de la gratuidad, de la tensión hacia lo Invisible, lo Inesperado y lo Inefable. La experiencia de la oración es un desafío para todos, una “gracia” que invocar, un don de Aquel al que nos dirigimos.

- En la oración, en todas las épocas de la historia, el hombre se considera a sí mismo y a su situación frente a Dios, a partir de Dios y respecto a Dios, y experimenta ser criatura necesitada de ayuda, incapaz de procurarse por sí mismo el cumplimiento de la propia existencia y de la propia esperanza.

- La oración tiene una de sus típicas expresiones en el gesto de ponerse de rodillas. Es un gesto que lleva en sí mismo una radical ambivalencia: de hecho, puedo ser obligado a ponerme de rodillas -condición de indigencia y de esclavitud- o puedo arrodillarme espontáneamente, confesando mi límite y, por tanto, mi necesidad de Otro. A él le confieso que soy débil, necesitado, “pecador”.

- En la experiencia de la oración, la criatura humana expresa toda su conciencia de sí misma, todo lo que consigue captar de su existencia y, a la vez, se dirige, toda ella, al Ser frente al cual está, orienta su alma a aquel Misterio del que espera el cumplimiento de sus deseos más profundos y la ayuda para superar la indigencia de la propia vida.

- En este mirar a Otro, en este dirigirse “más allá” está la esencia de la oración, como experiencia de una realidad que supera lo sensible y lo contingente.

- Sólo en el Dios que se revela encuentra su plena realización la búsqueda del hombre. La oración que es la apertura y elevación del corazón a Dios, se convierte en una relación personal con Él. Y aunque el hombre se olvide de su Creador, el Dios vivo y verdadero no deja de llamar al hombre al misterioso encuentro de la oración.

- A medida que Dios se revela, y revela al hombre a sí mismo, la oración aparece como un llamamiento recíproco, un hondo acontecimiento de Alianza.

- Aprendamos a estar más tiempo delante de Dios, al Dios que se ha revelado en Jesucristo, aprendamos a reconocer en el silencio, en la intimidad de nosotros mismos, su voz que nos llama y nos reconduce a la profundidad de nuestra existencia, a la fuente de la vida, al manantial de la salvación, para hacernos ir más allá de los límites de nuestra vida y abrirnos a la medida de Dios, a la relación con Él que es Infinito Amor.

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