En la vida comunitaria,

« La energía del Espíritu que hay en uno pasa a todos... no solamente se disfruta del propio don, sino se multiplica al hacer a los otros partícipes de él, y se goza del fruto de los dones del otro como si fuera del propio» VC 42

Que brille tu Rostro Señor

«Haced de vuestra vida una ferviente espera de Cristo, yendo a su encuentro como las vírgenes prudentes van al encuentro del Esposo. Estad siempre preparados, sed siempre fieles a Cristo.» PC, 5

Vida Fraterna en el amor

Que cada comunidad se muestre como signo luminoso de la nueva Jerusalén, morada de Dios con los hombres, VC, 45

Reflejo de la Trinidad

La vida consagrada se convierte, en una de las huellas, concretas que la Trinidad deja en la historia, para que los hombres puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina. VC, 20

Compromiso y Vigilancia

la primacía de Dios es plenitud de sentido y de alegría para la existencia humana, porque el hombre ha sido hecho para Dios y su corazón estará inquieto hasta que descanse en él. VC,27

¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO NOS REFERIMOS A LA ALEGRÍA?

Nuestra sociedad, y en ella, todos nosotros somos, aún sin saberlo seguidores de la orientación filosófica del momento. Y este momento que ha ido sumando pequeños fragmentos del poso cultural de la modernidad, es heredera y deudora de Nietzsche. Este estilo de pensamiento ha ido dejando una idea muy difundida: “la Iglesia, con sus defectos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida? ¿no pone quizá carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en nosotros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos hace pregustar algo de lo divino?1. Como bien recoge el Papa Benedicto en la Encíclica “Dios es amor”. Esta sospecha que se ha hecho recaer sobre la Iglesia como temerosa de la felicidad, ha acompañado frecuentemente a la Vida Religiosa. Y sin embargo, la raíz de la decisión vocacional por el seguimiento de Jesús en la profesión religiosa, se asocia, necesariamente a la felicidad. Justamente en el prefacio de la profesión decimos: “porque el retoño inmaculado de la raíz de una Virgen, proclamó dichosos a los limpios de corazón…”2. En la bendición solemne o consagración del profeso, oramos expresamente a Dios diciendo “para que puedan cumplir fielmente, con tu ayuda, lo que hoy, llenos de alegría, han prometido”.Y decimos que nos consagramos para ser “gozosos en la esperanza”4 y que después de una vida entregada, cada religioso “se alegre de haber consumado la ofrenda de su vida religiosa”5. Estas expresiones son las que enmarcan en la Celebración de la Iglesia el don de la consagración.
La particularización de las mismas en cada congregación, no hace sino abundar en la alegría y el gozo que provoca en el corazón del ser humano el seguimiento de Jesús. Es, en este sentido, la confirmación más evidente de que nuestro estilo de vida, no sólo puede conducir a la felicidad, sino que nace del convencimiento de que Dios llama y espera que el ser humano sea feliz. “El gozo de Dios es que el hombre viva”, afirmaba el Padre de la Iglesia, y el gozo del hombre, creyente, es poder vivir la vida de cara a Dios. Es y debería ser, no sólo una máxima para la predicación, sino el estilo de nuestro vivir.
Un tema frecuentePero hemos de ser muy conscientes de que la pertenencia a una sociedad y época concreta, condiciona y configura esta fidelidad y felicidad. Son muchos los artículos y libros que hablan literalmente de la felicidad en la Vida Religiosa. Está siendo la pregunta sobre la felicidad, no sólo un iten de encuestas sino uno de los ejes sobre los que radican las asambleas y capítulos. Es, para las personas que prestan el servicio de gobierno una preocupación grave la situación anímica de los religiosos y, por tanto, la salud de las comunidades. No pocos trabajos de revisión de posiciones, llegan a la reflexión de cada comunidad y, en ella, se ve que ante la situación de penuria vocacional, el desconcierto conduce a encerrar la propia vida, a recordar más que proyectar, a proteger más que arriesgar, a conservar más que abrir. Me parece sugerente como alguno de los superiores generales abordó este asunto en carta circular dirigida a sus hermanos:
“Sé finalmente que vivir así, gozosamente… implica ir cambiando de mentalidad hacia actitudes más evangélicas como, a modo de ejemplo: a. superar la experiencia de oración como peso, dando paso a una experiencia de agradecimiento por participar en un don de Dios y de la comunidad que llama a orar; pasar del sentimiento de obligación o del deber a la alegría y el gozo de la gratuidad, del sentimiento de imposición al de sentir pesar por privarse de algo necesario; si no se viera así para uno personalmente, al menos –como recomienda San Agustín – por los hermanos que se sienten alentados a rezar por la presencia de los demás hermanos; b. superar la experiencia de comunidad como prueba a soportar para pasar a la satisfacción por la fraternidad ¡qué agradable y delicioso que vivan unidos los hermanos!6; c. pasar de la actitud de rebelarse contra los hermanos, aun los que molestan o son transgresores, a conllevar el peso de los hermanos; d. pasar de la actitud de soltería a una conciencia de paternidad espiritual.”7
Saltar de la sociología a la teologíaSe dice que socialmente, la humanidad, muy preocupada de lograr un “yo” fuerte, experimenta en este momento una crisis de ubicación. Se dice también, que nosotros añadimos a esta crisis cultural una prueba más y es la renuncia a tres elementos constitutivos de la felicidad humana: la capacidad de poseer, de decidir y de engendrar. Cuando se ven los consejos evangélicos desde la frontera o barrera es posible que estos dones se queden en renuncias o limitaciones. Cuando nosotros vivimos la experiencia de consagración como limitación o freno, es posible que se configure en la vida del consagrado o consagrada un cierto resentimiento, una soltería estéril o un lamento por lo que nos gustaría hacer y no podemos. El problema está no en las posibilidades de la vida religiosa, sino en los peros que le ponemos para que ésta se desarrolle y sea fecunda.
La sociología nunca podrá sustituir a la teología, como el recuerdo puede ayudar, pero nunca puede condicionar el futuro. La sociología nos ayuda a andar en verdad, a pisar tierra, a valorar el momento y a relativizar sus ritmos. No dejarnos impresionar por lo que hoy ocurre o transcurre, porque este momento es circunstancial y tiene muchas similitudes con el inicio de siglo en otras eras. ¿O fue menor la crisis del comienzo del siglo XX? Por eso no está ni todo zanjado, ni estamos condenados a prepara nuestro “buen morir”, como algunos osados nos han dejado escrito. Estamos llamados a vivir y a vivir de manera que nuestra existencia merezca la pena. En nuestra felicidad personal, estriba la posibilidad de crear ámbitos de vida capaces de hacer nuestro camino posible para otros. Es muy sabia la literatura universal a este respecto. Leemos en el Talmud “ no estamos obligados a completar nuestra obra, pero no somos libres para dejarla”8. Ahí está la felicidad y la profecía del silencio que Dios nos pide protagonizar. Porque quizá el anhelo de otro tiempo, con sus números y coros, con sus obras y proyectos, además de estar magnificado, no es sino escapar del presente.
Miedo a ser felizNuestra vida consagrada es para hombres y mujeres felices. Moderadamente felices y con los deseos y esperanzas cubiertos. Pero cuando tanto hablamos del grado de satisfacción del religioso o religiosa, ¿no estamos denunciando que algo pasa? Cuando queremos a través de retiros, circulares y propuestas abordar esta situación es porque en el yo íntimo de muchos hermanos se perciben no pocas desilusiones y quejas.
l Algunas estrictamente enmarcadas en aspectos funcionales u organizativos. Son dificultades que conectan perfectamente con los ejecutivos de nuestro tiempo. El cambio de función, la acción en sí, conlleva la crisis. Está diciéndonos que hace tiempo que el consagrado orante y comunitario ha desaparecido, para nacer un ejecutivo agresivo condicionado por el ritmo trepidante de la negociación… y esa no es la misión para la que un día nos fundaron.
l Otras hacen referencia a la historia. Una historia recreada en el dolor. Aquel daño que me hicieron, aquel desprecio que viví, aquel destino, aquella falta de confianza. Nuestra vida fraterna es, ante todo, una historia de salvación redactada por seres humanos, con los logros y las debilidades de hombres. Y así, es bastante frecuente que además del yo religioso y observante, aparezca el yo que se autoafirma o lucha. Pues bien, algunos religiosos experimentan el dolor de creer no haber sido queridos nunca en esta experiencia de salvación que llamamos comunidad. Es decir, “viven respirando por la herida”.
l El paso del tiempo, no como experiencia de gracia, sino como desgaste y frustración. Es ilustrativo recordar aquella parábola de Sans Vila en Salamanca, que contrastaba la alegría y vitalidad de una comunidad de ancianas religiosas con la «dejadez» de muchos teologados9 en aquellos tiempos, llenos de jóvenes. Nuestros años, lo hemos dicho muchas veces, no son barrera para nuevas vocaciones, todo lo contrario. Son barreras cuando confundimos el seguimiento de Jesús con mis costumbres para seguirlo. Y ahí, todos, jóvenes y menos jóvenes, podemos aportar a la comunidad nuestras tiranías y debilidades.
l Hay otras dificultades de orden íntimo que están unidas a la forma de ser o el estilo de vida. Está claro que cada uno tenemos nuestra historia, cultura, gustos, etc. Pero está claro también, que cuando el Señor llama a compartir una experiencia de vida comunitaria, capacita para situar en primer lugar lo que es primero y en segundo lo que es accesorio. Algunos religiosos, todos nosotros en algunas ocasiones, hemos medido nuestra felicidad por los logros de las propias pretensiones, o por la confirmación o no de lo que a mí me parece por parte de la comunidad. Cuando sabemos que el itinerario debe ser inverso, es desde la comunidad y sus decisiones donde yo encuentro el margen de libertad, suficiente y necesario, para desarrollar lo que necesito, quiero o me pertenece. Es curioso, cómo los religiosos, que profesamos una vida común solidaria y fraterna, somos un buen ejemplo de personas que vamos creando un yo particular e íntimo muy marcado y grande. Y esa es otro foco de enfermedad para la vida religiosa.
l Otro motivo de quebranto es aquel que se deriva de historias y asuntos no solucionados. Lo que vamos arrastrando a lo largo de los años y nos va a compañando y quebrando la apertura a la felicidad. Es muy elocuente aquel gesto que todos vimos en la película la Misión cuando aquel caballero español (Robert de Niro) decide entrar en la Compañía de Jesús y sube a la reserva del Paraguay con la red plagada de sus trofeos y conquistas, armaduras y armas, y apenas puede llegar al destino, hasta que el jesuita, que lo acoge en la Compañia, le corta la cuerda y cae todo ese fardo pesado. Son muchos los religiosos que en un momento de su vida experimentan la liberación ante ataduras viejas y empiezan a ser ellos, los que Dios siempre quiso, los que llamó desde el inicio.
La llave de la felicidadDebemos concluir dando gracias a Dios. Y debemos hacerlo porque sopesando todos los instantes que el Señor nos ha proporcionado hasta hoy, es grande su misericordia con nosotros. Como a los apóstoles nos extrajo de un pueblo con nuestros nudos y ataduras; con nuestros pecados y debilidades. Pero se ha fijado en nosotros, en cada uno, y ha querido escribir una historia grande, tan grande que ninguno de nosotros, por si solo, podría realizarla. Ahí radica el misterio de la comunidad, que es mucho más que la suma de individuos, porque al unirnos y encontrarnos como hermanos, Dios posibilita una gracia especial que hace palpables los signos de su Reino.
Una clave concreta para tener una vida común más feliz radica en la oración. No la que cumplimos. Sí la oración del corazón, la afectiva, la que va más allá de lo reglamentado o prescrito. Esa oración afectiva que nos permite leer la historia desde la fe y evita que el juicio esté alejado de la caridad. Esa oración que va transformando el corazón, el entendimiento y la voluntad y nos capacita para ver la vida con ojos de artista y encontrar en los procesos y noticias razones para esperar y creer que la humanidad está en camino hacia Dios. Esa fe que nos permite hablar de la humanidad, como le gustaba decir a un claretiano anciano10, como la gran familia humana, porque somos los hermanos que oran por quien no lo hace. Esa fe que nos ayuda a vivir con un corazón de fiesta porque nos sabemos salvados y por eso no hacemos nuestra convivencia difícil ni calculada. Esa fe que nos lleva a conocer más a Dios y, por ello, a conocer mejor al hombre y así ser puente de encuentro de nuestra humanidad con el Creador. Esa fe que nos lleva a creer en nuestra familia religiosa, a crecer en el “nosotros” y a pedir al Señor que envíe nuevos operarios y además recibirlos aunque no tengan mi color, mi cultura o vean las cosas de manera muy diferente a mi. Esa fe que me lleva, cada noche, a darle gracias porque me ha permitido, un día más vivir en su casa, en su comunidad, con hermanos, por pura gratuidad, por puro amor. En palabras de S. Pablo, esa fe que me lleva a expresar: “todos hemos sido salvados gratuitamente por la fe, y esto no es cosa vuestra, es un don de Dios; no se debe a las obras para que nadie se llene de vanidad”11. “No os echéis atrás en el trabajo, tened buen ánimo, servid al Señor alegres en la esperanza”12, “porque el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo”13. Éstas y, no otras, son las líneas fuerza que sostienen nuestra vida de consagradas y consagrados, experimentando como nos proponía el Beato Juan XXIII, “no tener ningún miedo, disfrutar de la vida, de lo bello, como gracia y don de Dios para mi felicidad”14.
1 BENEDICTO XVI, Dios es amor, nº 3.
2 Ritual de Profesión religiosa, Prefacio.
3 Ritual de Profesión religiosa, Consagración
del Profeso.
4 O. cit.
5 O. cit.
6 Salmo 132.
7 LECEA, Jesús María. Carta Circular de marzo de 2006 “¡In oboedientia, gaudium!” “Tratad de comprender lo que el Señor quiere” (Ef 5, 17).
8 Citado en ARNAIZ, J.M. Místicos y profetas, ppc 2004, p. 270.
9 Expresamente aludía como aquellos ojos, aquellas manos, incluso los leves movimientos de las sillas de ruedas extendían la alegría del gozo vocacional de la canción que la comunidad seguía con un magnetófono.
10 Un maestro anónimo de vida consagrada de los que llenan y dan calidad y sentido a nuestras instituciones. Se trata del P. Teófilo Ibarreche Erézcano, fallecido en la comunidad claretiana de Vigo (España) en 1998. Como conocedor y estudioso de la historia repetía la frase constantemente.
11 Ef 2, 8-9.
12 Rm 12,12.
13 Rm14,17.
14 Juan XXIII, Decálogo de la serenidad. Diario de un alma. 

Para ser cada vez más testigos y no sólo maestros

"Lectio divina" de Benedicto XVI durante el encuentro con los párrocos y sacerdotes de Roma


Oración "al Señor para que nos ayude a estar cada vez más impregnados de su Palabra, a ser cada vez más testigos y no sólo maestros, a ser cada vez más sacerdotes, pastores". Una exhortación hecha plegaria con la que Benedicto XVI concluyó el jueves 10 de marzo, en el aula de las Bendiciones, la "lectio divina" durante el encuentro con los párrocos y sacerdotes de la diócesis de Roma. En sus palabras el Papa subrayó la felicidad que implica ser Iglesia. "Esto no es triunfalismo -aclaró-, sino humildad, agradecer el don del Señor". Y aunque siempre haya dificultades en la Iglesia, "debemos ser conscientes, con alegría, de que la verdad es más fuerte que la mentira, de que el amor es más fuerte que el odio, de que Dios es más fuerte que todas las fuerzas contrarias a él". Al comienzo de la audiencia, el cardenal vicario Agostino Vallini saludó al Pontífice en nombre de los obispos auxiliares, párrocos, sacerdotes y diáconos presentes. "Nos hemos permitido pedirle meditar con usted, nuestro obispo, el capítulo 20 del libro de los Hechos de los Apóstoles, en la parte en la que san Lucas recoge el discurso de san Pablo en Mileto a los ancianos de Éfeso -expresó el purpurado a Benedicto XVI-. El motivo es enriquecernos con el testimonio apasionado y fascinante del Apóstol de las gentes y sus enseñanzas para nuestra acción misionera en la Iglesia de Roma, a través de la resonancia magisterial y espiritual del sucesor de Pedro". Publicamos las palabras que pronunció a continuación el Papa.
Eminencia, excelencias y queridos hermanos:

Para mí es una gran alegría estar con vosotros -el clero de Roma- cada año, al inicio de la Cuaresma, y comenzar con vosotros el camino pascual de la Iglesia. Quiero dar las gracias a su eminencia por las hermosas palabras que me ha dirigido, agradeceros a todos el trabajo que realizáis por esta Iglesia de Roma que -según san Ignacio- preside en la caridad y debería ser siempre también ejemplar en su fe. Hagamos juntos todo lo posible para que esta Iglesia de Roma responda a su vocación y para que nosotros, en esta "viña del Señor", seamos obreros fieles.
Hemos escuchado el pasaje de los Hechos de los Apóstoles (20, 17-38) en el que san Pablo habla a los presbíteros de Éfeso, narrado expresamente por san Lucas como testamento del Apóstol, como discurso destinado no sólo a los presbíteros de Éfeso sino también a los presbíteros de todos los tiempos. San Pablo no sólo habla a quienes estaban presentes en aquel lugar, sino que también nos habla realmente a nosotros. Por tanto, tratemos de comprender lo que nos dice a nosotros en esta hora.
Comienzo: "Vosotros habéis comprobado cómo he procedido con vosotros todo el tiempo que he estado aquí" (v. 18); y sobre su comportamiento durante todo el tiempo san Pablo dice, al final: "De día y de noche, no he cesado de aconsejar (...) a cada uno" (v. 31). Esto quiere decir que durante todo ese tiempo era anunciador, mensajero y embajador de Cristo para ellos; era sacerdote para ellos. En cierto sentido, se podría decir que era un sacerdote trabajador, porque -como dice también en este pasaje-, trabajó con sus manos como tejedor de tiendas para no pesar sobre sus bienes, para ser libre, para dejarlos libres. Pero aunque trabajaba con las manos, durante todo este tiempo fue sacerdote, todo el tiempo aconsejó. En otras palabras, aunque exteriormente no estuvo todo el tiempo a disposición de la predicación, su corazón y su alma estuvieron siempre presentes para ellos; estaba animado por la Palabra de Dios, por su misión. Me parece que este es un aspecto muy importante: no se es sacerdote sólo por un tiempo; se es siempre, con toda el alma, con todo el corazón. Este ser con Cristo y ser embajador de Cristo, este ser para los demás, es una misión que penetra nuestro ser y debe penetrar cada vez más en la totalidad de nuestro ser.
San Pablo, además, dice: "He servido al Señor con toda humildad" (v. 19). "Servido" es una palabra clave de todo el Evangelio. Cristo mismo dice: no he venido a ser servido sino a servir (cf. Mt 20, 28). Él es el Servidor de Dios, y Pablo y los Apóstoles son también "servidores"; no señores de la fe, sino servidores de vuestra alegría, dice san Pablo en la segunda carta a los Corintios (cf. 1, 24). "Servir" debe ser determinante también para nosotros: somos servidores. Y "servir" quiere decir no hacer lo que yo me propongo, lo que para mí sería más agradable; "servir" quiere decir dejarme imponer el peso del Señor, el yugo del Señor; "servir" quiere decir no buscar mis preferencias, mis prioridades, sino realmente "ponerme al servicio del otro". Esto quiere decir que también nosotros a menudo debemos hacer cosas que no parecen inmediatamente espirituales y no responden siempre a nuestras elecciones. Todos, desde el Papa hasta el último vicario parroquial, debemos realizar trabajos de administración, trabajos temporales; sin embargo, los hacemos como servicio, como parte de lo que el Señor nos impone en la Iglesia, y hacemos lo que la Iglesia nos dice y espera de nosotros. Es importante este aspecto concreto del servicio, porque no elegimos nosotros qué hacer, sino que somos servidores de Cristo en la Iglesia y trabajamos como la Iglesia nos dice, donde la Iglesia nos llama, y tratamos de ser precisamente así: servidores que no hacen su voluntad, sino la voluntad del Señor. En la Iglesia somos realmente embajadores de Cristo y servidores del Evangelio.
"He servido al Señor con toda humildad". También "humildad" es una palabra clave del Evangelio, de todo el Nuevo Testamento. En la humildad nos precede el Señor. En la carta a los Filipenses, san Pablo nos recuerda que Cristo, que estaba sobre todos nosotros, que era realmente divino en la gloria de Dios, se humilló, se despojó de su rango haciéndose hombre, aceptando toda la fragilidad del ser humano, llegando hasta la obediencia última de la cruz (cf. 2, 5-8). "Humildad" no quiere decir falsa modestia -agradecemos los dones que el Señor nos ha concedido-, sino que indica que somos conscientes de que todo lo que podemos hacer es don de Dios, se nos concede para el reino de Dios. Trabajamos con esta "humildad", sin tratar de aparecer. No buscamos alabanzas, no buscamos que nos vean; para nosotros no es un criterio decisivo pensar qué dirán de nosotros en los diarios o en otros sitios, sino qué dice Dios. Esta es la verdadera humildad: no aparecer ante los hombres, sino estar en la presencia de Dios y trabajar con humildad por Dios, y de esta manera servir realmente también a la humanidad y a los hombres.
"No he omitido por miedo nada de cuanto os pudiera aprovechar, predicando y enseñando" (v. 20). San Pablo, después de algunas frases, vuelve sobre este aspecto y afirma: "No tuve miedo de anunciaros enteramente el plan de Dios" (v. 27). Esto es importante: el Apóstol no predica un cristianismo "a la carta", según sus gustos; no predica un Evangelio según sus ideas teológicas preferidas; no se sustrae al compromiso de anunciar toda la voluntad de Dios, también la voluntad incómoda, incluidos los temas que personalmente no le agradan tanto. Nuestra misión es anunciar toda la voluntad de Dios, en su totalidad y sencillez última. Pero es importante el hecho de que debemos predicar y enseñar -como dice san Pablo-, y proponer realmente toda la voluntad de Dios. Y pienso que si el mundo de hoy tiene curiosidad de conocer todo, mucho más nosotros deberemos tener la curiosidad de conocer la voluntad de Dios: ¿qué podría ser más interesante, más importante, más esencial para nosotros que conocer lo que Dios quiere, conocer la voluntad de Dios, el rostro de Dios? Esta curiosidad interior debería ser también nuestra curiosidad por conocer mejor, de modo más completo, la voluntad de Dios. Debemos responder y despertar esta curiosidad en los demás, curiosidad por conocer verdaderamente toda la voluntad de Dios, y así conocer cómo podemos y cómo debemos vivir, cuál es el camino de nuestra vida. Así pues, deberíamos dar a conocer y comprender -en la medida de lo posible- el contenido del Credo de la Iglesia, desde la creación hasta la vuelta del Señor, hasta el mundo nuevo. La doctrina, la liturgia, la moral y la oración -las cuatro partes del Catecismo de la Iglesia católica- indican esta totalidad de la voluntad de Dios. También es importante no perdernos en los detalles, no dar la idea de que el cristianismo es un paquete inmenso de cosas por aprender. En resumidas cuentas, es algo sencillo: Dios se ha revelado en Cristo. Pero entrar en esta sencillez -creo en Dios que se revela en Cristo y quiero ver y realizar su voluntad- tiene contenidos y, según las situaciones, entramos en detalles o no, pero es esencial hacer comprender por una parte la sencillez última de la fe. Creer en Dios como se ha revelado en Cristo es también la riqueza interior de esta fe, las respuestas que da a nuestras preguntas, también las respuestas que en un primer momento no nos gustan y que, sin embargo, son el camino de la vida, el verdadero camino; en cuanto afrontamos estas cosas, aunque no nos resulten tan agradables, podemos comprender, comenzamos a comprender lo que es realmente la verdad. Y la verdad es bella. La voluntad de Dios es buena, es la bondad misma.
Después, el Apóstol afirma: "He predicado en público y en privado, dando solemne testimonio tanto a judíos como a griegos, para que se convirtieran a Dios y creyeran en nuestro Señor Jesucristo" (v. 20-21). Aquí hay una síntesis de lo esencial: conversión a Dios, fe en Jesús. Pero fijemos por un momento la atención en la palabra "conversión", que es la palabra central o una de las palabras centrales del Nuevo Testamento. Aquí, para conocer las dimensiones de esta palabra, es interesante estar atentos a las diversas palabras bíblicas: en hebreo, "šub" quiere decir "invertir la ruta", comenzar con una nueva dirección de vida; en griego, "metánoia", "cambio de manera de pensar"; en latín, "poenitentia", "acción mía para dejarme transformar"; en italiano, "conversione", que coincide más bien con la palabra hebrea que significa "nueva dirección de la vida". Tal vez podemos ver de manera particular el porqué de la palabra del Nuevo Testamento, la palabra griega "metánoia", "cambio de manera de pensar". En un primer momento el pensamiento parece típicamente griego, pero, profundizando, vemos que expresa realmente lo esencial de lo que dicen también las otras lenguas: cambio de pensamiento, o sea, cambio real de nuestra visión de la realidad. Como hemos nacido en el pecado original, para nosotros "realidad" son las cosas que podemos tocar, el dinero, mi posición; son las cosas de todos los días que vemos en el telediario: esta es la realidad. Y las cosas espirituales se encuentran "detrás" de la realidad: "Metánoia", cambio de manera de pensar, quiere decir invertir esta impresión. Lo esencial, la realidad, no son las cosas materiales, ni el dinero, ni el edificio, ni lo que puedo tener. La realidad de las realidades es Dios. Esta realidad invisible, aparentemente lejana de nosotros, es la realidad. Aprender esto, y así invertir nuestro pensamiento, juzgar verdaderamente que lo real que debe orientar todo es Dios, son las palabras, la Palabra de Dios. Este es el criterio, el criterio de todo lo que hago: Dios. Esto es realmente conversión, si mi concepto de realidad ha cambiado, si mi pensamiento ha cambiado. Y esto debe impregnar luego todos los ámbitos de mi vida: en el juicio sobre cada cosa debo tener como criterio lo que Dios dice sobre eso. Esto es lo esencial, no cuánto obtengo ahora, no el beneficio o el perjuicio que obtendré, sino la verdadera realidad, orientarnos hacia esta realidad. Me parece que en la Cuaresma, que es camino de conversión, debemos volver a realizar cada año esta inversión del concepto de realidad, es decir, que Dios es la realidad, Cristo es la realidad y el criterio de mi acción y de mi pensamiento; realizar esta nueva orientación de nuestra vida. Y de igual modo la palabra latina "poenitentia", que nos parece algo demasiado exterior y quizá una forma de activismo, se transforma en real: ejercitar esto quiere decir ejercitar el dominio de mí mismo, dejarme transformar, con toda mi vida, por la Palabra de Dios, por el pensamiento nuevo que viene del Señor y me muestra la verdadera realidad. De este modo, no sólo se trata de pensamiento, de intelecto, sino de la totalidad de mi ser, de mi visión de la realidad. Este cambio de pensamiento, que es conversión, llega a mi corazón y une intelecto y corazón, y pone fin a esta separación entre intelecto y corazón, integra mi personalidad en el corazón, que es abierto por Dios y se abre a Dios. Y así encuentro el camino, el pensamiento se convierte en fe, esto es, tener confianza en el Señor, confiar en el Señor, vivir con él y emprender su camino en un verdadero seguimiento de Cristo.
San Pablo continúa: "Y ahora, mirad, me dirijo a Jerusalén, encadenado por el Espíritu. No sé lo que me pasará allí, salvo que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me da testimonio de que me aguardan cadenas y tribulaciones. Pero a mí no me importa la vida, sino completar mi carrera y consumar el ministerio que recibí del Señor Jesús: ser testigo del Evangelio de la gracia de Dios" (vv. 22-24). San Pablo sabe que probablemente este viaje a Jerusalén le costará la vida: será un viaje hacia el martirio. Aquí debemos tener presente el porqué de su viaje. Va a Jerusalén para entregar a esa comunidad, a la Iglesia de Jerusalén, la suma de dinero recogida para los pobres en el mundo de los gentiles. Por tanto, es un viaje de caridad, pero es algo más: es una expresión del reconocimiento de la unidad de la Iglesia entre judíos y gentiles, un reconocimiento formal del primado de Jerusalén en ese tiempo, del primado de los primeros Apóstoles, un reconocimiento de la unidad y de la universalidad de la Iglesia. En este sentido, el viaje tiene un significado eclesiológico y también cristológico, porque así tiene mucho valor para él este reconocimiento, esta expresión visible de la unicidad y de la universalidad de la Iglesia, que tiene en cuenta también el martirio. La unidad de la Iglesia vale el martirio. Así dice san Pablo: "Pero a mí no me importa la vida, sino completar mi carrera y consumar el ministerio que recibí del Señor" (v. 24). El mero sobrevivir biológico -dice san Pablo- no es el primer valor para mí; el primer valor para mí es consumar el ministerio; el primer valor para mí es estar con Cristo; vivir con Cristo es la verdadera vida. Aunque perdiera la vida biológica, no perdería la verdadera vida. En cambio, si perdiera la comunión con Cristo para conservar la vida biológica, perdería precisamente la vida misma, lo esencial de su ser. También esto me parece importante: tener las prioridades justas. Ciertamente debemos estar atentos a nuestra salud, a trabajar con racionabilidad, pero también debemos saber que el valor último es estar en comunión con Cristo; vivir nuestro servicio y perfeccionarlo lleva a completar la carrera. Tal vez podemos reflexionar un poco más sobre esta expresión: "completar mi carrera". Hasta el final el Apóstol quiere ser servidor de Jesús, embajador de Jesús para el Evangelio de Dios. Es importante que también en la vejez, aunque pasen los años, no perdamos el celo, la alegría de haber sido llamados por el Señor. Yo diría que, en cierto sentido, al inicio del camino sacerdotal es fácil estar llenos de celo, de esperanza, de valor, de actividad, pero al ver cómo van las cosas, al ver que el mundo sigue igual, al ver que el servicio se hace pesado, se puede perder fácilmente un poco este entusiasmo. Volvamos siempre a la Palabra de Dios, a la oración, a la comunión con Cristo en el Sacramento -esta intimidad con Cristo- y dejémonos renovar nuestra juventud espiritual, renovar el celo, la alegría de poder ir con Cristo hasta el final, de "completar la carrera", siempre con el entusiasmo de haber sido llamados por Cristo para este gran servicio, para el Evangelio de la gracia de Dios. Y esto es importante. Hemos hablado de humildad, de esta voluntad de Dios, que puede ser dura. Al final, el título de todo el Evangelio de la gracia de Dios es "Evangelio", es "Buena Nueva" que Dios nos conoce, que Dios me ama, y que el Evangelio, la voluntad última de Dios es gracia. Recordemos que la carrera del Evangelio comienza en Nazaret, en la habitación de María, con las palabras "Dios te salve María", que en griego se dice: "Chaire kecharitomene": "Alégrate, porque estás llena de gracia". Estas palabras constituyen el hilo conductor: el Evangelio es invitación a la alegría porque estamos en la gracia, y la última palabra de Dios es la gracia.
A continuación viene el pasaje sobre el martirio inminente. Aquí hay una frase muy importante, que quiero meditar un poco con vosotros: "Velad por vosotros mismos y por todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo" (v. 28). Comienzo por la palabra "Velad". Hace algunos días tuve la catequesis sobre san Pedro Canisio, apóstol de Alemania en la época de la Reforma, y se me quedó grabada una palabra de este santo, una palabra que era para él un grito de angustia en su momento histórico. Dice: "Ved, Pedro duerme; Judas, en cambio, está despierto". Esto nos hace pensar: la somnolencia de los buenos. El Papa Pío XI dijo: "El gran problema de nuestro tiempo no son las fuerzas negativas, sino la somnolencia de los buenos". "Velad": meditemos esto, y pensemos que el Señor en el Huerto de los Olivos repite dos veces a sus discípulos: "Velad", y ellos duermen. "Velad", nos dice a nosotros; tratemos de no dormir en este tiempo, sino de estar realmente dispuestos para la voluntad de Dios y para la presencia de su Palabra, de su Reino.
"Velad por vosotros mismos" (v. 28): estas palabras también valen para los presbíteros de todos los tiempos. Hay un activismo con buenas intenciones, pero en el que uno descuida la propia alma, la propia vida espiritual, el propio estar con Cristo. San Carlos Borromeo, en la lectura del breviario de su memoria litúrgica, nos dice cada año: no puedes ser un buen servidor de los demás si descuidas tu alma. "Velad por vosotros mismos": estemos atentos también a nuestra vida espiritual, a nuestro estar con Cristo. Como he dicho en muchas ocasiones: orar y meditar la Palabra de Dios no es tiempo perdido para la atención a las almas, sino que es condición para que podamos estar realmente en contacto con el Señor y así hablar de primera mano del Señor a los demás. "Velad por vosotros mismos y por todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios" (v. 28). Aquí son importantes dos palabras. En primer lugar: "el Espíritu Santo os ha puesto"; es decir, el sacerdocio no es una realidad en la que uno encuentra una ocupación, una profesión útil, hermosa, que le agrada y se elige. ¡No! Nos ha constituido el Espíritu Santo. Sólo Dios nos puede hacer sacerdotes; sólo Dios puede elegir a sus sacerdotes; y, si somos elegidos, somos elegidos por él. Aquí aparece claramente el carácter sacramental del presbiterado y del sacerdocio, que no es una profesión que debe desempeñarse porque alguien debe administrar las cosas, y también debe predicar. No es algo que hagamos nosotros solamente. Es una elección del Espíritu Santo, y en esta voluntad del Espíritu Santo, voluntad de Dios, vivimos y buscamos cada vez más dejarnos llevar de la mano por el Espíritu Santo, por el Señor mismo. En segundo lugar: "os ha puesto como guardianes para pastorear". La palabra que el texto español traduce por "guardianes" en griego es "epískopos". San Pablo habla a los presbíteros, pero aquí los llama "epískopoi". Podemos decir que, en la evolución de la realidad de la Iglesia, los dos ministerios aún no estaban divididos claramente, no eran distintos; evidentemente son el único sacerdocio de Cristo y ellos, los presbíteros, son también "epískopoi". La palabra "presbítero" viene sobre todo de la tradición judía, donde estaba vigente el sistema de los "ancianos", de los "presbíteros", mientras que la palabra "epískopos" fue creada -o encontrada- en el ámbito de la Iglesia por los paganos, y proviene del lenguaje de la administración romana. "Epískopoi" son los que vigilan, los que tienen una responsabilidad administrativa para vigilar cómo van las cosas. Los cristianos eligieron esta palabra en el ámbito pagano-cristiano para expresar el oficio del presbítero, del sacerdote, pero como es obvio cambió inmediatamente el significado de la palabra. La palabra "epískopoi" se identificó de inmediato con la palabra "pastores". O sea, vigilar es "apacentar", desempeñar la misión de pastor: en realidad de inmediato se convirtió en "poimainein", "apacentar" a la Iglesia de Dios; está pensado en el sentido de esta responsabilidad respecto de los demás, de este amor por el rebaño de Dios. Y no olvidemos que en el antiguo Oriente "pastor" era el título de los reyes: son los pastores del rebaño, que es el pueblo. Seguidamente, el rey-Cristo, al ser el verdadero rey, transforma interiormente este concepto. Es el Pastor que se hace cordero, el pastor que se deja matar por los demás, para defenderlos del lobo; el pastor cuyo primer significado es amar a este rebaño y así dar vida, alimentar, proteger. Tal vez estos son los dos conceptos centrales para este oficio del "pastor": alimentar dando a conocer la Palabra de Dios, no sólo con las palabras, sino testimoniándola por voluntad de Dios; y proteger con la oración, con todo el compromiso de la propia vida. Pastores, el otro significado que percibieron los Padres en la palabra cristiana "epískopoi", es: quien vigila no como un burócrata, sino como quien ve desde el punto de vista de Dios, camina hacia la altura de Dios y a la luz de Dios ve a esta pequeña comunidad de la Iglesia. Para un pastor de la Iglesia, para un sacerdote, un "epískopos", es importante también que vea desde el punto de vista de Dios, que trate de ver desde lo alto, con el criterio de Dios y no según sus propias preferencias, sino como juzga Dios. Ver desde esta altura de Dios y así amar con Dios y por Dios.
"Pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo" (v. 28). Aquí encontramos una palabra central sobre la Iglesia. La Iglesia no es una organización que se ha formado poco a poco; la Iglesia nació en la cruz. El Hijo adquirió la Iglesia en la cruz y no sólo la Iglesia de ese momento, sino la Iglesia de todos los tiempos. Con su sangre adquirió esta porción del pueblo, del mundo, para Dios. Y creo que esto nos debe hacer pensar. Cristo, Dios creó la Iglesia, la nueva Eva, con su sangre. Así nos ama y nos ha amado, y esto es verdad en todo momento. Y esto nos debe llevar también a comprender que la Iglesia es un don, a sentirnos felices por haber sido llamados a ser Iglesia de Dios, a alegrarnos de pertenecer a la Iglesia. Ciertamente, siempre hay aspectos negativos, difíciles, pero en el fondo debe quedar esto: es un don bellísimo el poder vivir en la Iglesia de Dios, en la Iglesia que el Señor se adquirió con su sangre. Estar llamados a conocer realmente el rostro de Dios, conocer su voluntad, conocer su gracia, conocer este amor supremo, esta gracia que nos guía y nos lleva de la mano. Felicidad por ser Iglesia, alegría por ser Iglesia. Me parece que debemos volver a aprender esto. El miedo al triunfalismo tal vez nos ha hecho olvidar un poco que es hermoso estar en la Iglesia y que esto no es triunfalismo, sino humildad, agradecer el don del Señor.
Sigue inmediatamente que esta Iglesia no siempre es sólo don de Dios y divina, sino también muy humana: "Se meterán entre vosotros lobos feroces" (v. 29). La Iglesia siempre está amenazada; siempre existe el peligro, la oposición del diablo, que no acepta que en la humanidad se encuentre presente este nuevo pueblo de Dios, que esté la presencia de Dios en una comunidad viva. Así pues, no debe sorprendernos que siempre haya dificultades, que siempre haya hierba mala en el campo de la Iglesia. Siempre ha sido así y siempre será así. Pero debemos ser conscientes, con alegría, de que la verdad es más fuerte que la mentira, de que el amor es más fuerte que el odio, de que Dios es más fuerte que todas las fuerzas contrarias a él. Y con esta alegría, con esta certeza interior emprendemos nuestro camino inter consolationes Dei et persecutiones mundi, dice el concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, 8): entre las consolaciones de Dios y las persecuciones del mundo. Y ahora el penúltimo versículo. En este punto no deseo entrar en detalles: al final aparece un elemento importante de la Iglesia, del ser cristianos. "Siempre os he enseñado que es trabajando como se debe socorrer a los necesitados, recordando las palabras del Señor Jesús, que dijo: "Hay más dicha en dar que en recibir"" (v. 35). La opción preferencial por los pobres, el amor por los débiles es fundamental para la Iglesia, es fundamental para el servicio de cada uno de nosotros: estar atentos con gran amor a los débiles, aunque tal vez no sean simpáticos, sino difíciles. Pero ellos esperan nuestra caridad, nuestro amor, y Dios espera este amor nuestro. En comunión con Cristo estamos llamados a socorrer a los débiles con nuestro amor, con nuestras obras.
Y el último versículo: "Cuando terminó de hablar, se puso de rodillas y oró con todos ellos" (v. 36). Al final, el discurso se transforma en oración y san Pablo se arrodilla. San Lucas nos recuerda que también el Señor en el Huerto de los Olivos oró de rodillas, y nos dice que del mismo modo san Esteban, en el momento del martirio, se arrodilló para orar. Orar de rodillas quiere decir adorar la grandeza de Dios en nuestra debilidad, dando gracias al Señor porque nos ama precisamente en nuestra debilidad. Detrás de esto aparece la palabra de san Pablo en la carta a los Filipenses, que es la transformación cristológica de una palabra del profeta Isaías, el cual, en el capítulo 45, dice que todo el mundo, el cielo, la tierra y el abismo, se arrodillará ante el Dios de Israel (cf. Is 45, 23). Y san Pablo precisa: Cristo bajó del cielo a la cruz, la obediencia última. Y en este momento se realiza esta palabra del Profeta: ante Cristo crucificado todo el cosmos, el cielo, la tierra y el abismo, se arrodilla (cf. Flp 2, 10-11). Él es realmente expresión de la verdadera grandeza de Dios. La humildad de Dios, el amor hasta la cruz, nos demuestra quién es Dios. Ante él nos ponemos de rodillas, adorando. Estar de rodillas ya no es expresión de servidumbre, sino precisamente de la libertad que nos da el amor de Dios, la alegría de estar redimidos, de unirnos con el cielo y la tierra, con todo el cosmos, para adorar a Cristo, de estar unidos a Cristo y así ser redimidos.
El discurso de san Pablo termina con la oración. También nuestros discursos deben terminar con la oración. Oremos al Señor para que nos ayude a estar cada vez más impregnados de su Palabra, a ser cada vez más testigos y no sólo maestros, a ser cada vez más sacerdotes, pastores, "epískopoi", es decir, los que ven con Dios y desempeñan el servicio del Evangelio de Dios, el servicio del Evangelio de la gracia. 

Via Crucis

1ª Estación
JESÚS ES CONDENADO A MUERTE
"Llegada la mañana todos los príncipes de los sacerdotes, los ancianos del pueblo, tuvieron consejo contra Jesús para matarlo, y atado lo llevaron al procurador Pilatos" (Mt 27,1-2). El pequeño niño que tiene hambre, que se come su pan pedacito a pedacito porque teme que se termine demasiado pronto y tenga otra vez hambre. Esta es la primera estación de calvario.



 2ª Estación
JESÚS CARGA CON LA CRUZ
"Entonces se lo entregó para que lo crucificasen. Tomaron, pues, a Jesús, que llevando la cruz, salió al sitio llamado Calvario, que en hebreo se dice Gólgota" (Jn 19,16-17). ¿No tengo razón? ¡Muchas veces miramos pero no vemos nada! Todos nosotros tenemos que llevar la cruz y tenemos que seguir a Cristo al Calvario, si queremos reencontrarnos con Él. Yo creo que Jesucristo, antes de su muerte, nos ha dado su Cuerpo y su Sangre para que nosotros podamos vivir y tengamos bastante ánimo para llevar la cruz y seguirle, paso a paso.

 3ª Estación
JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ
"Dijo Jesús: El que quiera venir en pos de mí, que se niege a sí mismo, tome su cruz y sígame, pues el que quiera salvar su vida la perderá: pero el que pierda su vida, ese la salvará". (Mt 16,24). En nuestras estaciones del Via Crucis vemos que caen los pobres y los que tienen hambre, como se ha caído Cristo. ¿Estamos presentes para ayudarle a Él? ¿Lo estamos con nuestro sacrificio, nuestro verdadero pan? Hay miles y miles de personas que morirían por un bocadito de amor, por un pequeño bocadito de aprecio. Esta es una estación del Via Crucis donde Jesús se cae de hambre.

 4ª Estación
JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE
"Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava... Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí" (Lc 1, 45-49). Nosotros conocemos la cuarta estación del Via Crucis en la que Jesús encuentra a su Madre. ¿Somos nosotros los que sufrimos las penas de una madre? ¿Una madre llena de amor y de comprensión? ¿Estamos aquí para comprender a nuestra juventud si se cae? ¿Si está sola? ¿Si no se siente deseada? ¿Estamos entonces presentes?





 5ª Estación
EL CIRINEO AYUDA A JESÚS A CARGAR LA CRUZ
"Cuando le llevaban a crucificar, echaron mano de un tal Simón de Cirene, que venía del campo y le obligaron a ayudarle a llevar la Cruz" (Lc 23,26). Simón de Cirene tomaba la cruz y seguía a Jesús, le ayudaba a llevar su cruz. Con lo que habéis dado durante el año, como signo de amor a la juventud, los miles y millones de cosas que habéis hecho a Cristo en los pobres, habéis sido Simón de Cirene en cada uno de vuestros hechos.


 6ª Estación
LA VERÓNICA LIMPIA EL ROSTRO DE JESÚS
"Porque tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber" (Mt, 25, 35). ¿Con respecto a los pobres, los abandonados, los no deseados, somos como la Verónica? ¿Estamos presentes para quitar sus preocupaciones"y compartir sus penas? ¿O somos parte de los orgullosos que pasan y no pueden ver?




7ª Estación
JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ


"¿Quienes son mi madre y mis parientes? Y extendiendo su mano sobre sus discípulos dijo Jesús: he aquí a mi madre y a mis parientes... quienquiera que haga la voluntad de mi Padre" (Mt 12, ,48-50). Jesús cae de nuevo. ¿Hemos recogido a personas de la calle que han vivido como animales y se murieron entonces como ángeles? ¿Estamos presentes para levantarlos?. También en vuestro país podéis ver a gente en el parque que están solos, no deseados, no cuidados, sentados, miserables. Nosotros los rechazamos con la palabra "alcoholizamos". No nos importan. Pero en Jesús quien necesita nuestras manos para limpiar sus caras. ¿Podéis hacerlo?, ¿o pasaréis sin mirar?









 8ª Estación
JESÚS CONSUELA A LAS MUJERES
"Le seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres, que se lamentaba y lloraban por Él. Vuelto hacia ellas les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos" (Lc 23,27-28).Padre Santo, yo rezo por ellas para que se consagren a tu santo nombre, santificadas por Ti; para que se entreguen a tu servicio, se te entreguen en el sacrificio. Para eso me consagro yo también y me entrego como sacrificio con Cristo.






9ª Estación
JESÚS CAE POR TERCERA VEZ


"Os he dicho esto para que tengáis paz conmigo. En el mundo tendréis tribulaciones, pero confiad: yo he vencido al mundo" (Jn 16,33). Jesús cae de nuevo para ti y para mí. Se le quitan sus vestidos, hoy se le roba a los pequeños el amor antes del nacimiento. Ellos tienen que morir antes del nacimiento. Ellos tienen que morir porque nosotros no deseamos a estos niños. Estos niños deben quedarse desnudos, porque nosotros no deseamos, y Jesús toma este grave sufrimiento. El no nacido toma este sufrimiento porque no tiene más remedio de desearle, de amarle, de quedarme con mi hermano, con mi hermana.




10ª Estación
JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS


"Cuando los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, haciendo cuatro partes, una para cada soldado y la túnica" (Jn 19,23)¡Señor, ayúdanos para que aprendamos a aguantar las penas, fatigas y torturas de la vida diaria, para que logremos siempre una más grande y creativa abundancia de vida!



11ª Estación
JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ


"Después de probar el vinagre, Jesús dijo": Todo está cumplido, e inclinando la cabeza entregó el espíritu" (Jn 19,30). ¡Empecemos las estaciones de nuestro via crucis personal con ánimo y con gran alegría, pues tenemos a Jesús en la sagrada Comunión, que es el Pan de vida que nos da vida y fuerza! Su sufrimiento es nuestra energía, nuestra alegría, nuestra pureza. Sin él no podemos hacer nada.



12ª Estación
JESÚS MUERE EN LA CRUZ


"Después de probar el vinagre, Jesús dijo": Todo está cumplido, e inclinando la cabeza entregó el espíritu" (Jn 19,30). ¡Empecemos las estaciones de nuestro via crucis personal con ánimo y con gran alegría, pues tenemos a Jesús en la sagrada Comunión, que es el Pan de vida que nos da vida y fuerza! Su sufrimiento es nuestra energía, nuestra alegría, nuestra pureza. Sin él no podemos hacer nada.



13ª Estación
JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ


"Al caer la tarde vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era discípulo de Jesús... tomó su cuerpo y lo envolvió en una sábana limpia" (Mt 27,57.59). Vosotros jóvenes, llenos de amor y de energía, ¡no desperdiciéis vuestras fuerzas en cosas sin sentido!



14ª Estación
JESÚS ES SEPULTADO

"Había un huerto cerca del sitio donde fue crucificado Jesús, y en él un sepulcro nuevo, en el cual aún nadie había sido enterrado... y pusieron allí a Jesús" (Jn 19,41-42). Mirad a vuestro alrededor y ved, mirad a vuestros hermanos y hermanas no sólo en vuestro país, sino en todas las partes donde hay personas con hambre que os esperan. Desnudos que no tienen patria. ¡Todos os miran! ¡No le volváis las espaldas, pues ellos son el mismo Cristo!













Afectividad y Eucaristía


Timothy RADCLIFFE

No estoy seguro del significado exacto de la palabra ‘afectividad’ en español. En inglés ‘affectivity’ implica no sólo la capacidad de amar, sino también nuestra forma de amar como seres sexuales, dotados de emociones, cuerpo y pasiones. En el cristianismo hablamos mucho sobre el amor, pero tenemos que amar como las personas que somos, sexuales, llenos de deseos, de fuertes emociones y de la necesidad de tocar y estar cerca del otro. 
Es extraño que no se nos dé bien hablar de esto, porque el cristianismo es la más corporal de las religiones. Creemos que Dios creó estos cuerpos y dijo que eran muy buenos. Dios se hizo corporal en medio de nosotros, un ser humano como nosotros. Jesús nos dio el sacramento de su cuerpo y prometió la resurrección de nuestros cuerpos. Así pues deberíamos sentirnos en casa en nuestra naturaleza corporal, apasionada… ¡y cómodos al hablar de afectividad! Pero a menudo cuando la Iglesia habla de esto, la gente no queda convencida. ¡No tenemos demasiada autoridad cuando hablamos de sexo! Quizás Dios se encarnó en Jesucristo pero nosotros todavía estamos aprendiendo a encarnarnos en nuestros propios cuerpos. ¡Tenemos que bajar de las nubes!
En una ocasión en que San Juan Crisóstomo estaba predicando sobre sexo notó que algunos  se estaban ruborizando y se indignó: “¿Por qué os avergonzáis? ¿Es que esto no es puro? Os estáis comportando como herejes.” [1]  Pensar que el sexo es repulsivo es un fracaso de la auténtica castidad y, según nada menos que Santo Tomás de Aquino, ¡un defecto moral! (II,II,142.1) Tenemos que aprender a amar como los seres sexuales y  apasionados –a veces un poco desordenados- que somos, o no tendremos nada que decir sobre Dios, que es amor.
Quiero hablar de la Última Cena y la sexualidad. Puede que suene un poco extraño, pero pensad en ello un momento. Las palabras centrales de la Última Cena fueron “Este es mi cuerpo y os lo doy”. La eucaristía, como el sexo, se centra en el don del cuerpo. ¿Os habéis dado cuenta de que la primera carta de San Pablo a los corintios se mueve entre dos temas: la sexualidad y la eucaristía? Y es así porque Pablo sabe que necesitamos entender la una a la luz de la otra. Comprendemos la eucaristía a la luz de la sexualidad, y la sexualidad a la luz de la eucaristía.
Para nuestra sociedad es muy difícil entender esto porque tendemos a ver nuestros cuerpos simplemente como objetos que nos pertenecen. El otro día vi un libro sobre el cuerpo humano que se titulaba: “Hombre: todos los modelos, formas, tamaños y colores. Manual de usuario Haynes para propietarios. (Haynes es la imprenta de una serie de manuales de todas las marcas de coches)”  Era el tipo de manual del propietario que te dan con un coche o una lavadora. Si piensas en tu cuerpo de esa manera, como algo más bien importante que posees junto con otras cosas, entonces los actos sexuales no son especialmente significativos. Puedo hacer lo que me parezca con mis cosas en tanto en cuanto no haga daño a nadie. Puedo usar mi lavadora para mezclar pintura o hacer pasteles. Es mía. Y según esto ¿por qué no puedo hacer lo que yo quiera con mi cuerpo? Esta es nuestra forma natural de pensar porque a partir del siglo XVII hemos absolutizado bastante los derechos de los propietarios. Ser humano es poseer.
Pero la última cena apunta hacia una tradición más antigua y más sabia. El cuerpo no es simplemente una cosa que poseo, soy yo, es mi ser como don recibido de mis padres, y de sus padres antes de ellos, y en última instancia de Dios. Por eso cuando Jesús dice ‘Este es mi cuerpo y yo os lo entrego’, no está disponiendo de algo que le pertenece, está pasando a los demás el don que El es. Su ser es un don del Padre que El está transmitiendo.
La relación sexual está llamada a ser una forma de vivir esa entrega de sí mismo. Aquí estoy, y me entrego a ti, con todo lo que soy, ahora y por siempre. Entonces la eucaristía nos ayuda a entender lo que significa para nosotros ser seres sexuales y nuestra sexualidad nos ayuda a comprender la eucaristía. Generalmente se ve la ética sexual cristiana como restrictiva comparada con las costumbres contemporáneas. ¡La Iglesia te dice exactamente lo que no te está permitido hacer! En realidad la base de la ética sexual cristiana es el aprendizaje de cómo vivir relaciones de entrega mutua.
La última cena fue un momento de crisis inevitable en el amor de Jesús por sus discípulos. Este fue el momento por el que tuvo que pasar en su camino del nacimiento a la resurrección, el momento en el que todo explotó. Fue vendido por uno de sus amigos; la roca, Pedro, estaba a punto de negarle, y la mayoría de sus discípulos saldrían corriendo. ¡Como de costumbre fueron las mujeres las que se mantuvieron tranquilas y permanecieron con él hasta el final! Jesús en la última Cena no salió huyendo de la crisis sino que cogió el toro por los cuernos. Tomó la traición, el fracaso del amor y lo transformó en un momento de donación: ‘Me entrego a vosotros. Vosotros me entregaréis a los romanos para que me maten. Me entregaréis a la muerte, pero yo hago de este momento un momento de don, ahora y por siempre.’
Llegar a ser gente madura que ama significa que nos encontraremos con estas crisis inevitables, en las que parece que el mundo se hace añicos. Esto ocurre con mucho dramatismo cuando somos adolescentes, y puede ocurrir toda nuestra vida, tanto si nos casamos como si nos hacemos religiosos o sacerdotes. Con frecuencia la gente tiene este tipo de crisis cinco o seis años después de hacer su compromiso, en el matrimonio o la ordenación sacerdotal. Tenemos que afrontarlas.
Jesús podría haberse escapado saliendo por la puerta de atrás y haber huido. Podría haber rechazado a los discípulos y no haber tenido nada más que ver con ellos. Pero no, El afrontó el momento en fe. Y solamente seremos capaces de ayudar a la gente joven a hacer esto si nosotros mismos hemos pasado por momentos así y los hemos afrontado. ¡Yo ciertamente lo he hecho! Recuerdo que unos años después de la ordenación me enamoré fuertemente de alguien. Por primera vez aquí estaba alguien con quien me casaría encantado y que estaría encantada de casarse conmigo. Aquí estaba el momento de la elección. Yo había hecho profesión solemne con alegría, amaba a mis hermanos y hermanas dominicos, amaba la misión de la Orden. Pero cuando hice la profesión tenía una pequeña burbuja de fantasía en la cabeza: ‘Me pregunto cómo sería estar casado’.
En ese momento tuve que aceptar la elección que había hecho en mi profesión solemne, o mejor, tenía que aceptar la elección que Dios había hecho por mí, que ésta era la vida a la que Dios me llamaba. Fue un momento doloroso, pero también un tiempo de felicidad. Era muy feliz porque amaba a esta persona, y todavía somos muy buenos amigos. Era un momento de felicidad porque estaba siendo liberado de la fantasía que yo había mantenido viva en la profesión solemne. Poco a poco estaba bajando de las nubes. Mi corazón y mi mente estaban teniendo que encarnarse en la persona que soy, con la vida que Dios ha elegido para mí, en carne y hueso. La crisis me hizo poner los pies en la tierra.
Para la mayoría de nosotros esto no ocurre solamente una vez. Podemos atravesar varias crisis de afectividad a lo largo de nuestra vida. Yo ciertamente las he pasado y quién sabe lo que puede haber a la vuelta de la esquina. Pero tenemos que afrontarlas, como hizo Jesús en la Última Cena, con coraje y confianza. Entonces, si lo hacemos, poco a poco entraremos en nuestro mundo real de carne y hueso.
Un benedictino irlandés llamado Mark Patrick Hederman escribió, ‘El amor es el único ímpetu que es suficientemente desbordante como para forzarnos a abandonar el confortable refugio de nuestra bien armada individualidad, despojarnos de la impenetrable concha de autosuficiencia, y salir gateando desnudos a la zona de peligro que está más allá, el crisol donde la individualidad es purificada para hacerse persona.[2] Y si no creéis a un benedictino irlandés, seguro que creeréis a santo Tomás de Aquino: ‘La persona que ama debe por tanto aflojar ese cerco que le mantenía dentro de sus propios límites. Por esa razón se dice del amor que derrite el corazón: el que está derretido ya no está contenido dentro de sus propios límites, muy al contrario de lo que ocurre en ese estado que corresponde a la ‘dureza de corazón’.[3] Solamente el amor rompe nuestra dureza de corazón y nos da corazones de carne.
Abrirse al amor es muy peligroso. Uno probablemente se haga daño. La Última Cena es la historia del riesgo del amor. Es por esto por lo que Jesús murió, porque amó. Uno despertará deseos y pasiones profundos y desconcertantes, puede correr peligro de arruinar la propia vocación o de vivir una doble vida. Necesitará de la gracia si quiere sortear los peligros, pero no abrirse al amor es aún más peligroso, es mortal. Escuchad a C.S. Lewis: ‘Amar en cualquier caso es ser vulnerable. Ama algo y tu corazón ciertamente estará partido y posiblemente roto. Si quieres asegurarte de mantenerlo intacto, no debes entregarle tu corazón a nadie, ni siquiera a un animal. Envuélvelo cuidadosamente en hobbies y pequeños lujos; evita todo enredo amoroso; enciérralo seguro en la urna o el ataúd de tu egoísmo. Pero en la urna –segura, oscura, inmóvil, sin aire- cambiará. No se romperá; se volverá irrompible, impenetrable, irredimible. La alternativa a la tragedia, o al menos al riesgo de tragedia, es la condenación. El único sitio aparte del cielo donde puedes estar perfectamente a salvo de todos los peligros y perturbaciones del amor es el infierno[4].
Cuando celebramos la eucaristía recordamos que la sangre de Cristo es derramada ‘por ti y por todos’. El misterio del amor en lo más profundo es a la vez particular y universal. Si nuestro amor es sólo particular, entonces corre el riego de volverse introvertido y sofocante. Si es solamente un vago amor universal por toda la humanidad, entonces corre el riego de volverse vacío y sin sentido. La tentación para una pareja debe de ser tenerse un amor que es intenso pero encerrado y exclusivo. A menudo se salva de ser destructivo gracias a la llegada de una tercera persona, el niño que expande su amor. La tentación de los célibes podría ser tender hacia un amor que es solamente universal, un vago y cálido amor por toda la humanidad. Dickens nos habla en Bleak House de Mrs. Jellyby que tenía una ‘filantropía telescópica’, porque no podía ver nada que estuviera más acá de Africa.  Amaba a los africanos en general, pero ni siquiera se percató de la existencia de sus propios hijos.
No podemos refugiarnos en esa filantropía telescópica. Acercarse al misterio del amor significará también que amaremos personas concretas, algunas con amistad, otras con profundo afecto. Tenemos que aprender a integrar esos amores en nuestra identidad como religiosos, como casados o solteros. Me dicen que en el pasado se solía advertir a los religiosos contra las ‘amistades particulares’. Nuestro venerable Gervase Matthew siempre decía que ¡le daban más miedo las ‘enemistades particulares’!
Bede Jarret OP fue provincial de la provincia de Inglaterra de los dominicos en los años 30. En una ocasión escribió una carta preciosa a un joven benedictino llamado Hubert van Zeller, que llegó a ser un famoso autor espiritual después de la guerra. Este joven monje se había enamorado de alguien a quien sólo conocemos como P. Fue una experiencia espantosa. Temía que fuera el final de su vocación religiosa. Bede vió que era el principio. Permitidme que os lea una larga cita. Es impresionante pensar que está escrita hace setenta años.
 ‘Me alegro (de que te hayas enamorado) porque creo que tu tentación ha sido siempre hacia el puritanismo, una estrechez, una cierta falta de humanidad. Tu tendencia era casi hacia la negación de la santificación de la materia. Estabas enamorado del Señor pero no auténticamente enamorado de la encarnación. Estabas realmente asustado. Pensaste (aquí me tienes achacándote toda clase de maldades sin permiso) que si en algún momento te relajabas saltarías por los aires. Estabas lleno de inhibiciones. Casi te mataron. Casi mataron tu humanidad. Te daba miedo la vida porque querías ser santo y sabías que eras un artista. El artista que hay en ti veía belleza por todas partes; el hombre que quería ser santo en ti decía “Caramba, pero eso es terriblemente peligroso”, el novicio dentro de ti decía “mantén los ojos bien cerrados”, el Claud (su nombre de pila) casi saltó por los aires. Si P no hubiera entrado en tu vida, podrías haber explotado. Creo que P salvará tu vida. Diré una misa en acción de gracias por lo que P ha sido, y hecho, por ti. Hace mucho tiempo que necesitabas de P. Tus parientes no podrían sustituirla. Tampoco los viejos y corpulentos provinciales’.[5]
¡No estoy sugiriendo que deberíamos salir todos corriendo de aquí a intentar buscar alguien a quien amar! Dios nos envía los amores y las amistades que son parte de nuestro camino hacia El, que es la plenitud del amor. Esperamos a quienes Dios nos envía y cuándo y cómo El los envía. Pero cuando llegan, entonces debemos afrontar el momento, como hizo Jesús en la Última Cena.
Cuando amemos a alguien profundamente, entonces tendremos que aprender a ser castos. Cada uno, soltero, casado o religioso está llamado a la castidad. Esta no es una palabra popular en estos días, suena mojigata, fría, distante, medio muerta, nada atractiva. Herbert McCabe OP escribió que ‘la castidad que no es una manifestación de amor es meramente el cadáver de la verdadera castidad’.[6]
La castidad no es en primer lugar la supresión del deseo, al menos según la tradición de Santo Tomás de Aquino. El deseo y las pasiones contienen verdades profundas sobre quiénes somos y qué necesitamos. El simplemente suprimirlas nos hará seres muertos espiritualmente o hará que algún día nos disparemos. Tenemos que educar nuestros deseos, abrir sus ojos a lo que realmente quieren, liberarlos de los pequeños placeres. Necesitamos desear más profundamente y con mayor claridad.
Santo Tomás escribió algo que es fácilmente mal entendido. Decía que la castidad es vivir conforme al orden de la razón (II,II,151.1). Esto suena muy frío y cerebral, como si ser casto fuera una cuestión de poder mental. Pero para Tomás ‘ratio’ significa vivir en el mundo real, ‘de conformidad con la verdad de las cosas reales’[7]. Es decir, vivir en la realidad de quién soy y quiénes son realmente las personas a las que amo. La pasión y el deseo pueden llevarnos a vivir en la fantasía. La castidad nos hace bajar de las nubes, viendo las cosas como son. Para los religiosos, o a veces para los solteros, puede darse la tentación de refugiarse en la fantasía perniciosa de que somos etéreas figuras angelicales, que no tienen nada que ver con el sexo. Eso puede parecer castidad, pero es una perversión de la misma. Esto me recuerda a uno de mis hermanos que fue a decir Misa a un convento. La hermana que le abrió la puerta le miró y dijo: ‘Ah, es usted, Padre. Estaba esperando a un hombre”.
Es difícil imaginar una celebración del amor más realista que la Última Cena. No tiene nada de romántica. Jesús les dice a sus discípulos sencilla y llanamente que esto es el final, que uno de ellos le ha traicionado, que Pedro le negará, que los demás huirán. No es una escena de amorcitos a la luz de las velas en un restaurante, esto es realismo llevado al extremo. Un amor eucarístico nos enfrenta de lleno con la complejidad del amor, con sus fracasos y su victoria final.
¿Cuáles son las fantasías en las que nos puede atrapar el deseo? Yo sugeriría dos. Una es la tentación de pensar que la otra persona lo es todo, todo lo que buscamos, la solución a todos nuestros anhelos. Esto es un capricho pasajero. La otra es no ver como es debido la humanidad de la otra persona, para hacerla simplemente carne de consumo. Esto es la lujuria. Estas dos ilusiones no son tan diferentes como podrían parecer a primera vista, la una es el reflejo exacto de la otra.
Supongo que todos nosotros hemos conocido momentos de total encaprichamiento, cuando alguien se convierte en el objeto de todos nuestros deseos, y en símbolo de todo lo que hemos anhelado, en la respuesta a todas nuestras necesidades. Si no llegamos a ser uno con esa persona, entonces nuestra vida no tiene sentido, está vacía. La persona amada llega a ser para nosotros la respuesta a ese pozo de necesidad grande y profundo que descubrimos dentro de nosotros. Pensamos en esa persona todo el día.
Como Shakespeare escribió tan bien:
“De día mis miembros y de noche mi menteno encuentran paz ni para ti ni para mí.”
O, para ser un poco más actual, la cara del amado es como el salvapantallas del ordenador. En el momento que uno se para a pensar en alguna otra cosa, ahí lo tienes. Es como una prisión, una esclavitud, pero una esclavitud que no queremos dejar. Divinizamos a la persona amada, y la ponemos en el lugar de Dios. Por supuesto lo que estamos adorando es nuestra propia creación, es una proyección. Quizás casi todo amor verdadero pasa por esta fase obsesiva. La única cura para esto es vivir día a día con la persona amada y ver que no es Dios, sino solamente su hijo o hija. El amor empieza cuando somos curados de esta ilusión y estamos cara a cara con una persona real y no con una proyección de nuestros deseos. Como dice Octavio Paz ‘el amor descubre la realidad al deseo’[8].
¿Qué buscamos en todo esto? ¿Qué nos mueve a encapricharnos? Yo sólo puedo hablar personalmente. Yo diría que lo que ha habido siempre detrás de mis turbulencias emocionales ha sido el deseo de intimidad. Es el anhelo de ser totalmente uno, de disolver los límites entre uno mismo y otra persona, para perderse en otra persona, para buscar la comunión pura y total. Más que pasión sexual, creo que es la intimidad lo que buscan la mayoría de los seres humanos. Si vamos a vivir pasando por crisis de afectividad, creo que entonces tenemos que que aceptar nuestra necesidad de intimidad.
Nuestra sociedad está construida alrededor del mito de la unión sexual como culminación de toda intimidad. Este momento de ternura y de la unión física total es el que nos lleva a la intimidad total y la comunión absoluta. Mucha gente no tiene esta intimidad porque no están casados, o porque sus matrimonios no son felices, o porque son religiosos o sacerdotes. Y podemos sentirnos excluidos injustamente de aquello que es nuestra necesidad más profunda. ¡Esto no parece que sea justo! ¿Cómo puede excluirme Dios de este deseo profundo?
Yo creo que cada ser humano, casado o soltero, religioso o laico, tiene que aceptar las limitaciones de la intimidad que podemos conocer ahora. El sueño de comunión plena es un mito, que lleva a algunos religiosos a desear estar casados, y a muchos casados a desear estarlo con otra persona diferente. La intimidad verdadera y feliz sólo es posible si aceptamos sus limitaciones. Podemos proyectar en las parejas de casados una intimidad total y maravillosa que es imposible pero que es la proyección de nuestros sueños. El poeta Rilke entendió que no podría haber verdadera intimidad entre una pareja hasta que uno no cae en la cuenta de que cada cual en cierta forma permanece solo. Cada ser humano conserva soledad, un espacio a su alrededor, que no puede ser eliminado. ‘Un buen matrimonio es aquel en el que cada cual nombra al otro guardián de su soledad, y le muestra su confianza, lo más grande que puede entregarle… Una vez que se acepta que incluso entre los seres humanos más cercanos sigue existiendo una distancia infinita, puede crecer una forma maravillosa de vivir uno al lado del otro, si logran amar la distancia que existe entre ellos que le permite a cada cual ver en su totalidad el perfil del otro recortado contra un amplio cielo[9].’
Ciertamente ninguna persona puede ofrecernos esa plenitud de realización que deseamos. Eso solamente se encuentra en Dios. Rowan Williams, Arzobispo de Canterbury y hombre casado, escribió, ‘El yo se vuelve adulto y veraz al enfrentarse con el carácter incurable de su deseo: el mundo es tal que ninguna cosa otorgará al yo una identidad colmada y completa[10]. O, para citar a Jean Vainier, ‘La soledad es parte del ser humano, porque no existe nada que pueda llenar completamente las necesidades del corazón humano’.[11]
Para los que están casados es posible una maravillosa intimidad una vez que, como dice Rilke, se acepta que somos guardianes de la soledad de la otra persona. Y los que somos solteros o célibes, podemos descubrir también una intimidad con los otros profundamente hermosa. Intimidad viene del latín intimare, que significa estar en contacto con lo que está más al interior de otra persona. Como religioso, mi voto de castidad me posibilita el ser increíblemente íntimo con otras personas. Porque no tengo intenciones ocultas, y mi amor no debería ser devorador o posesivo, es por lo que puedo acercarme muchísimo al fondo de la vida de la gente.
La trampa opuesta al encaprichamiento no es hacer de la otra persona Dios, sino hacerles un simple objeto, algo con lo que satisfacer mis necesidades sexuales. La lujuria nos cierra los ojos a la persona del otro, a su fragilidad y su bondad. Santo Tomás dice, escribiendo sobre la castidad, que el león ve al venado como comida, y la lujuria nos hace cazadores, depredadores que ven algo que devorar. Queremos simplemente un poco de carne, algo que poder devorar. Una vez más la castidad es vivir en el mundo real. La castidad nos abre los ojos para ver que lo que tenemos delante es efectivamente un cuerpo hermoso, pero ese cuerpo es alguien. Ese cuerpo no es un objeto sino un sujeto. Nuevamente cito a Hederman, ‘El voto de castidad evita que el instinto natural del cazador ponga trampas y salte sobre otros como un depredador’[12]. Lo que ha sido tan estremecedor en estas historias de abusos sexuales frecuentemente es el hecho de que a menudo haya sido cuidadosamente planeado.
Puede dar la impresión de que la lujuria es pasión sexual fuera de control, deseo sexual salvaje. Pero San Agustín, que entendió el sexo muy bien, creía que la lujuria tenía que ver con el deseo de dominar a otras personas más que con el placer sexual. La lujuria es parte de la libido dominandi, el impulso de hacernos con el control y convertirnos en Dios. La lujuria tiene más que ver con el poder que con el sexo. Como escribió Sebastian Moore, ‘La lujuria, pues, no es pasión sexual fuera del control de la voluntad, sino pasión sexual como tapadera de la voluntad de ser Dios… La tarea que tenemos delante no es someter la pasión sexual a la voluntad, sino devolverla al deseo, cuyo origen y fin es Dios, cuya liberación es la gracia de Dios manifestada en la vida, las enseñanzas, la crucifixión y resurrección de Jesucristo.’[13]
El primer paso para superar la lujuria no es suprimir el deseo, sino restaurarlo, liberarlo, descubrir que el deseo es por una persona y no por un objeto. Muchos de los tristes escándalos de abuso sexual de menores han venido de sacerdotes o religiosos que eran incapaces de enfrentarse a relaciones adultas con iguales. Solamente podían buscar relaciones en las que ellos tenían el poder y el control. Ellos tenían que permanecer invulnerables. En la Última Cena Jesús toma el pan y lo da a los discípulos diciendo ‘Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros’. El se entrega a sí mismo. En lugar de tomar el control sobre ellos, se entrega a los discípulos para que hagan con él lo que quieran. Y nosotros sabemos lo que harán. Es la inmensa vulnerabilidad del amor verdadero.
La lujuria y el capricho pasajero puede parecer dos cosas muy diferentes y sin embargo son reflejo la una de la otra. En el encaprichamiento uno convierte a la otra persona en Dios, y en la lujuria uno mismo se hace Dios. En el primer caso uno se hace a sí mismo totalmente falto de poder, y en el segundo uno se arroga poder absoluto. Rowan William escribió que el amor ‘se mueve entre el egoísmo y la abnegación’.[14] Te da un intenso sentido de ti mismo, y al mismo tiempo te hace desaparecer del mapa. Quizás la lujuria se da si prevalece el egoísmo, y el capricho pasajero si la abnegación es tan total que uno pierde toda identidad.
Así pues castidad es vivir en el mundo real, viendo al otro como él o ella es y a mí mismo como soy. No somos ni divinos ni simplemente un trozo de carne. Los dos somos hijos de Dios. Tenemos nuestra historia. Hemos hecho votos y promesas. El otro tiene compromisos, quizás con una pareja o esposo. Nosotros como sacerdotes o religiosos nos hemos entregado a nuestras Ordenes o diócesis. Es tal como estamos, comprometidos y ligados a otros compromisos, como podemos aprender a amar con corazones y ojos abiertos.
Esto es duro porque vivimos en el mundo de Internet y la World Wide Web. Es el mundo de la realidad virtual, donde podemos vivir en mundos de fantasía como si fueran reales. Vivimos en una cultura a la que le resulta difícil distinguir entre fantasía y realidad. Todo es posible en el mundo cibernético. Por eso la castidad es difícil. Es el dolor de descubrir la realidad. ¿Cómo podemos bajar a tierra?
Yo sugeriría tres pasos. Tenemos que aprender a abrir los ojos y ver los rostros de quienes están delante de nosotros. ¿Con qué frecuencia abrimos realmente los ojos para mirar a la cara de la gente y verles como son? Brian Pierce OP, un dominico de Estados Unidos, va a publicar pronto un libro que compara el pensamiento de Meister Eckhart, el místico dominico del siglo XIV, y Thich Nhat Hanh, un budista del siglo XX. Para ambos el comienzo de la vida contemplativa es estar en el momento presente, lo que el budista llama ‘conciencia’. Sólo es real el momento presente. Estoy vivo en este momento, y por tanto es en este momento en el que puedo encontrarme con Dios. Tengo que aprender la serenidad de dejar de inquietarme por el pasado y por el futuro. Ahora, el momento presente, es cuando comienza la eternidad. Eckhart pregunta, ‘¿Qué es hoy?’. Y él contesta, ‘Eternidad”
En la Última Cena Jesús agarró ese momento presente. En lugar de inquietarse por lo que Judas había hecho, o porque los soldados se estaban acercando, el vivió el ahora, y tomó el pan y lo partió y lo entregó a los discípulos diciendo, ‘Este es mi cuerpo, entregado por vosotros’. Cada eucaristía nos sumerge en ese ahora eterno. Es en este momento cuando podemos hacernos presentes a la otra persona, callados y quietos en su presencia. Ahora es el momento en el que puedo abrir los ojos y mirarla. Porque estoy tan ocupado, corriendo por todas partes, pensando en lo que pasará después, que puede ocurrir que no vea la cara que tengo frente a mí, su belleza y sus heridas, sus alegrías y sus penas. ¡En fin, la castidad implica abrir los ojos!
En segundo lugar, puedo aprender el arte de estar solo. No puedo estar a gusto con la gente a menos que sea capaz de sentirme a gusto solo algunas veces. Si me da miedo la soledad, entonces cogeré a otra gente no porque me deleite en ellos, sino como solución a mi problema. Veré a la gente simplemente como una forma de llenar mi vacío, mi espantosa soledad. Por tanto no seré capaz de alegrarme en ellos por su propio bien. Así que cuando uno esté presente con otra persona, que esté verdaderamente presente, y cuando está solo que aprenda a amar la soledad. De no ser así cuando uno está con otra persona, ¡se pegará a ella y la sofocará!
Finalmente, cada sociedad vive de sus historias. Nuestra sociedad tiene sus  historias típicas. A menudo son historias románticas. El chico conoce a la chica (o a veces el chico conoce al chico), se enamoran y viven felices para siempre. Es una buena historia que se da con frecuencia. Pero si pensamos que es la única historia posible viviremos con posibilidades demasiado reducidas. Nuestra imaginación necesita ser alimentada con otras historias que nos hablen de formas de vivir y amar. Necesitamos abrir a los jóvenes la enorme diversidad de formas en las que podemos encontrar sentido y amor. Por eso eran tan importantes las vidas de los santos. Nos mostraban que había diferentes formas de amar heroicamente, como personas casadas o solteras, como religiosos o laicos. Yo me sentí muy conmovido por la biografía de Nelson Mandela, The Long Road to Freedom. Es un hombre que dio toda su vida por la causa de la justicia y el derrocamiento del apartheid, y eso significó que no tuvo la clase de vida matrimonial que anhelaba, puesto que pasó años en la cárcel.
Así pues el primer paso de la castidad es bajar de las nubes. Muy rápidamente mencionaré otros dos pasos. El segundo paso, muy brevemente, es abrirnos al amor, para que no queden pequeños mundos a los que me repliego. El amor de Jesús se nos muestra cuando toma el pan y lo parte para que pueda ser compartido. Cuando descubrimos el amor no debemos conservarlo en un pequeño armario privado para nuestro deleite personal, como una secreta botella de whisky, guardada a escondidas para nuestro disfrute personal. Tenemos que compartir nuestros amores con nuestros amigos y con aquellos que amamos. De esta forma el amor particular se hace expansivo y sale al encuentro de la universalidad.
Sobre todo uno puede ensanchar el espacio para que Dios habite en cada amor. En cada historia concreta de amor puede vivir el misterio total del amor, que es Dios. Cuando amamos profundamente a alguien, Dios está ya ahí. Más que ver nuestros amores en competencia con Dios, éstos nos ofrecen lugares en los que podemos montar su tienda. Como Bede Jarret decía a Hubert van Séller, ‘Si pensaras que lo único que puedes hacer es retirarte a tu concha, nunca verías cuán amoroso es Dios.. Debes amar a P. y buscar a Dios en P… Disfruta su amistad, paga el precio del dolor que trae consigo, recuérdalo en tu Misa y deja que El sea la tercera persona en ese amor.’  La apertura de la Amistad Espiritual [de Aelred of Rivaulx]: “Aquí estamos, tú y yo, y espero que entre nosotros Cristo sea un tercero”. Es precioso, ¿verdad? Si te alejas del amor nunca conocerás cuan amoroso es Dios. Pero a menos que dejes entrar a Dios en ese amor, y le honres ahí, nunca verás el misterio de ese amor. Si separamos nuestro amor a Dios y nuestro amor a las personas concretas, ambos se volverán agrios y enfermizos. Eso es lo que significa tener una doble vida.
El tercer paso, quizás el más difícil,  es que nuestro amor ha de liberar a las personas. Todo amor, ya sea entre personas casadas o solteras, tiene que liberar. El amor entre marido y mujer debe abrir grandes espacios de libertad. Y esto es aún más cierto para los que somos sacerdotes o religiosos. Tenemos que amar para que los demás sean libres para amar a otros más que a nosotros. San Agustín llama amigo del novio, amicus sponsi, al obispo. En inglés decimos ‘the best man’ en la boda. El ‘best man’ no trata de que la novia se enamore de él, ¡ni siquiera las damas de honor!, él está señalando hacia otro.
En una ocasión un dominico francés comparó a Dios con un caballero inglés, que es tan inmensamente discreto que no quiere imponerse de ninguna forma sobre aquellos a los que ama. Abrirá la puerta y se asomará para asegurarse de que están a gusto con su presente inamorato y después, por más que desearía quedarse, desaparecerá para no molestarles. Como dijo C.S. Lewis, ‘Es un privilegio divino ser siempre no tanto el amado como el amante’[15]. Dios es siempre el que ama más de lo que es amado. Esa puede que sea nuestra vocación muy a menudo. Como dijo Auden: ‘Si el amor no puede ser igual que sea yo el más amante[16].
Esto implica negarse a dejar que la gente se vuelva demasiado dependiente de uno y no ocupar el centro de sus vidas. Uno debe estar siempre buscando otras formas de apoyo para la gente, otros pilares, para que nosotros podamos dejar de ser tan importantes. Así la pregunta que uno debe hacerse siempre es: ¿Está haciendo mi amor más fuerte a esta persona, más independiente, o la está haciendo más débil, y dependiente de mí?
¡Ya vale! Tengo que parar ahora, tras una última reflexión. Aprender a amar es un asunto difícil. No sabemos a dónde nos llevará. Nos encontraremos nuestra vida vuelta del revés. Seguramente a veces nos haremos daño. Sería más fácil tener corazones de piedra que corazones de carne, ¡pero entonces estaríamos muertos! Si estamos muertos, no podríamos hablar del Dios de la vida. ¿Pero como atrevernos a vivir pasando por esta muerte y resurrección?
En cada eucaristía recordamos que Jesús derramó su sangre por el perdón de los pecados. Esto no significa que tenía que aplacar a un Dios furioso. Ni siquiera significa solamente que si nos equivocamos podemos ir a confesar nuestros pecados y ser perdonados. Significa mucho más. Significa que, en todas nuestras luchas por ser personas que aman y están vivas, Dios está con nosotros. La gracia de Dios está con nosotros en los momentos de fracaso y de lío, para ponernos nuevamente en pie. De la misma forma que el domingo de pascua Dios convirtió el viernes santo en un día de bendición, podemos estar seguros de que todos nuestros intentos por amar darán fruto ¡Y por eso no tenemos que temer! Podemos adentrarnos en esta aventura, con confianza y coraje.


[1] 12th Homily on the Eph to the Colossians.
[2] Manikon Eros: Mad Crazy Love  Dublin 2000 p.66
[3] Comm on Sentences III, 25, 1,1, 4m
[4] The Four Loves London 1960 p.111
[5] ed. by Bede Bailey, Aidan Bellenger and Simon Tugwell, Letters of Bede Jarrett Downside and Blackfriars 1989 p.180
[6] Law, love and language p.22
[7] Josef Pieper The Four Cardinal Virtues Notre Dame 1966 p. 156
[8] Quoted Herdman op.cit p.87
[9] John Mood Rilke on Love and Other Difficulties, translations and Considerations of Rainer Maria Rilke,  New York 1993 27ff. quoted by Hederman op.cit. p. 81
[10] Lost Icons p.153.
[11] Becoming Human p.7
[12] op. cit. 96
[13] op.cit 105
[14] Lost Icons p.156
[15] op.cit. 184
[16] Collected Shorter Poems 1927 – 1957 London 1966 p. 282

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