En la vida comunitaria,

« La energía del Espíritu que hay en uno pasa a todos... no solamente se disfruta del propio don, sino se multiplica al hacer a los otros partícipes de él, y se goza del fruto de los dones del otro como si fuera del propio» VC 42

Que brille tu Rostro Señor

«Haced de vuestra vida una ferviente espera de Cristo, yendo a su encuentro como las vírgenes prudentes van al encuentro del Esposo. Estad siempre preparados, sed siempre fieles a Cristo.» PC, 5

Vida Fraterna en el amor

Que cada comunidad se muestre como signo luminoso de la nueva Jerusalén, morada de Dios con los hombres, VC, 45

Reflejo de la Trinidad

La vida consagrada se convierte, en una de las huellas, concretas que la Trinidad deja en la historia, para que los hombres puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina. VC, 20

Compromiso y Vigilancia

la primacía de Dios es plenitud de sentido y de alegría para la existencia humana, porque el hombre ha sido hecho para Dios y su corazón estará inquieto hasta que descanse en él. VC,27

Crear comunidad


Escrito por Gregorio Iriarte, o.m.i

Ingenuamente llegamos a creer que la comunidad verdadera está exenta de conflictos. Gregorio Iriarte, desde su dilatada vida, afirma que la comunidad evangélica tiene conflictos, pero ésta no existe si no hay personas que comparten y acogen mutuamente lo que sienten.Reflexiones sobre el “encuentro comunitario”, basadas en la publicación: “Cómo formar Comunidad” del P. Desmond O’Donnell, o.m.i.

Necesidad de la comunidadEstamos hechos a imagen y semejanza de Dios que es “Comunidad Trinitaria” por eso, para todos y cada uno de nosotros, “existir, en realidad, es co-existir y comunicarnos es desarrollarnos y liberarnos”. Los religiosos/as somos cada vez más conscientes de la necesidad de profundizar nuestra vida comunitaria en una relación auténticamente fraternal que irradie estímulo, calor y nueva vida en una sociedad cada vez más hundida en individualismo, en el pragmatismo y en el consumismo.
Nada más importante para llegar a una mayor solidaridad que la unión de corazones con la recíproca aceptación de todos y de caca uno de nuestros hermanos/as. Nada anhelamos tanto como el ser aceptados, el ser queridos y tenidos en cuenta por los demás, de ahí que los encuentros comunitarios deban constituir para nosotros una verdadera prioridad.
En realidad, lo mejor de cada uno de nosotros es lo que hemos recibido de aquellas personas que nos han amado. Cuanto más somos amados, más libres nos volvemos para aceptarnos a nosotros mismos y a los demás. Cuando nos sentimos amados, crecemos. Cuando no nos sentimos amados. nos entristecemos y tendemos a cerrarnos sobre nosotros mismos.
Sin embargo, no es tarea fácilEn efecto, no es nada fácil el vivir las exigencias de un auténtico grupo comunitario. Con demasiada frecuencia usamos máscaras y disfraces que ocultan nuestra verdadera identidad.
Las tensiones y conflictos son inevitables pero ello no debe ser óbice para impedir el crecimiento comunitario. Lo que importa es saber cómo afrontarlos.
Procedemos de ambientes socio-culturales diversos y esto hace que cada uno tengamos una manera distinta de ver nuestra propia realidad personal y social. No es nada fácil llegar a conciliar criterios y actitudes. Muchas veces lo que una parte del grupo desea no se adecua con las aspiraciones o proyectos de otros miembros. ¿Cómo ser uno mismo y sin embargo, vivir plenamente integrado en la comunidad? ¿Cómo vivir los valores de la comunidad sin caer en actitudes despersonalizadas y gregarias…?
Lo que pretendemos en este artículo es dar una respuesta al siguiente interrogante ¿cómo podremos formar una auténtica comunidad religiosa siendo conscientes de la presencia continua de tensiones y de conflictos?
El factor más importante y dinámico para vivir el espíritu comunitario es la de ser fieles a la “reunión de la comunidad”.
Veamos cuáles son las características más importantes de una auténtica “reunión comunitaria” y cuáles son sus principales obstáculos. Debemos encontrar las razones del por qué tantos/as religiosos viviendo en comunidad, sin embargo, viven tan solos.
Características de un auténtico “encuentro comunitario”:
1.- Una autentica reunión comunitaria debe partir de un principio básico: todos queremos ser aceptados y todos debemos aceptar a los demás. Cada uno de los miembros debe ser aceptado tal y como es, en su total identidad personal.
La comunidad no se reúne para lograr que se cambien las actitudes de los miembros, ni para corregir, ni para llamar la atención o hacer observaciones a la conducta de sus miembros…. Se reúne para incentivar una intercomunicación franca y fraternal.
2.- Todas las personas son únicas, originales e irrepetibles. Dios nos ha hecho a todos diferentes y quiere que lo sigamos siendo. La comunidad debe ayudar a que cada uno sea él mismo. Cada miembro de la comunidad debe ser aceptado por lo que es, no tanto por lo que sabe o por lo que hace.
Es un error, por consiguiente, cuando en una reunión comunitaria se pretende imponer la uniformidad, buscando que todos sean iguales y que todos piensen lo mismo.
3.- Aceptar a las personas y quererlas no quiere decir que no percibamos sus defectos y limitaciones. Las personas deben ser aceptadas y estimadas plenamente, con sus propios defectos. El verdadero amor tiene como ideal de perfección al amor de Dios. Dios nos ama a cada uno tal y como somos, con nuestros propios defectos, caídas y pecados.
La comunidad, por lo tanto, no es para corregir defectos, ni para plantear discusiones o para sermonear a sus integrantes. Acepta a sus miembros con sus cualidades y defectos y no busca, directamente, el cambio de cada uno, sino una comunicación profunda. Sólo cuando la comunidad se vuelve acogedora y comprensiva, pone los condicionamientos para que cada uno de sus miembros vaya creciendo interiormente.
4.-Los sentimientos son lo más profundo y original de cada persona. En cierto sentido, los sentimientos somos nosotros. Ellos son siempre lo más nuestro y lo que más queremos. Los sentimientos forman parte de nuestra experiencia de vida, de ahí que los queramos más que a nuestros propios pensamientos.
Para compartir en profundidad es necesario que nos refiramos a nuestros sentimientos. Puedes expresarte diciendo “ me siento…” “o me he sentido…” seguido de un adjetivo o de un adverbio. Si lo expresas así, seguramente, que se trata de un sentimiento genuino que responde a una experiencia real. Sin embargo, cuando dices : “ yo pienso…” te refieres a un juicio y no a un sentimiento. Si dices “siento que…” probablemente no es más que una simple opinión personal.
Por lo tanto, un problema muy frecuente que hay que evitar es cuestionar o desautorizar los sentimientos de nuestros hermanos. Siempre deben ser respetados. Cuando alguien comparte los sentimientos, comparte algo que es muy profundo en él. Cuando comunico mis sentimientos ofrezco al grupo algo de mí mismo. Por otro lado, siempre debemos tener muy presente que cada persona tiene el derecho a reservarse algunos aspectos de su vida que no desea que se conozcan.
5.- Compartir el “yo profundo”. La comunidad debe sentirse totalmente libre en su nivel de comunicación pero el ideal es lograr un compartir en profundidad. Es fácil compartir temas superficiales sobre el trabajo, sobre nuestra pastoral, sobre la política, sobre el tiempo... Pero compartir en profundidad no es tan fácil. Lleva tiempo y exige mutua confianza. La necesidad más profunda de cada uno de nosotros es amar y ser amados. Es ser aceptados y comprendidos. Ese es el gran ideal de toda verdadera comunidad evangélica: Dios quiere que seamos una verdadera comunidad, que “seamos uno como Él es Uno”. “Uno”, sobre todo, en la comprensión y en el amor recíproco. El amor profundo y auténtico hacia una persona se expresa cuando yo la acepto y la estimo tal y como es.
Cuando los demás me comprenden y me permiten que yo los comprenda, cuando soy estimado y estimo a mi vez, entonces estoy creciendo como persona, como religioso/a y como discípulo de Jesús. Sólo así soy libre para aceptarme y amarme a mí mismo. Mis heridas, mis aprensiones y sospechas se irán curando al calor de la comunicación y la comprensión. En esa atmósfera acepto mis fallos y trato de superarlos y puedo percibir que mis temores y resentimientos van desapareciendo gradualmente. Estoy mejorando interiormente porque la aceptación y la amistad me dan nuevas energías para el cambio personal.
Compartir lo más profundo quiere decir comunicar nuestras luchas, nuestros problemas, nuestros éxitos, nuestras ilusiones, nuestras frustraciones, nuestros fracasos, nuestros logros. Quiere decir, comunicar nuestras esperanzas, nuestros desánimos, nuestros actos de valentía, nuestros miedos, nuestras penas, nuestras desilusiones...
6.- Estamos llamados a la complementariedad. La mayoría de nosotros tenemos miedo a no ser aceptados y a no ser amados realmente. Por esa razón, muchos de nosotros no somos plenamente felices; llevamos la soledad dentro de nosotros mismos. Generalmente, tratamos de disimularlo hablando de nuestros trabajos, de nuestros pequeños éxitos pastorales, de lo que hemos visto en la TV. o lo que hemos leído en el periódicos… La charla se vuelve insustancial y la vida comunitaria algo meramente funcional. Si nos analizamos con objetividad veremos que vivimos al lado de los otros, cerca de ellos, pero no para ellos.
Sin embargo, constatamos que la verdadera unidad “de mente y de corazones” se construye desde las diferencias, desde nuestras diversidades. Percibimos que estamos llamados a la complementariedad. Lo podemos comprobar en nuestra propia experiencia personal: en la medida en que los otros nos van comprendiendo y aceptando, lo mejor de nosotros se afianza y comienza a crecer en nuestro interior.
San Pablo nos ofrece un hermoso lema cuando nos pide que seamos “sinceros en la caridad” (Ef 4,15).
No se trata de estar o no estar de acuerdo con lo que piensan nuestros hermanos de comunidad. Simplemente debemos avanzar en la práctica del gran ideal que nos propone Jesús:
Yo les pido: “que se amen los unos a los otros como los he amado” (Jn 13,34).
Conclusiones
1.- La “reunión comunitaria” no es para juzgar o para corregir algunos errores del grupo o de las personas que lo integran, sino para comunicarnos en profundidad y lograr con ello conocernos mejor, aceptarnos y construir entre todos una verdadera fraternidad.
2.- Uno de lo errores más graves en los que se ha caído con demasiada frecuencia es hacer del “encuentro comunitario” una práctica de “corrección fraterna”, con la idea de superar algunos problemas de conducta personal o comunitaria. La verdadera comunidad se construye desde la aceptación de todos y cada uno de sus miembros con todas sus limitaciones personales psicológicas y espirituales, y no desde el autoritarismo, por buenas que sean sus intenciones.
3.- La “corrección fraterna” sólo puede ser positiva en una segunda instancia posterior. Es decir, puede y suele nacer desde la aceptación del otro, pero nunca desde una exigencia de cambio impuesta en el encuentro comunitario.
4.- Es muy probable que algún miembro de la comunidad quiera comunicarse en privado con mayor profundidad y desear que le señalen sus defectos o errores. Es muy posible que una auténtica reunión comunitaria desemboque en este diálogo personal franco y constructivo, pero la reunión en sí no es un sistema de coacción o de corrección.
5.- Nunca podrá ser efectivo un encuentro comunitario si no parte de la verdadera aceptación y estima de todos sus integrantes. Esta es la razón del fracaso de lo que antiguamente se llamaba “capítulo de culpas”. No partía del verdadero amor fraternal ni de los más elementales principios de la psicología.
El gran ideal comunitario lo tenemos expresado en el comportamiento y en la actitudes de las primeras comunidades cristianas: “La multitud de creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma” ( Hch. 4,32). 

La Corrección fraterna


La corrección fraterna no es cuestión de crítica negativa sino de escucha. Cuando escuchamos con el corazón acogemos la información del hermano sobre sí mismo. En la convivencia comunitaria enseñamos y nos dejamos enseñar. La fraternidad religiosa está en la Iglesia particular para recordar que el mundo no puede ser transformado sin el espíritu de las bienaventuranzas; es la memoria viva de la gravitación escatológica de toda la Iglesia. El perdón de Jesús forma parte de la gran liberación que nos ha traído y que ha culminado en el acontecimiento de la Pascua.
“Nos fatigamos trabajando con nuestras manos; si nos insultan, bendecimos. Si nos persiguen, lo soportamos. Si nos difaman, respondemos con bondad. Hemos venido a ser, hasta ahora, como la basura del mundo y el deshecho de todos. No os escribo estas cosas para avergonzaros, sino más bien para amonestaros como a hijos míos queridos” (1Cor 4, 12-14)
El tema a desarrollar a partir del texto paulino es la corrección fraterna dentro de las relaciones fraternas y pastorales; ¿cómo la vive Pablo en su ministerio apostólico? ¿Cómo vive su relación con las comunidades que han nacido por el Espíritu gracias a su ministerio apostólico? Las comunidades nacen gracias a la predicación del kerigma y a la respuesta de fe y conversión. Los que reconocen a Jesucristo como el Mesías en el ámbito judío, y como Salvador en el ámbito helenista, forman parte de la comunidad cristiana. El predicador y testigo expresa su relación con la comunidad de distintas maneras… La misión implica la entrega de la vida entera. Por eso el apóstol establece con sus comunidades una relación pastoral afectuosa y cariñosa. Pablo predica, forma, exhorta; muestra afecto paternal hacia los nuevos cristianos. Esa relación pastoral hace crecer a las comunidades. Es una relación de reconocimiento y alabanza, de acción de gracias y de oración por las comunidades. Pero la relación pastoral es compatible con el enfado y la reprimenda, con el conflicto y la polémica. La comunidad de fe y de vida que experimenta dificultades de relación tiene que hacer constantemente memoria de los dinamismos de la fe y de la misión.
Elementos de la fraternidad
Vivencia.
La fraternidad es relación de personas adultas y libres; personas que han optado por el seguimiento de Jesús como sentido, camino y prototipo de su vida. La fraternidad supone la vivencia de cada persona como sujeto activo, que va descubriendo y construyendo su identidad personal y social a través del tiempo. La identidad más profunda de cada persona es su relación con Dios, su escucha a la llamada permanente de Dios en su conciencia e historia, en la lectura de la Escritura.
Per-vivencia
Los animales perviven; es decir, viven según las pautas de sus instintos, de las normas sociales de la horda; son de “piñón fijo”. Los seres humanos, por nuestra parte, tenemos capacidad de realidad. No estamos encerrados en las pautas de los instintos o apetencias. Hemos sido capaces de crear cultura. El primer gran invento cultural es el lenguaje. La ética, la técnica, el derecho son las formas culturales de orientar y encauzar nuestra vida personal. Vivimos en un horizonte abierto. Somos capaces de crear nuevas posibilidades de vida. Creamos cultura y la cultura nos recrea. Nuestro mundo de vida es abierto. Por eso nos cuesta tanto orientarnos en este mundo complejo y pluralista, cada vez más global. Como el escultor, vamos cincelando nuestra vida a golpe de decisiones personales sobre nuestro propio mármol endurecido. Encontrar las decisiones correctas y los perfiles adecuados es susceptible de error, cambio, correcciones del sentido de la marcha. La comunidad religiosa tiene como horizonte permanente la búsqueda de la voluntad de Dios. Tiene el centro en la pasión por Dios y su reino.
Con-vivencia:
Las piedras coexisten: los seres humanos con-vivimos. “No es bueno que el hombre esté sólo”. Nacemos de otros seres humanos. Y gracias a ellos. Además, de alguna manera, todos necesitamos convivir para poder vivir. La afiliación y pertenencia a un grupo es una necesidad de todo ser humano. Puedo adoptar niveles muy dispares de cercanía: el anacoreta, el solitario, el soltero, los casados, la familia, la comunidad. En la actualidad, sin embargo, las vinculaciones grupales son frágiles. El deseo y la apetencia es fuerte; los compromisos son frágiles. Vivimos pertenencias múltiples.
En la convivencia comunitaria nos enseñamos y nos dejamos enseñar. Y esto tiene muchas formas: el ejemplo, el testimonio, el diálogo… La convivencia es un flujo constante de acciones e interacciones; las hay positivas y negativas. Esos flujos de acciones, reacciones e interacciones crean climas: unos negativos y mortificantes y otros vitalizantes y estimulantes. Los climas negativos dificultan la convivencia fraterna y restan energías a la misión.
Supra-vivencia
El ser humano vive por encima de la realidad actual: la esencia del hombre según Spinoza es el deseo; el hombre se supera a sí mismo. El hombre es capaz de crear posibilidades nuevas; es el ser de lo posible. Necesita crear. Su esencia es el amor; se va construyendo en la medida en que ama; en que hace lo que ama y ama lo que hace. El ser humano vive sobre sí mismo; va siempre por delante de sí mismo. Vive en el futuro, en la promesa, en la programación y previsión. Puede utilizar el pasado como un “trampolín” y no como un “sofá”. “Nuestra vida está hecha con la trama de nuestros sueños” recuerda José Ortega y Gasset refiriéndose a Schakespeare1. Precisamente esta dinámica del deseo es también una fábrica de frustración. Los deseos no se cumplen del todo. Las esperas sobre los demás quedan defraudadas. Los hermanos de la comunidad no evitan mi sentimiento de soledad; no llenan mi necesidad de pertenencia; recortan mi necesidad de libertad y espontaneidad. La vida fraterna está empedrada de olvidos, omisiones. Todo ello genera decepción. Y se expresa en forma de quejas, críticas, lamentaciones.
Super-vivencia
La vida humana es mortal y caduca; es efímera y tiene vocación de duración. El ser humano vive en sí mismo; pero no se deja encapsular en sí mismo; establece una red tupida de relaciones con la realidad; es capaz de percibir la limitación. Se sabe a sí mismo habitado por semillas de plenitud. Experimenta con fuerza el deseo y la sed de Dios.
La fraternidad religiosa está en la Iglesia particular para recordar que el mundo no puede ser trasformado sin el espíritu de las bienaventuranzas; es la memoria viva de la gravitación escatológica de toda la iglesia.
La corrección fraterna y las culpas
Hay dos conceptos que han perdido su vigor negativo que tenían en otro tiempo. Se han dulcificado. Tal vez neutralizado. Me refiero al concepto de seducción y de tentación. Los dos vocablos significaban incitación al mal, al pecado. En nuestra cultura que ha perdido el sentido del pecado estos vocablos ya no despiertan el deseo pecaminoso.
La seducción es la capacidad de fascinar, de atraer, de persuadir. En este sentido, la vocación es seducción y Jesús mismo es un seductor. Muestra una gran capacidad de hacer discípulos de su vida y de su mensaje.
La tentación ha sido secularizada; ahora significa el atractivo de la trasgresión; trasgresión en las costumbres sociales; trasgresión en las dietas alimenticias. Los trasgresores resultan simpáticos. Y son aclamados. La mujer que se presenta casi desnuda ante una sesuda reunión de políticos y ante las cámaras y lo hace en señal de protesta ecológica, cae muy bien; se convierte en una heroína. El periodista que se quita los zapatos y los exhibe lanzándolos contra un presidente, se hace famoso en todo el mundo. Nadie se lo reprocha. Nuestra sociedad ha perdido, en gran medida, el sentido de la culpa moral; pero ha multiplicado la culpa sicológica y social.
Es verdad que estamos creando una sociedad enormemente culpabilizadora. Hay montañas de culpabilidad en la sociedad que públicamente se agreden unos a otros en el mundo de la economía, de la política, de la sociedad y de la iglesia. Se buscan culpables de todo lo que uno cree que no funciona bien; no se cuenta con lo imprevisible, los límites, los desgastes. Vamos creando grandes máquinas de culpabilización y de exigencia.
Por otro lado hay una exigencia de reconocer los errores y de pedir disculpas por ellos. La sociedad está dispuesta a “perdonar” y aceptar a la persona que reconoce públicamente sus faltas de responsabilidad.
Algo similar acontece a nivel más doméstico en las comunidades y congregaciones. Los juicios negativos, las críticas a los hermanos son, a veces, muy abundantes. Tendemos a exigir a los demás un grado de responsabilidad y coherencia que cada uno no tenemos personalmente. Nadie somos del todo responsables y coherentes: tenemos olvidos, omisiones, egoísmos. Las tareas mal hechas o los comportamientos inadecuados se convierten en motivo de crítica. Y como hay un margen de irresponsabilidad colectiva, el grupo humano crea sus “chivos expiatorios” a los que culpabiliza de casi todo lo que no funciona bien. En muchos casos serán las personas con autoridad; en otros casos serán algunas personas que ya llevan la pesada carga de una etiqueta: el despistado, el “manazas”… Todos nos defendemos de la crítica negativa y culpabilizadora; intentamos liberamos de tres maneras: negando los hechos, autocastigándonos, echando las culpas a los otros. ¿Cómo neutralizar estos dinamismos que impiden la fraternidad?
En otro tiempo se tenía en la comunidad el capítulo de faltas. Cada uno se sometía a la observación de los demás; se deja interpelar. Se exponía a que le recordaran sus límites, sus incoherencias, sus errores, sus manías… Y esto se entendía como ayuda para el trabajo ascético y el crecimiento espiritual. La naturaleza evangélica de la corrección fraterna quedaba muy en entredicho por un instrumento que llegó a ser del todo inadecuado. En lugar de neutralizar los sentimientos de culpa, los expandía; en lugar de ser un ejercicio de perdón y aceptación, se convertía en un ejerció d castigo y humillación.
Las cosas han cambiado. Tal vez hemos pasado al otro extremo la independencia personal y el comportamiento individualista. No hay capítulo de culpas, no hay diálogo y comunicación abierta y, por ello, crece la culpabilización. ¿Cómo manejar la culpa sicológica y social?
La corrección fraterna, ayuda mutua
La corrección fraterna no es cuestión de crítica negativa. La crítica abierta o solapada produce sufrimiento y sentimientos de culpa. Es cuestión de perdón, aceptación y ayuda mutua. La convivencia comunitaria, en este sentido, es ya corrección mutua, aprendizaje común de vida evangélica y autocrítica común a la luz del evangelio tal como se concreta en las constituciones, en los proyectos comunitarios y pastorales.
La escucha con el corazón
La corrección fraterna es cuestión de escucha. La escucha con el corazón consiste en acoger la información del hermano sobre sí mismo. Esa información puede ser de alegría; puede ser de dolor, de decepción, de frustración. Cuando acojo en el corazón la opinión del otro, contraria a la mía, puedo reafirmarme en mis convicciones. Si lo que me comparte es su sentimiento de descontento, de decepción con motivo de un olvido, una palabra, una desatención mía, si lo acojo con el corazón, me dejo afectar. Me dejo formar y transformar. No contra-ataco ni me defiendo. Sopeso la posible verdad.
La inclusión como corrección
La convivencia en la fraternidad se articula en una red de relaciones. Ciertamente tienen que ver con la red de relaciones que cada uno somos dentro de nosotros mismos, formadas y conformadas, a través de nuestra historia, pero articuladas desde la unidad de nuestro yo.
Esta red de relaciones en la fraternidad incluye un proceso de adaptación. La necesidad de inclusión suscita dinamismos de acomodación, de aprendizaje constante. El grupo impone sus normas y sus pautas para poder recibir e integrar a los nuevos hermanos.
En esta constante búsqueda del lugar propio y significativo en el grupo influye especialmente la emulación de aquellos a quienes el grupo admira y confiere autoridad moral y carismática. Estos actúan con su ejemplo, con sus acciones y sus omisiones. Su manera de ser y su presencia en la fraternidad constituyen un foco de influencia. Esas personas tienen encanto, ejercen atracción, suscitan imitación. Llaman a la superación. Son, en alguna medida como la luz. Allí donde están irradian a través de sus gestos, de sus acciones de sus comportamientos.
La aprobación o el desdén de estas personas es una forma importantísima de corrección fraterna. Corrigen, con su excelencia, la tendencia a la mediocridad y al conformismo con los mínimos a que tiende la dinámica grupal. Estas personas ejercen de un modo especialmente eficaz el poder de la alabanza, del reconocimiento. Es una energía que todos tienen en la fraternidad; pero hay personas que la tienen en proporción mayor. Su aprobación constituye un gran estímulo; su desaprobación, latente y patente, una forma de corrección
El proyecto de vida evangélica como prototipo
El evangelio pone ante nuestros ojos el proyecto de vida que se desprende de la experiencia y la enseñanza de Jesús. Jesús es el modelo y paradigma de vida. Ese proyecto de vida es retomado y concretado por las constituciones de cada Instituto.
Pues bien, la fuerza de ese ideal se cierne sobre la fraternidad entera. Y lo hace como energía innovadora y sancionadora. Es capaz de suscitar nuevos deseos, proyectos y sueños, nuevas ideas; alienta la fidelidad creativa en el proceso de cristificación de la vida. Además, por la fuerza del Espíritu, la vida de Jesús resucitado se torna una energía que actúa en nosotros contra la mediocridad, contra la dispersión, la superficialidad. Llama a la comunión fraterna admitiendo y reconociendo los pecados contra ella.
El perdón como liberación
Jesucristo ha introducido en nuestra historia de pecadores un nuevo comienzo. Ya en su vida histórica Jesús rompió el círculo diabólico de culpa-castigo introduciendo el perdón. La fuerza del perdón es la única capaz de renovar la vida y superar el círculo vicioso de la violencia-contraviolencia, culpa- castigo, ofensa-venganza. El perdón de Jesús forma parte de la gran liberación que nos ha traído, que ha culminado en el acontecimiento de Pascua. El perdón constituye un nuevo comienzo en la vida personal y comunitaria; nos libera de las culpas acumuladas. Nos recuerda que ninguno de nosotros puede darse a sí mismo la plena realización de sus expectativas. Nos hace experimentar que sólo Dios es Dios: el único que sacia del todo nuestra sed.
En conclusión
La comunidad es lugar de relación, de interacción y ayuda mutua. Y por ello también lugar de corrección fraterna. Será efectiva en la medida de la disposición para dar, acoger y celebrar el perdón. La actitud de apertura al aprendizaje conlleva el dejarse formar por las experiencias y acontecimientos de la vida. Y es así como se experimenta el perdón en la vida. Y éste, a su vez, es la preparación para la celebración del perdón en el sacramento.
Para el trabajo personal y comunitario
SÍMBOLO PARA MEDITAR
EL RIO
Erase una vez un río. Discurría por la montaña y ya soñaba presuroso con el mar. Un buen día advirtió que había nubes sobre él. Eran hermosas y caprichosas. El río quería tener una sólo para él. Pero las nubes eran esquivas. De pronto sopló el viento con fuerza y barrió todas las nubes. El río enamorado pensó que ya no valía la pena vivir. Quería morirse. ¿Para qué seguir viviendo si ya no había nubes?
Esa noche, sin embargo, el río volvió sobre sí mismo. Jamás había mirado en su interior. Y escuchó su llanto. Y descubrió algo muy importante. Comprendió que las nubes no eran más que agua. Y que él mismo era agua.
Al día siguiente vio el cielo azul por primera vez en su vida. Jamás había reparado en él. Por la noche recibió en su corazón de río la imagen de la luna llena. No se podía imaginar tanta belleza. Más tarde volvieron las nubes, pero ya no quiso poseer a ninguna. Comprendió que no debía correr tras ellas, que podía ser él mismo y disfrutar de su belleza. (Thich Nhat Hanh)
- ¿Qué me revela esta narración sobre la manera de vivir las esperas y expectativas con respecto a los demás?
- ¿He vivido últimamente algún acontecimiento de decepción en mis esperas en la comunidad?
- ¿Cómo elaboro mis sentimientos de venganza?
- ¿Cómo recibo la corrección fraterna?
1 José Ortega y Gasset, Estudios sobre el amor. Madrid 1973, p. 27
¿Cómo manejo mis sentimientos de culpa?
¿Soy una persona que, en lugar de buscar soluciones a los problemas, tiendo a buscar culpables?
¿Soy una persona culpabilizadora?
¿Experimento sentimientos de venganza? ¿En qué situaciones? ¿Con respecto a quién?
¿Veo en la comunidad alguna persona cargada con la función de “chivo expiatorio”?
¿Cómo doy el perdón? ¿Cómo lo pido? ¿Cómo lo recibo? ¿Cómo lo rechazo?

Discurso del Papa Benedicto XVI a las jóvenes religiosas en San Lorenzo del Escorial


19.08.2011

Queridas jóvenes religiosas:
Dentro de la Jornada Mundial de la Juventud que estamos celebrando en Madrid, es un gozo grande poder encontrarme con vosotras, que habéis consagrado vuestra juventud al Señor, y os doy las gracias por el amable saludo que me habéis dirigido. Agradezco al Señor Cardenal Arzobispo de Madrid que haya previsto este encuentro en un marco tan evocador como es el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Si su célebre Biblioteca custodia importantes ediciones de la Sagrada Escritura y de Reglas monásticas de varias familias religiosas, vuestra vida de fidelidad a la llamada recibida es también una preciosa manera de guardar la Palabra del Señor que resuena en vuestras formas de espiritualidad. Queridas hermanas, cada carisma es una palabra evangélica que el Espíritu Santo recuerda a su Iglesia (cf. Jn 14, 26). No en vano, la Vida Consagrada «nace de la escucha de la Palabra de Dios y acoge el Evangelio como su norma de vida. En este sentido, el vivir siguiendo a Cristo casto, pobre y obediente, se convierte en “exégesis” viva de la Palabra de Dios... De ella ha brotado cada carisma y de ella quiere ser expresión cada regla, dando origen a itinerarios de vida cristiana marcados por la radicalidad evangélica» (Exh. apostólica Verbum Domini, 83).

La radicalidad evangélica es estar “arraigados y edificados en Cristo, y firmes en la fe” (cf. Col, 2,7), que en la Vida Consagrada significa ir a la raíz del amor a Jesucristo con un corazón indiviso, sin anteponer nada a ese amor (cf. San Benito, Regla, IV, 21), con una pertenencia esponsal como la han vivido los santos, al estilo de Rosa de Lima y Rafael Arnáiz, jóvenes patronos de esta Jornada Mundial de la Juventud. El encuentro personal con Cristo que nutre vuestra consagración debe testimoniarse con toda su fuerza transformadora en vuestras vidas; y cobra una especial relevancia hoy, cuando «se
constata una especie de “eclipse de Dios”, una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza» (Mensaje para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud 2011, 1). Frente al relativismo y la mediocridad, surge la necesidad de esta radicalidad que testimonia la consagración como una pertenencia a Dios sumamente amado.
Dicha radicalidad evangélica de la Vida Consagrada se expresa en la comunión filial con la Iglesia, hogar de los hijos de Dios que Cristo ha edificado. La comunión con los Pastores, que en nombre del Señor proponen el depósito de la fe recibido a través de los Apóstoles, del Magisterio de la Iglesia y de la tradición cristiana. La comunión con vuestra familia religiosa, custodiando su genuino patrimonio espiritual con gratitud, y apreciando también los otros carismas. La comunión con otros miembros de la Iglesia como los laicos, llamados a testimoniar desde su vocación específica el mismo evangelio
del Señor.
Finalmente, la radicalidad evangélica se expresa en la misión que Dios ha querido confiaros. Desde la vida contemplativa que acoge en sus claustros la Palabra de Dios en silencio elocuente y adora su belleza en la soledad por Él habitada, hasta los diversos caminos de vida apostólica, en cuyos surcos germina la semilla evangélica en la educación de niños y jóvenes, el cuidado de los enfermos y ancianos, el acompañamiento de las familias, el compromiso a favor de la vida, el testimonio de la verdad, el anuncio de la paz y la caridad, la labor misionera y la nueva evangelización, y tantos otros
campos del apostolado eclesial.
Queridas hermanas, este es el testimonio de la santidad a la que Dios os llama, siguiendo muy de cerca y sin condiciones a Jesucristo en la consagración, la comunión y la misión. La Iglesia necesita de vuestra fidelidad joven arraigada y edificada en Cristo. Gracias por vuestro “sí” generoso, total y perpetuo a la llamada del Amado. Que la Virgen María sostenga y acompañe vuestra juventud consagrada, con el vivo deseo de que interpele, aliente e ilumine a todos los jóvenes.
Con estos sentimientos, pido a Dios que recompense copiosamente la generosa contribución de la Vida Consagrada a esta Jornada Mundial de la Juventud, y en su nombre os bendigo de todo corazón. Muchas gracias.

Estar enamorado



Cada enamorado, a su modo, goza de la certeza de ser amado y de amar, de estas dos certezas, nace la libertad afectiva. El enamorado, no tiene necesidad de otros afectos, y no cambiaría con ninguno al mundo la persona amada; por esto el enamoramiento es exclusivo y el sabe de eterno, porque significa decir o escuchar de otro las palabras: “tú no morirás, tú vivirás para siempre”.

Esto es mejor cuando se ama a Dios y cuando es Dios a susurrar esas palabras. Porque nada como su amor puede darnos estas dos certezas: ser amado desde siempre y para siempre, y de poder y deber amar para siempre. “Para siempre” es posible y experimentable sólo con el eterno; es verdadero y abraza en plenitud el tiempo solo con quien está fuera del tiempo. “Para siempre” es el inicio y la garantía de la libertad afectiva; de un lado elimina el miedo que cada hombre lleva dentro y la duda de no ser amado, del otro quita la pretensión especulativa de merecer el amor.

La cruz, máxima expresión del amor divino, libera radicalmente del miedo, es la prueba suprema de que el amor no puede ser conquistado, es don, pero puede ser gustado sólo por quien no lo busca ávidamente, sólo por quien es libre de dejarse amar.

De aquí una consecuencia de que el enamorado de Dios ama y se siente  amado, pero no por esto es insensible al amor, como si no tuviera necesidad. Al contrario, por esto hace crecer su sensibilidad, haciéndola más atenta y fina consintiéndole de dejarse amar, y no solo por  Dios, sino es libre de apreciar con reconocimiento los pequeños gestos de afecto de los que normalmente está llena la vida y que vienen de las personas que nos rodean.

El alma enamorada encontrará y gustará cada día la paz prometida por Jesús, con la certeza de que por cuanto se donará a la vida y a los otros no pagará nunca la cuenta, con lo que ha recibido de la vida y de los demás. Quien, al contrario, no vive un real enamoramiento con Dios no posee la misma certeza. Por lo tanto, no es libre de dejarse amar, porque tendrá necesidad de buscar obsesivamente signos de afecto a su alrededor. Pero porque los busca mal, o sea con aprehensión y afán de adolescente o como conquista meritoria, no los encontrará nunca, por lo que no sabe apreciar los pequeños gestos. De consecuencia, tiene necesidad de prestaciones cada vez mayores, es celosa e insaciable, ávida, avara y posesiva, como en un tormento infinito, para sí y para los otros. Quien no esta enamorado del Creador no es libre de dejarse amar por los demás.

Quien se enamora de Dios esta inevitablemente orientada a pasar los propios confines humanos a los divinos, es decir a sumergirse cada día más con El. Quien ama intensamente el Padre será conducido progresivamente a amar como Él; si no ama como Él, quiere decir que no lo ama, o lo ama poco, sin estar enamorado; la vida pasara y los votos se convertirán en una ley, tal vez injusta, y no tendrá en particular, la fecundidad generativa típica del amor del Padre-Dios.

Atracción hacia Dios

Autor: P. Evaristo Sada LC



- En nuestra época son evidentes los signos del secularismo. Parece que Dios haya desaparecido del horizonte de muchas personas o que se haya convertido en una realidad ante la cual se permanece indiferente.

- Muchos signos nos indican un despertar del sentido religioso.

- Ha fracasado la previsión de quien anunciaba la desaparición de las religiones.

- El hombre es religioso por naturaleza.

- La imagen del Creador está impresa en su ser y siente la necesidad de encontrar una luz para dar respuesta a las preguntas que tienen que ver con el sentido profundo de la realidad; respuesta que no puede encontrar en sí mismo, en el progreso, en la ciencia empírica.

- El hombre “digital” así como el de las cavernas, busca en la experiencia religiosa las vías para superar su finitud y para segurar su precaria aventura terrena.

- El hombre, aunque sea iluso y crea todavía que es autosuficiente, tiene la experiencia de que no se basta a sí mismo. Necesita abrirse al otro, a algo o a alguien, que pueda darle lo que le falta, debe salir de sí mismo hacia Él que puede colmar la amplitud y la profundidad de su deseo.

- El hombre lleva dentro de si una sed del infinito, una nostalgia de la eternidad, una búsqueda de la belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo empujan hacia el Absoluto; el hombre lleva dentro el deseo de Dios.

- Y el hombre sabe, de algún modo, que puede dirigirse a Dios, que puede rezarle. Santo Tomás de Aquino, uno de los más grandes teólogos de la historia, definela oración como la “expresión del deseo que el hombre tiene de Dios”.

- Esta atracción hacia Dios, que Dios mismo ha puesto en el hombre, es el alma de la oración, que se reviste de muchas formas y modalidades.

- La oración es una actitud interior, antes que una serie de prácticas y fórmulas, un modo de estar frente a Dios, antes que de realizar actos de culto o pronunciar palabras.

- La oración tiene su centro y fundamenta sus raíces en lo más profundo de la persona.

- Rezar es difícil. De hecho, la oración es el lugar por excelencia de la gratuidad, de la tensión hacia lo Invisible, lo Inesperado y lo Inefable. La experiencia de la oración es un desafío para todos, una “gracia” que invocar, un don de Aquel al que nos dirigimos.

- En la oración, en todas las épocas de la historia, el hombre se considera a sí mismo y a su situación frente a Dios, a partir de Dios y respecto a Dios, y experimenta ser criatura necesitada de ayuda, incapaz de procurarse por sí mismo el cumplimiento de la propia existencia y de la propia esperanza.

- La oración tiene una de sus típicas expresiones en el gesto de ponerse de rodillas. Es un gesto que lleva en sí mismo una radical ambivalencia: de hecho, puedo ser obligado a ponerme de rodillas -condición de indigencia y de esclavitud- o puedo arrodillarme espontáneamente, confesando mi límite y, por tanto, mi necesidad de Otro. A él le confieso que soy débil, necesitado, “pecador”.

- En la experiencia de la oración, la criatura humana expresa toda su conciencia de sí misma, todo lo que consigue captar de su existencia y, a la vez, se dirige, toda ella, al Ser frente al cual está, orienta su alma a aquel Misterio del que espera el cumplimiento de sus deseos más profundos y la ayuda para superar la indigencia de la propia vida.

- En este mirar a Otro, en este dirigirse “más allá” está la esencia de la oración, como experiencia de una realidad que supera lo sensible y lo contingente.

- Sólo en el Dios que se revela encuentra su plena realización la búsqueda del hombre. La oración que es la apertura y elevación del corazón a Dios, se convierte en una relación personal con Él. Y aunque el hombre se olvide de su Creador, el Dios vivo y verdadero no deja de llamar al hombre al misterioso encuentro de la oración.

- A medida que Dios se revela, y revela al hombre a sí mismo, la oración aparece como un llamamiento recíproco, un hondo acontecimiento de Alianza.

- Aprendamos a estar más tiempo delante de Dios, al Dios que se ha revelado en Jesucristo, aprendamos a reconocer en el silencio, en la intimidad de nosotros mismos, su voz que nos llama y nos reconduce a la profundidad de nuestra existencia, a la fuente de la vida, al manantial de la salvación, para hacernos ir más allá de los límites de nuestra vida y abrirnos a la medida de Dios, a la relación con Él que es Infinito Amor.

¿Para qué sirven las monjas de clausura?

 Dolores Echevarría 

La oración de las monjas de clausura es como el corazón que bombea la sangre a todas partes del cuerpo
 

A los ojos de un mundo que todo lo mide con medidas de utilidad y beneficio, las monjas y monjes de clausura no sirven para nada. No tienen escuelas, no ayudan con catequesis o en la parroquias, no dirigen grupos juveniles, no dan clases en institutos o universidades, ni siquiera acogen o cuidan a enfermos o ancianos...

En los monasterios de clausura masculinos y femeninos, sólo rezan, se sacrifican y aman. Y es aquí donde radica su riqueza, su inmensa riqueza y valor.

VERBI SPONSA: Instrucción sobre la clausura de las Monjas

La oración de las monjas de clausura es como el corazón que bombea la sangre a todas partes del cuerpo. Su presencia silenciosa y orante da vida a la Iglesia y además es un consuelo constante a Cristo.

Arrancan de Dios a base de mucha oración, de mucho contacto con él, de sacrificios, enormes sacrificios, esas gracias que necesitamos todos.

En medio de una vida de oración, de silencio, de recogimiento, de trabajo manual y físico, de penitencias corporales,... estas almas van adentrándose en el corazón de Dios y gracias a ese intimidad con Él, van haciendo de este mundo un mundo más humano y más de Dios.

Una monja contemplativa da su testimonio sobre la "Verbi sponsa"

Nuestra sociedad, es verdad que no va bien. Pero iría mucho peor, si en el mundo no hubiera monjas de clausura. La mejor prueba de para qué sirven los monjes y monjas de clausura es visitar una clausura.

En un mundo habituado a valorar y sopesar todo según el número de bienes que produce, nada parece más insulso e improductivo que una comunidad de personas dedicadas al servicio de Dios en la contemplación. Sin embargo, si le concedemos a Dios un poquito de razón, reconoceremos que no hay acción más valiosa que la de “estarse amando al amado”, en palabras de San Juan de la Cruz.

¿No dijo el mismo Cristo?: "Marta, Marta, muchas cosas son las que te inquietan, pero una sola es necesaria, María escogió la mejor parte y nadie se la quitará" Si aceptamos la enseñanza de Cristo, entonces no podemos negar que la vida contemplativa posee un valor sublime dentro de la jerarquía de valores. 

Judas, el traicionero

Autor: P. Antonio Rivero, L.C. 

Judas, el traicionero
Judas, el traicionero
Sí, el que besó a Jesús y lo traicionó. Sí, el escogido por Cristo por amor para ser seguidor, compañero, apóstol de primera fila de Jesús. Sí, el que vio los milagros de Jesús y escuchó las palabras bondadosas y pacificadoras de Jesús y partió el pan de la mesa muchas veces con Jesús en la intimidad de un almuerzo.

Adentrémonos un poco en le alma de Judas. ¿Desde cuándo trama la traición? ¿Por qué llegó a este extremo? ¿Quién o que le empujo a ello? ¿Qué ganó con la traición?


I. Con el beso de Judas se inicia la Pasión. Jesús sintió como una quemadura en el rostro. ¡Fue traicionado por uno de sus íntimos, fue totalmente doloroso para Jesús!

En algunos lugares de México existen Cristos que de talla, cubiertos de heridas, que lleva en la mejilla una llaga especialmente honda, llena de sangre, que llaman el beso de Judas.

Este beso son las heridas que Jesús recibe en la casa de sus amigos.


II. Judas era de Karioth, de la región de Judea. Él bajó a Galilea, al lago en Cafarnaún para oír la palabra de Jesús... Era uno más de los judíos que anhelaba la liberación de los romanos y de toda esclavitud. ¿Será este el Mesías? -se decía de Jesús.

Judas era doble. No era transparente como Natanael. Por lo que colegimos del Evangelio Judas tenía dobles intenciones desde el inicio.

¿Será un espía del Sanedrín? De hecho tenía contactos con Caifás.

¿Será un zelote que buscaba un libertador político? Como Jesús le defraudó, decidió canjearlo por la libertad de Barrabas.

¿Sería un ladrón que vio en Jesús la forma de hacerse rico robando de la “bolsa” del grupo?

Judas era doble por eso nunca podremos conocer realmente sus intenciones más profundas.

  • ¿Por qué traicionó al Maestro?

  • ¿Por qué con un beso?

  • ¿Por qué en la noche, y en el huerto de Gethsemaní?

  • ¿Por qué llevó toda esa turba de gente con palos y garrotes?

  • ¿Por qué después de traicionarle se suicida, se mata, se ahorca?


    III. Treinta monedas de plata. Dentro de las leyes de Moisés, cuando el buey de una persona embestía a un esclavo, el dueño del animal debía pagar una compensación 30 siclos de plata al propietario del esclavo y luego matar al animal.

    ¡Treinta monedas! ¡El precio de un esclavo!

    ¿Es que hoy no hay gente que vende a Cristo incluso por menos? ¿Es que acaso no le he traicionado yo alguna vez?


    IV. Sigue la pregunta: ¿por qué Judas traiciono a Jesús? Se han escrito kilómetros de páginas sobre Judas. Ningunas se ponen de acuerdo. Todos elucubran.

    Solo Dios conoce el corazón del hombre.

    Judas no era peor ni mejor que los demás apóstoles, a la hora de ser elegido. Todos tenían sus zonas de luz y sus rincones oscuros.

    ¿Qué le pasó a Judas, con la convivencia continua de Jesús, que era el Sol del mediodía, sin ocaso, sin eclipse?

    ¿Qué le pasó a Judas, con el trato continuo de Jesús, que era todo amor, y solo amor compasivo, tierno y misericordioso?

    Tal vez, cada día iba alejándose de Jesús, el corazón de Judas ya no comulgaba con el mensaje de Jesús, con las ideas de Jesús, con las actitudes de Jesús. ¿Cómo era el mensaje de Jesús, las ideas de Jesús y las actitudes de Jesús, que tanto detestaba Judas?

    ¡El amor!

    Judas no quiso abrirse al amor. Un amor que perdona, que hace el bien, que busca el bien, que no tiene en cuenta el mal, que vence el mal con el bien, que sabe darse sin medida a los demás, que nunca piensa en sí mismo, que está pendiente sólo del otro.

    Judas, tal vez, no aguantó la luz y el calor de tanto amor que despedía Jesús.

    Tanto amor de Jesús le quemaba, le irritaba el corazón a Judas... Es como si yo tuviera una herida y me colocan alcohol para curarme: me escuece mucho, me quemo, me molesta, pero sé que esa herida curará.

    Judas llevaba esa herida abierta, con pus. Una herida provocada por el egoísmo: sólo pensaba en sí mismo. Ese egoísmo le llevaba a alejarse de Jesús, a alejarse de los demás, a pensar sólo en su beneficio: ¿qué ganaré si sigo a Jesús?

    Jesús quiso curar su herida terrible del corazón de Judas. Pero Judas se resistió. No aguantó el amor de Jesús. Curiosamente no soportó tanto amor de Jesús. ¡No puede ser! ¿Por qué sigue amándome, si yo soy tan mezquino? ¿Por qué sigue echándome salvavidas, si yo no lo amo?

    Y creció en el corazón de Judas el odio, que es sentimiento pervertido del amor; El amor de Jesús rebotaba en el corazón de Judas, y lo hacía más duro, más pétreo.

    Judas, ¡ábrete al amor de Jesús! ¿No ves que Él te quiere? ¿No sientes que Él te ama? ¿No escuchas su dulce voz de Pastor que quiere atravesarte con sus silbos amorosos?

    Tal vez el drama de Judas fue éste: ¡poco a poco se fue distanciando del corazón de Jesús... y aunque estaba a dos o tres metros, físicamente, sin embargo, espiritualmente estaba a años luz, a muchas leguas de Jesús!

    Y cuando uno enfría el amor a Cristo, comienza a crecer el egoísmo, abierto a disfrazado, que sólo piensa en sí mismo, sólo se busca a sí mismo, sólo está pendiente de sí mismo, sólo se ama a sí mismo.

    Por eso Judas no llegó a la traición, a ese beso de traición de la noche a la mañana... sino progresivamente, poco a poco... Alejándome de la luz, voy entrando en la oscuridad de la noche: “y era de noche”... Alejándome del amor, voy entrando en el túnel del desamor y del odio: “a quién yo besa, ese es. Prendedle... Alejándome de la paz, voy entrando en el espiral del remordimiento: “y a él, a Judas, le remordió la conciencia. Fue y se ahorcó”.

    Ahora entendemos un poco más por que no le interesaron las 30 monedas de plata... por qué se ahorcó... no pudo abrirse, no quiso abrirse al amor misericordioso de Jesús. No toleraba más los ojos dulces de Jesús. No aguantaba más esa voz tierna de Jesús. No soportaba más esas manos cariñosas de Jesús dispuestas a levantar al caído.

  • Tocaron a mi puerta


    El seguirlo me dio la felicidad que siempre esperé, que siempre buscó mi corazón
     
    Tocaron a mi puerta
    Tocaron a mi puerta
    Tocaron a mi puerta. Y sentí ganas de abrir. Al principio no sabía de que se trataba... pero un calor dentro mío junto con una paz infinita me decía que ya era hora de abrir mi corazón a esa persona la cual estaba esperando ser atendida. ¡Y dije si! mucho no entendí ni todavía entiendo, pero ahí estabas mi Señor. Esperando que mi alma respondiera a tu llamado. Y me diste la gracia de responderte y entregarme para emprender juntos este camino al cual hoy me convocas.

    Desde ese momento fue reconocer que caminaba ante Aquel que reconozco del Todo.

    De eso se trata cuando Jesús toca a la puerta de cada uno, abrir nuestro corazón hacia El totalmente dispuestos a entregarnos por completo. Hay mucho de renuncia en esta entrega y cuesta sangre muchas veces. Pero este camino ¡VALE la PENA! El seguirlo a Jesús me dio la felicidad que siempre esperé, que siempre buscó mi corazón. Y no importa lo que tenga que dejar o renunciar, el amor de EL está por delante de todo. Y se que El siempre está de mi mano aún sabiendo que vendrán tiempos de prueba, de soledad en mi oración. Con su amor todo tiene un sentido, un mirar diferente que me hará seguir adelante sin mirar hacia atrás.

    HORA SANTA VOCACIONAL

    CANTO

    INTRODUCCIÓN


    ¿Quién soy? ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy?. Estas cuestiones muchas veces zumban como abejas dentro de mi cabeza. Pero son tan difíciles de responder, que prefiero escuchar música, reírme con los amigos, ver la televisión… sin embargo siempre están ahí, esperando el instante en que los ruidos del diario vivir se conviertan en aterradores silencios, y entonces esas fatigosas preguntas inician su ronda por mi mente. 
    En este momento, estas interrogantes carcomen mi cerebro. Una pregunta más se suma a mis muchas dudas ¿Cuál es mi lugar en el universo? ¿En qué lugar del rompecabezas debo insertar mi existencia? ¿Quién puede responderme? Ahora el silencio me rodea, pero no estoy solo, hay más gente a mi alrededor; todos con las mismas preguntas y en medio de nuestras dudas, está Cristo reposando en el sagrario.

    Alguna vez he escuchado la historia de un tal san Agustín, él también experimentó las mismas dudas que yo, intentó resolverlas, cayó en una secta. Al final sus interrogantes fueron aclarándose con la lectura de la Biblia y de la mano de Cristo. Es decir de la mano del mismo Dios. Ese Dios que ahora está entre nosotros, que desde el sagrario tiende su mano y me invita a que con él vaya desentrañando el gran misterio de mi vida. Entonces mi pregunta ya no es ¿Qué haré de mi vida? sino Dios mío ¿Qué deseas que hagamos Tú y yo con mi vida?

    Señor, estoy frente al sagrario, ayúdame a encontrar el sentido y finalidad de mi vida, guíame por tus caminos, conduce mi vida para hacerme encontrar mi lugar en el universo.


    ORACIÓN

    Señor, Tú que has creado el cielo, que mueves las estrellas y nos has regalado la vida. A ti que eres infinitamente sabio te pedimos, que durante esta hora acompañes y guíes nuestras reflexiones. Llénanos de tu Espíritu Santo para descubrir poco a poco nuestro lugar en el cosmos. Para que tu plan vaya tomando forma en nuestra existencia. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén


    TESTIMONIO de un misionero en China: el padre Mariano Alegría:

    “Aquí donde los misioneros son pocos y los cristianos se encuentran tan desparramados, es común costumbre entre éstos acudir en las grandes festividades del año, Pascua, fiesta patronal de la misión y Asunción de la santísima Virgen, a la residencia del Padre misionero a fin de solemnizar dichas fiestas y saludar al padre. Durante el año, el misionero solamente puede visitar los lugares donde hay cristianos; una, dos o cuando más cuatro veces. Nuestro territorio, gracias a Dios, no se encuentra en tan triste situación, por ser bastante pequeño y ser muy pocos cristianos.

    Sin embargo, para celebrar la fiesta del nacimiento del Hijo de Dios en esta nuestra residencia, algunos cristianos se veían en la necesidad de andar una distancia de veinte kilómetros, molestia que nosotros fácilmente podíamos evitarles, si uno de los padres que actualmente residimos en Chengliku, marchaba a celebrar el santo sacrificio de la misa a un pueblo, distante once kilómetros y medio.
    Nos determinamos a celebrar la fiesta en ambos lugares, y con anticipación avisamos a los cristianos de Yang- Pu- Low, este es el nombre de dicho pueblo, encargándoles a la vez notificaran a los cristianos de los pueblos vecinos. El día 24 de diciembre, terminada la comida a la hora acostumbrada, púseme al momento a preparar todo cuanto necesitaba: ropa de cama, la maleta con lo indispensable para celebrar el santo sacrificio y el maletín.

    Una vez dispuesto todo, llamé al sirviente encargándole que alquilara un carrillo, y a los diez minutos me puse en camino. La tarde estaba tranquila, y bastante templada.

    Ya me había alejado de la residencia cinco kilómetros, y aunque no me sentía con cansacio, ni la distancia que me separaba de Yang-Pu- Low era mucha, quise, sin embargo, montarme en el carrillo, y mandé al chino que lo conducía detenerse. Monteme cómodamente; pero fue tan mala mi suerte que al querer el chino ponerse en marcha, me enseña riendo la cuerda que empleaba, rota e inservible. Una vez arreglado, intentó por segunda vez probar si podía con todo el peso; pero se repitió lo antes sucedido; así que, tuve que bajarme del carrillo con satisfacción del chino, y conformarme a continuar el camino como lo había recorrido hasta entonces… ” 


    REFLEXIÓN


    CANTO


    SÍMBOLOS


    Vasija de barro: Ante nuestros ojos esta cierta cantidad de arcilla, pero no es cúmulo de barro sin más. Está trabajada, modelada… Nuestra vida es como un montoncito de arcillla que día a día y poco a poco, va tomando una forma y a nuestro lado está el Artesano más sabio. Dejemos que ese grande y amoroso alfarero nos revele la forma más bella para nosotros.

    Planta: Esta planta algún día fue una minúscula semilla. El agua, la tierra y el sol contribuyeron a su crecimiento. Pero quien verdaderamente la ha hecho crecer es el que hizo el cielo, la tierra y el agua: Dios. Dejemos que Dios también nos ayude a crecer humana y espiritualmente.

    Vela: Esta vela era cera en un panal. El esfuerzo humano y su ser maleable, la han convertido en lo que ahora es: una fuente de luz y calor. Como cristianos debemos esforzarnos y ser maleables para poder ser luz del mundo. 


    TEXTOS BÍBLICOS (moniciones)

    Mc 10, 1-21
    Dejar lo que se tiene para seguir a Cristo es una condición básica cristiana. Con las riquezas adheridas a nuestro corazón es imposible optar por una vida de entrega generosa a los demás. Las riquezas son un obstáculo insuperable en orden a la salvación. 

    Mt 9, 36-38; 10, 1-4
    La Iglesia y el mundo necesitan el testimonio de hombres y mujeres cristianos que quieran ser signos visibles en un mundo, en donde la falta de sensibilidad por el mensaje cristiano corre a pasos agigantados. El Señor nos llama a cada uno por nuestro nombre y nos invita a ser pastores de un rebaño abandonado y extenuado. 


    REFLEXIÓN


    PRECES


    Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Elevemos confiadamente nuestras súplicas a Dios Padre guiados por la palabra de Jesús, para que envíe sobre nosotros su Espíritu que nos hace servidores de los hermanos.

    Para que el Papa, los obispos y toda la Iglesia realicen su misión evangelizadora en medio del mundo, roguemos al Señor.

    Para que la Iglesia anuncie con valentía la Palabra de Dios en toda situación, por difícil que sea, roguemos al Señor.

    Para que los laicos cristianos sean fermento de la fuerza evangélica en medio del mundo, roguemos al Señor.

    Para que Dios Padre, dueño de la mies, envíe abundantes vocaciones a su Iglesia para el servicio pastoral de sus hermanos, roguemos al Señor.

    Para que siempre haya corazones jóvenes, dispuestos a seguir la llamada de Dios y a entregarse generosamente para el bien de los hombres, roguemos al Señor.

    Para que las familias cristianas sean testigos del Evangelio y fomenten la vocación religiosa y sacerdotal, roguemos al Señor.

    Ponemos ante ti, Señor, nuestras súplicas por las necesidades del mundo y tu Iglesia. Atiéndenos, por tu inmensa bondad de Padre. Haznos servidores fieles de tu pueblo y atentos a las necesidades de nuestros hermanos. Te lo pedimos en el nombre y por la mediación de tu Hijo Jesucristo.


    TEXTO CONCILIAR

    Para finalizar este encuentro con Cristo Sacramentado, meditaremos sobre un texto del Concilio Vaticano II. (LG 32)

    “La Iglesia santa, por voluntad divina, está ordenada y se rige con admirable variedad. "Pues a la manera que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros y todos los miembros no tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros" (Rom., 12,4-5).
    El pueblo elegido de Dios es uno: "Un Señor, una fe, un bautismo" (Ef., 4,5); común la dignidad de los miembros por su regeneración en Cristo, gracia común de hijos, común vocación a la perfección, una salvación, una esperanza y una indivisa caridad. Ante Cristo y ante la Iglesia no existe desigualdad alguna en razón de estirpe o nacimiento, condición social o sexo, porque "no hay judío ni griego, no hay siervo ni libre, no hay varón ni mujer. Pues todos vosotros sois "uno" en Cristo Jesús" (Gal., 3,28; cf. Col., 3,11).

    Aunque no todos en la Iglesia marchan por el mismo camino, sin embargo, todos están llamados a la santidad y han alcanzado la misma fe por la justicia de Dios (cf. 2Pe., 1,1). Y si es cierto que algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos para los demás como doctores, dispensadores de los misterios y pastores, sin embargo, se da una verdadera igualdad entre todos en lo referente a la dignidad y a la acción común de todos los fieles para la edificación del Cuerpo de Cristo”.


    ORACIÓN FINAL

    Oh Dios, que quisiste dar pastores a tu pueblo, derrama sobre tu Iglesia el espíritu de piedad y fortaleza, que suscite dignos ministros de tu altar y los haga testigos valientes y humildes de tu Evangelio. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


    CANTO FINAL

    Promesas del Sagrado Corazón de Jesús

    Santa Margarita María de Alacoque nace en 1647 en Verosvres, Borgoña, Francia. La niña, de apenas ocho años, permanece dos años con las Religiosas Clarisas de Charolles, donde experimenta que en ella germina la vocación religiosa. En 1671, después de graves enfermedades, a la edad de 24 años ingresa al Monasterio de la Visitación de Santa María de Paray-le-Monial, en la Orden fundada en 1610 por San Francisco de Sales y Santa Juana Francisca Fremiot de Chantal, donde morirá en 1690 con gran fama de santidad. Nuestro Señor Jesucristo la eligió para sus Apariciones entre 1673 y 1688, en las que le mostrará su Corazón ardiente de amor por la Humanidad pecadora. Es beatificada por el Papa Beato Pío IX en 1864, y canonizada por el Papa Benedicto XV el13 de mayo de 1920.  

    LAS 12 PROMESAS
    De ahí las famosísimas 12 Promesas del Sagrado Corazón a sus devotos adoradores:
                 A las almas consagradas a mi Corazón les daré las gracias necesarias para su estado.
                 Daré paz a sus familias.
                 Las consolaré en todas sus aflicciones.
                 Seré su amparo y refugio seguro durante la vida, principalmente en la hora de la muerte.
                 Derramaré bendiciones abundantes sobre sus empresas.
                 Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia.
                 Las almas tibias se harán fervorosas.
                 Las almas fervorosas se elevarán rápidamente a gran perfección.
                 Bendeciré las casas en las que la imagen de mi Corazón se exponga y sea honrada.
                10ª Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones empedernidos.
                11ª Las personas que propaguen esta devoción tendrán escrito su nombre en mi Corazón y jamás será borrado de él.
                12ª A todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes continuos, el amor omnipotente de mi Corazón les concederá la gracia de la  perseverancia final… a los que me tributen gloria, amor y reparación, prometo un especial auxilio durante su vida pero principalmente a la hora de su muerte.

    LA PASIÓN POR DIOS, ALMA DE LA VIDA RELIGIOSA

    La pasión por Dios es el alma de la vida consagrada. Buscar a Dios y encontrarlo es tarea de toda la vida. Somos buscadores y exploradores del misterio de Dios. Siempre aprendices y nunca “expertos” en Dios.
    Lucía Weiler

    INTRODUCCIÓN 
    Toda persona lleva en sí el misterio y ese misterio es mayor que ella misma. En el origen de la palabra misterio está la palabra mística, pasión por la vida en su sentido más pleno. Y, a su vez, en el origen de ese misterio está un ser al que nos atrevemos a llamar Dios-con-nosotros porque así es como lo hemos experimentado en la historia. Es un Dios que se revela a través de muchos rostros y que nosotros expresamos mediante imágenes. Preguntarse por las imágenes de Dios no es exactamente lo mismo que atreverse a imaginar a Dios. Pero en su etimología está la misma raíz imaginar (=imagen). Y la fuerza de la forma verbal “imaginar” es in-mensamente mayor y más creativa que la forma sustantiva “imagen”, que suena mucho más estática y acabada. De hecho “imaginar” es una de las condiciones indispensables, muchas ve-ces olvidada en el mundo moderno, para captar el lenguaje del “misterio” y entrar en una espiritualidad dinámica a la búsqueda de Dios. En la Biblia encontramos las huellas de una incansable búsqueda de Dios, que se expresa a través de imágenes como viento, fuego, padre, madre, pastor, rey, etc. También encontramos la prohibición de hacer imágenes físicas de Dios. De hecho, sólo el ser humano, hombre y mujer, ha sido creado a “imagen y semejanza de Dios” (Gn 1,26-27). Por tanto, las imágenes de Dios han de ser constantemente deconstruidas y reconstruidas. Porque no son imágenes estáticas como los ídolos hechos por la mano, los pensamientos o los deseos humanos (cf. Sal 115).
    En la experiencia bíblica Dios se presenta como un ser vivo y verdadero (1Te 1 ,9), un Dios del camino, que acompaña a su pueblo, como nos relata el libro del Éxodo. Entra de un modo sorprendente en la vida del pueblo, como entró en la vida y en la historia de Elías, a través de una brisa suave (1Re 19, 9-18). A partir de esa experiencia de Dios, como la de Moisés en la zarza ardiente (Ex 3) renace la esperanza y la fuerza para la misión. El culmen de la revelación de Dios es el Hijo encarnado en la realidad humana. Él es la imagen, el primogénito de toda criatura. A partir de ahí podemos decir que la “pasión por Dios es también pasión por la humanidad”.
    Iniciaremos esta breve reflexión situando la pregunta por los rasgos del rostro de Dios y la incansable, apasionada, búsqueda de Dios en relación estrecha con la visión del mundo y de la persona humana, apoyándonos en algunos autores y autoras que han reflexionado y escrito sobre el tema. Concluiremos apuntando a algunas imágenes bíblicas y especialmente a la búsqueda incansable y apasionada de María Magdalena.
    Esperamos colaborar así a una relectura del itinerario espiritual de nuestra vida consagrada religiosa, en la búsqueda incansable del Dios que nos llama, atrae, seduce y conquista porque es un Dios apasionado por nosotros. Así, al afirmar que la pasión por Dios es el alma de la vida religiosa consagrada, recordamos, ante todo, que nuestro Dios es un Dios apasionado por la vida y no un Dios frío e indiferente con sus criaturas.
    ¿UN ROSTRO PARA DIOS?
    La pregunta por los múltiples rostros de Dios es, ante todo, una pregunta por la experiencia de Dios. Nos lleva también a la pregunta por las imágenes de Dios. Esta cuestión es por una parte sencilla pero por otra es extremadamente compleja. Sencilla porque la encontramos por todas partes cuando la contemplamos en su ex-presión en las manifestaciones y rituales religiosos como, por ejemplo, la música y las canciones populares. Pero al mismo tiempo es muy compleja porque la pregunta por el rostro
    o las imágenes de Dios está presente en todas las dimensiones de la persona humana, desde la existencial y personal hasta la religiosa y social. Suscita, por ejemplo, cuestiones histórico-culturales, de género y étnicas; el agotamiento de un humanismo antropocéntrico y muchos otros desafíos. Pannenberg en 1964, en plena época conciliar, introdujo su conferencia titulada Una pregunta sobre Dios con la siguiente afirmación:
    “Aquel que hoy en día se propone hablar de Dios ya no puede contar con el presupuesto de una comprensión inmediata de lo que es. No a menos que se refiera al Dios vivo de la Biblia, como realidad que determina todo, como el creador del mundo. El discurso sobre el Dios vivo, creador del mundo, está amenazado de convertirse hoy, incluso en boca del cristiano, en un vocabulario vacío”1.
    Otros autores más modernos, como por ejemplo Andrés Torres Queiruga, hacen una afirmación semejante e incluso más contundente. En una conferencia publicada posterior-mente en un folleto con el título Un Dios para hoy2, Queiruga llamaba la atención sobre la necesidad de renovar la pregunta por Dios en cada época histórica porque hay una interconexión entre la forma de entender a Dios y la de entender el mundo: “Dime cómo es tu Dios y te diré cómo es tu visión del mundo; dime cómo es tu visión del mundo y te diré cómo es tu Dios”3.
    Sin embargo, esa pregunta es ya en sí misma un dilema. Nuestra visión actual de Dios está marcada desde su raíz por las experiencias y conceptos de un mundo que ha dejado de ser el nuestro. En otras palabras: ¿cómo y por qué hablar de Dios a un mundo que ya no siente su necesidad? De hecho, la búsqueda de Dios no es tanto un asunto científico sino una cuestión del corazón. Como decía Agustín: “Nuestro corazón está inquieto hasta que repose en Dios”, que es lo mismo que experimenta el salmista (Sal 131/130).
    BÚSQUEDA INQUIETA Y APASIONADA DE DIOS
    En el itinerario espiritual que seguimos, encontramos a personas como Dorothee Sölle que en 1992 publicó una de sus preciosas perlas literarias titulada Debe haber algo más. Reflexiones sobre Dios. Sus consideraciones sobre la búsqueda de Dios parten de la experiencia cotidiana en el contacto con personas que viven en un mundo totalmente secularizado, como un taxista. Después de intentar de muchas maneras el diálogo, Dorothee deja el taxi y se pregunta a sí misma: “¿Por qué no conseguí compartir mi fe con esa persona? ¿Será que es imposible hablar de Dios en el mundo de hoy? ¿Será que no hay un lenguaje a la vez comprensible y capaz de comunicar sobre el miste-rio más íntimo de la realidad humana?”4. Para Dorothee, Dios es el misterio más íntimo de la realidad. Aludiendo al maestro Eckhart, dice: “Si Dios es realmente Dios, entonces es lo más digno de ser comunicado”
    La autora llama la atención sobre una tensión básica, entre dos polos, que recorre hasta hoy la tradición cristiana y que se refiere a la capacidad humana de imaginar y a la propia fuerza de la imagen: la tensión entre la veneración de las imágenes y su prohibición.
    En la vida ordinaria encuentra personas cuyas imágenes de Dios oscilan entre dos extremos: el Dios todopoderoso y el Dios frágil e impotente. Y la pregunta que ella se hace en ese momento es: ¿De qué Dios estamos hablando realmente? Basando sus reflexiones sobre Dios en el lenguaje de las mujeres, de los que sufren la injusticia y de los excluidos, concluye que “solamente podemos hablar de Dios si hablamos con Dios”.
    Pero incluso así la pregunta sigue ahí: ¿De qué Dios estamos hablando realmente? Dorothee continúa haciéndose preguntas: “¿Necesitamos decir que Dios es todopoderoso y que nosotros somos impotentes? [...] ¿Será que sólo tiene sentido hablar de Dios cuando se le atribuye algún poder?”. Como dice una canción latino-americana: “Un día la tierra pertenecerá a todas las personas y las personas serán libres, como Tú, Dios, lo quisiste desde el principio”.
    Dorothee Sölle comenta:
    “Esta canción habla de Dios y sobre Dios. Nos libera del ídolo destino, cuyo poder hace que todo suceda como estaba previsto. Nos alía con un Dios que no es el todopoderoso vencedor sino que está al lado de los pobres y abandonados. Un Dios que todavía está oculto en el mundo y que quiere hacerse visible”5.
    La autora nos recuerda todavía la necesidad que tenemos hoy de entender el poder de Dios en relación directa con su amor. De hecho, el poder de Dios es su capacidad de amar o su in-capacidad para no-amar. El amor concreto de Dios se expresa en su capacidad para compartir el poder, en la gratuidad. Nuestro mundo es demasiado frío para vivir en él sin el manto del amor de Dios. La gracia nos da calor y al mismo tiempo nos capacita para participar en la confección de un manto para la humanidad hecho de amor de Dios. Dios está apasionado por nosotros y nuestra búsqueda de Dios debe ser inquieta y apasionada.
    ¿QUÉ ROSTRO TIENE EL DIOS EN EL QUE CREO Y CON EL QUE ME COMUNICO Y RELACIONO?
    Una reflexión muy importante en esta búsqueda de pistas que nos permitan entender los rasgos del rostro humano y apasionado de Dios en toda su complejidad y sencillez es la de Juan Arias. Una de sus obras más leídas es Un Dios para el 2000: contra el miedo y a favor de la felicidad. El prólogo, escrito por Leonardo Boff, se titula: “El Dios de la intimidad del universo y del ser humano.”
    Se abre así ante nosotros un nuevo horizonte, que no está sólo condicionado por las circunstancias históricas ni por las influencias locales o existenciales. Está también condicionado por el panorama de la cultura mundial. Más allá de la vuelta de la dimensión mística o religiosa en sus más diversas manifestaciones, asistimos a la emergencia de una nueva civilización de carácter planetario, cósmico, que implica una nueva experiencia de Dios6.
    A semejanza de Dorothee Sölle, también Juan Arias comienza su reflexión a partir de un hecho cotidiano. Sucedió en un viaje en tren, volviendo de Asís. Había publicado un libro titulado El Dios en quien no creo. Y el “no” estaba destacado en letras rojas. Algunas señoras miraban con curiosidad y recelo un ejemplar que había quedado olvidado en uno de los asientos del tren. Una de las señoras se atrevió a preguntar: “Dígame, por favor, ¿es un libro a favor o en contra?” Eso sucedía justamente en 1968, en la época en que terminaba el Concilio. El autor, motivado por la apertura propiciada por el Concilio Vaticano II, había reunido cien imágenes negativas de Dios. Incluso quien diese crédito a esas imágenes se vería obligado a rechazarlas para ser fiel a su propia conciencia7: “Es más fácil decir el Dios en el que no se cree que el Dios en el que se cree”. Siempre fue así a lo largo de la historia.
    UN DIOS PARA HOY
    Incluso llamando la atención sobre el tono pretencioso del título, Queiruga afirma que no podemos escapar de la necesidad de repensar continuamente nuestras ideas sobre Dios y que hoy también debemos hacerlo8.
    Para Queiruga las grandes cuestiones, también las preguntas sobre Dios, tienen como punto de partida o, al menos, como contexto envolvente un “cambio de paradigma”. Aun-que el futuro ya esté llamando a la puerta del presente, todavía no podemos distinguir su perfil concreto:
    “La humanidad camina, en efecto, rumbo a nuevas configuraciones culturales, sociales, económicas, políticas y religiosas de una novedad tan radical que rompe todos los esquemas del presente. Y lo hace, además, no en el seno de una transformación lineal y pacífica sino en el torbellino de una situación trágicamente conflictiva, azotada –hasta la sangre y la muerte de millones de seres– por los que Adam Schaff ha llamado los nuevos jinetes del Apocalipsis: el paro estructural, el deterioro ecológico, la amenaza de la ‘bomba demográfica’ y el conflicto latente entre Norte y Sur”9.
    Podemos tener en cuenta otras realidades presentes en el panorama nada agradable de la actualidad con sus problemas, como los nacionalismos desgarrados entre sus justas aspiraciones y las tendencias totalitarias o el militarismo que persiste y convierte en armas el pan que no llega a las bocas hambrientas. Po-demos mirar también las contradicciones, los obstáculos crecientes y las barreras al nuevo protagonismo de las mujeres que, como con-ciencia irreversible, choca con resistencias aparentemente insuperables e inmutables. Y así podemos seguir poniendo nombre a la realidad que hoy nos toca vivir. La experiencia de Dios debe encontrar su rostro dentro de estas contradicciones de la realidad.
    Las religiones viven sus crisis internas y están expuestas a confrontaciones externas, tan extremas a veces que corren serio peligro de perder su patrimonio ético y sus valores fundamentales. Ninguna religión puede quedarse indiferente ni acomodarse sino que ella misma debe intentar cambiar con “discernimiento”. Todas las religiones “tienen que someterse a una auténtica ‘conversión’, revisando sus actitudes y repensando su herencia”10. Y aquí también se incluye la vida religiosa consagrada como estilo de vida particular.
    La vida religiosa está llamada a situarse en el espacio intermedio, con la misión de recoger las semillas de sus experiencias fundantes y lanzarlas con pasión a la realidad concreta que tiene ante sí, en la perspectiva de una respuesta desde la fe. Sin embargo, esa respuesta permanece siempre precaria y parcial. La vida religiosa está llamada a dar un nuevo significado a la fe en el mundo de hoy. No está llamada a cuestionar la verdad profunda de la experiencia cristiana sino a actualizarla y fundirla en una vivencia nueva y en instituciones renovadas: “Vino nuevo en odres nuevos”. Es una novedad que no niega la continuidad sino que da un nuevo significado y una nueva calidad al mensaje central del Evangelio para nuestro tiempo.
    Queiruga, hablando de los rasgos del rostro de Dios para nuestro tiempo presenta dos proposiciones en forma de pareado: “Dime cómo es tu visión de Dios y te diré cómo es tu visión del mundo; dime cómo es tu visión del mundo y te diré cómo es tu Dios”. Hay un acuerdo general en que teología y visión del mundo se influencian mutuamente. Pero también hay una estrecha relación e interacción entre antropología y teología: “dime qué Dios tienes y te diré qué hombre eres; dime qué hombre eres y te diré qué Dios tienes”. Y en el mismo párrafo: “Si ha cambiado la comprensión que los religiosos tienen de sí mismos, ha cambiado también su imagen de Dios. Éste es un tema que tiene repercusión esencial en la forma de vivir la vida consagrada”.
    Nuestra comprensión actual de Dios está marcada desde su raíz por las experiencias y los conceptos de un mundo que ya ha dejado de ser el nuestro11. Queiruga ve en la emergencia del paradigma de la modernidad uno de los cortes más profundos en la historia de la humanidad. El paradigma de la modernidad impone un cambio radical en la manera de entender las relaciones de Dios con el mundo.
    En la misma estela, la teóloga brasileña Maria Clara Bingemer en su libro Um rosto para Deus? señala la cuestión del pluralismo en el que se contextualiza nuestra búsqueda de Dios en la actualidad cuando afirma:
    “El pensamiento post-moderno, caracterizado por la de-construcción y por la relativización de todo el edificio conceptual, tan aparentemente sólido, de la modernidad, cuestiona también los intentos de nombrar el Absoluto inefable que los cristianos y otras tradiciones religiosas llaman Dios; considera todo discurso con pretensiones de universalidad y totalidad como reductor e inadecuado y desemboca en la indiferencia y el desencanto. Y, obrando así, abre para el pensamiento y el discurso cristiano una senda aparentemente nueva pero en realidad muy antigua que desemboca en el misterio y en el pluralidad, como confesión de la imposibilidad de pensar y de decir completamente el SER, cualquiera que sea su aspecto12.
    Para María Clara, en lugar de excluir a Dios el efecto es el de darle mayor lugar. Ya no es un modelo único, piramidal, totalitario y universal sino plural. Este es el desafío que hoy tenemos delante.
    AL DIOS DESCONOCIDO: LA INCESAN-TE BÚSQUEDA A TIENTAS DE DIOS
    En última instancia la pregunta sobre Dios siempre es y debe permanecer como pregunta y nunca llegará a convertirse en una respuesta racional13. Más que definir a Dios o formular ideas sobre Dios, nuestra tarea, siguiendo las huellas del teólogo moderno Pablo de Tarso, es ir en busca del “Dios desconocido” (Hch 17,23) y buscarlo aunque sea a tientas (cf. Hch 17,27-28).
    Incluso encarnado, Dios permanece “invisible”. Ahí está el sentido y el alcance del término “revelar” cuando se refiere al misterio, sobre todo al misterio de Dios. Mantiene la tensión entre desvelar, quitar el velo y, al mismo tiempo, esconder y ocultar.
    Existe una sana tensión dialéctica entre el Dios “invisible” que, paradójicamente, se encuentra con nosotros en su manifestación humana más próxima posible. En su “inmenso amor” trata con la persona humana como los amigos hablan entre ellos. Más allá de una amistad interpersonal, Dios invita y acoge a la persona humana con tanta intensidad que la ha-ce partícipe de su comunión.
    INSPIRÁNDONOS EN IMÁGENES BÍBLICAS
    Como en la vida, encontramos en la Biblia personajes que, a modo de iconos, nos inspiran y contagian su búsqueda apasionada de Dios. Una reflexión muy buena en esta línea, publicada hace ya más de diez años pero muy actual, es la de Dolores Aleixandre: Memoria viva del ‘Juego Pascual’. Mística y tareas de la Vida Religiosa hoy14.
    Según esta autora la esencia de la vida religiosa es el seguimiento de Jesucristo que implica en primer lugar una llamada gratuita por parte de Dios y un deseo personal y libre de seguirle y responder a esa llamada. Implica también una actitud de discernimiento para llegar a una opción radical, libre y consciente, que es la misma dinámica pascual: perder para ganar. Supone así una propuesta de felicidad en el espíritu de las bienaventuranzas, que se concreta en un estilo de vida específico dentro de la Iglesia y de la sociedad.
    En una época de tantas pérdidas y cambios, de tantas preguntas sobre el significado y el valor actual de la vida religiosa, nuestra verdadera identidad puede estar o germinar en ese dinamismo pascual. Se trata de ser hombres o mujeres que, en respuesta a una llamada, desean “pensar y sentir” como Dios mismo (hacer su voluntad) y que, por la causa de Jesús y del Evangelio del Reino de Dios, motivados por la alegría de encontrarlo, están dispuestos a abandonarlo todo para entrar en esa dinámica pascual, o sea en el riesgo de la fe pascual, de “perder para ganar”.
    La autora desarrolla su reflexión de una manera muy pedagógica a partir de tres ejes tomando como iconos y guías algunos personajes bíblicos femeninos: la mujer de la dracma perdida (Lc 15,8-9); la mujer del fermento, símbolo del Reino de Dios (Mt 13,33); la viuda pobre, cuando lo poco es todo y todo es nada (Mc 12,41-44); la mujer samaritana (Jn 4,1-42); la mujer del perfume (Mc 14,3-9); y la novia que con sus compañeras espera al novio con las lámparas encendidas (Mt 25,1-13).
    Para el tema que tratamos aquí encontramos en María Magdalena el verdadero icono inspirador de la búsqueda apasionada de Dios.
    MARÍA MAGDALENA: MUJER, DISCÍPULA Y APÓSTOL DE LOS APÓSTOLES
    María Magdalena, presente en los cuatro evangelios canónicos, es una figura extremadamente provocadora, controvertida y revolucionaria en su tiempo y en el nuestro. Acompaña el itinerario vital de Jesús de Nazaret como mujer apasionada, afectiva, luchadora, audaz, valiente y profética. Cuestiona las estructuras y echa abajo las barreras de la exclusión. Al releer las narraciones en que apare-ce, encontramos una mujer de grandes deseos, símbolo de la búsqueda apasionada del Dios de la Vida, que puede ser fuente de inspiración para la vida religiosa consagrada.
    María Magdalena es capaz de correr todos los riesgos, incluso de poner su propia vida en peligro, a causa de su opción por la vida y de su pasión por el Dios de la Vida. Encontramos aquí un paralelismo muy sugerente con la amada del Cantar de los Cantares que busca a su amado.

    Cantar 3,1-4 Jn 20,1-18
    En el lecho, por las noches, he buscado el amor de mi alma. Busquéle y no le hallé. Me levantaré, pues, y recorreré la ciudad. Por las calles y las plazas buscaré al amor de mi al-ma. Busquéle y no le hallé (vv. 1-2). El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro, cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro (v. 1).
    Los centinelas me encontraron, los que hacen la ronda en la ciudad: ¿Habéis visto al amor de mi alma? (v. 3). Dicho esto se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo me lo llevaré” (vv. 14-15).
    Apenas había los pasado, cuando encontré al amor de mi alma (v. 4a). Jesús le dice: “María.” Ella se vuelve y le dice en hebreo: “Rabbuní” –que quiere decir “Maestro”– (v. 16).
    Le aprehendí y no le soltaré hasta que le haya introducido en la casa mi madre, en la alcoba de la que me concibió (v. 4b). Dícele Jesús: “No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (v. 17). 
    A pesar de la impresionante simetría entre el Cantar de los Cantares y la narración que encontramos en el Evangelio de Juan, hay una diferencia fundamental, que se expresa en la nueva misión de María Magdalena15.La narración evangélica revela una profunda y personal relación de ternura y cariño, que la lleva a una búsqueda apasionada de aquel al que ama con un amor de amistad y que culmina en un compromiso mutuo. A semejanza de Rut y Noemí (cf. Rt 1,16-17) encontramos una fórmula de alianza: “Vete donde mis hermanos y diles: subo a mi padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.” (Jn 20,17)
    La escena del encuentro de María Magdalena con Jesús resucitado (Jn 20,11-18) reúne en una convergencia impresionante todos los criterios necesarios para un discipulado de iguales16.
    – Jesús la llama “mujer”. Y le pregunta: “¿A quién buscas?”, la misma pregunta que Jesús había hecho a los primeros discípulos (cf Jn 1,35).
    – La mujer anónima conoce o reconoce a Jesús en el momento en que él la llama por su nombre: “María”. Las ovejas conocen la voz de su Pastor que las llama por su nombre (cf Jn 10,3-4).
    – La respuesta de María a la llamada de Jesús es la de una auténtica discípula: “Rabbuní” “Maestro”.
    – Al final María recibe una misión y es en-viada por el resucitado: “Vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.” (Jn 20,17).
    – Como mensajera y portadora de la Buena Nueva, María Magdalena realiza su misión: “Fue y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras” (Jn 20,18).
    La progresión narrativa de la escena: llamada-respuesta, envío-anuncio de la Buena Nueva, confirma a María Magdalena en la condición de auténtica discípula de Jesús. Ahora, llamada y enviada por el resucitado, puede volverse a los discípulos y anunciarles la Vida, convirtiéndose así en “apóstol de apóstoles.”
    Según la teóloga Elizabeth S. Fiorenza, María Magdalena recibe ese título por dos motivos:
    1) porque reconoce la tumba vacía y va a llamar a los apóstoles;
    2) porque es la primera testigo de la Resurrección y va a anunciar a los apóstoles, a los hermanos que ha visto al Señor, al Maestro y que está vivo17.
    Ojalá esta experiencia de María Magdalena y de tantas otras mujeres, otras Marías, inspiren y fortalezcan nuestro caminar con el resucitado. Que despierten nuestras Utopías en la búsqueda de la construcción de un mundo nuevo, marcado por la lógica gratuita del Amor, animado por el sueño de la Esperanza, sustentado por una Fe inquebrantable.
    No se trata de un simple volverse geográfico sino de una auténtica transformación. “Volverse” significa metanoia, es decir, entrar en una dinámica permanente de conversión. La vida religiosa está necesitada de una verdadera transformación ante los nuevos signos de los tiempos en orden a reencontrar su mística, la pasión del “primer amor”.
    Dorothee Sölle en su inquieta búsqueda de Dios decía que antes de hablar sobre Dios es preciso hablar con Dios. Por eso terminamos con una propuesta de lectura orante:
    LECTURA ORANTE: JN 20,1-18
    Leer el texto atento a los pasos de María Magdalena en su búsqueda: para encontrar a Jesús... para encontrar y llamar a los apóstoles... para anunciar que ha visto al resucitado...
    -Meditar: hay tres maneras de llegar y salir de la tumba donde enterraron a Jesús: a) la de Pedro, b) la del discípulo amado, y c) la de María Magdalena.
    ¿A qué lugares (tumbas, jardines) hemos de ir en este momento en la vida religiosa? ¿Con qué actitud?
    ¿Cómo se produce el encuentro de María Magdalena con Jesús?
    Jesús la llama por su nombre y María lo reconoce. ¿Dónde, cómo y en quién me/nos reconocemos hoy? ¿Con el Jesús que sufre, con el muerto o con el resucitado?
    ¿Cómo nos inspira y anima la experiencia de María Magdalena a religiosos y religiosas a comprometernos más con la vida y con la misión, creciendo en un discipulado misionero de iguales?
    -Oración: permanecer con María Magdalena y Jesús trayendo al presente mis/nuestras experiencias de búsquedas inquietas y apasionadas de Dios.
    Salmo 118 (117): “Vivo para contar las obras del Señor” (v. 17).
    - Contemplación: María Magdalena es testigo y anuncio de la Resurrección: “Yo vi al Señor. Está vivo” (cf Jn 20,18). ¿A quién soy/somos enviados a anunciar esta Buena Noticia?
    - Recrear el texto con imaginación creativa. El texto termina de una manera abierta: “Fue y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras” (Jn 20,18). El texto no dice lo que Jesús dijo a María Magdalena y que ella luego anunció a los discípulos. Ese final abierto permite que usemos nuestra imaginación creativa y que la mezclemos con nuestra propia experiencia.
    Se podría completar poniendo en boca de María Magdalena lo que diría a partir del encuentro con Jesucristo Vivo: ¿Qué diría entonces a los discípulos? ¿Qué nos diría a nosotros hoy? ¿Qué debería decir yo a las personas con las que me encuentro en mi vida cotidiana de misión? n
    (Traducción: Fernando Torres Pérez, cmf)

    1 W. Pannenberg, A pergunta sobre Deus. Río de Janeiro, Novo Século 2002, p. 5.
    2 Cf. A. Torres Queiruga, Un Dios para hoy, Maliaño,
    Sal Terrae 1997. 3 Idem, p. 8. 4 D. Sölle, Deve haver algo mais; reflexões sobre Deus,
    Vozes, Petrópolis 1999, p. 9 (traducción en español: Reflexiones sobre Dios, Herder, Barcelona 1996, 153 pp.).
    5 Idem, pp. 7-16.
    6 Leonardo Boff ha escrito sobre la obra de Juan Arias que “plantea la irrupción de Dios en el marco de un nuevo paradigma emergente, holística, ecológico, in-tegrador de lo femenino y masculino, de lo humano y lo cósmico, de lo material y lo espiritual” (J. Arias, Um Deus para 2000: contra o medo e a favor da felicidade, Vozes, Petrópolis 1999, p. 9; edición en es-pañol: Un Dios para el 2000: contra el miedo y a favor de la felicidad, Desclée de Brouwer, Bilbao 1998, 221 pp.).
    7 Cf. Idem, pp. 13-14.
    8 A. Torres Queiruga, o.c.
    9 Idem, p. 5.
    10 Idem, p. 6.
    11A. Torres Queiruga se inspira ciertamente en autores clásicos, como Pannenberg, aunque no los cite. Véase por ejemplo W. Pannenberg, o.c.
    12 M. C. Bingemer, Um rosto para Deus?, Paulus, São Paulo 2005, p. 21.
    13 Cf. W. Pannenberg, o.c., pp. 19-21
    14 En la revista de la UISG, 1998, nº 108, p. 36-55.
    15 Se puede establecer otro paralelismo entre Agar y María Magdalena (cf. Gn 21,14-21).
    16 Cf. L. Weiler, A mulher no Novo Testamento en “Renovação” 24(1990) Porto Alegre, pp. 2-6.
    17 Cf. E. S. Fiorenza, In Memory of Her: a feminist theological reconstruction of Christian origins, Cross-road, Nueva York 1984, p. 333; cf. A. M. Tepedino, As discípulas de Jesús, Vozes, Petrópolis 1990, p. 106.

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