En la vida comunitaria,

« La energía del Espíritu que hay en uno pasa a todos... no solamente se disfruta del propio don, sino se multiplica al hacer a los otros partícipes de él, y se goza del fruto de los dones del otro como si fuera del propio» VC 42

Que brille tu Rostro Señor

«Haced de vuestra vida una ferviente espera de Cristo, yendo a su encuentro como las vírgenes prudentes van al encuentro del Esposo. Estad siempre preparados, sed siempre fieles a Cristo.» PC, 5

Vida Fraterna en el amor

Que cada comunidad se muestre como signo luminoso de la nueva Jerusalén, morada de Dios con los hombres, VC, 45

Reflejo de la Trinidad

La vida consagrada se convierte, en una de las huellas, concretas que la Trinidad deja en la historia, para que los hombres puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina. VC, 20

Compromiso y Vigilancia

la primacía de Dios es plenitud de sentido y de alegría para la existencia humana, porque el hombre ha sido hecho para Dios y su corazón estará inquieto hasta que descanse en él. VC,27

El problema de la imagen de sí


Ya desde la antigüedad, ha tenido un valor fundamental la inscripción gnosti te autvn (nosce te ipsum), puesta por los siete sabios en el frontispicio del templo de Delfos, clásica en el pensamiento griego[1] y que recientemente la psicología ha retomado para enfatizar la importancia del conocimiento de sí.

Del amor a sí mismo brota el amor a los demás y a Dios. La relación con los demás tiende a mostrar y a reflejar la relación conmigo mismo. De esta forma la autoestima positiva es el requisito cardinal de una vida plena[2]. Porque, nadie puede dar lo que no tiene o no reconoce dentro de sí[3].

Uno de los principales factores que distingue al ser humano de los demás animales es la conciencia de sí mismo, la capacidad de establecer una identidad y de darle valor. Por eso, el problema de la autoestima deriva de la capacidad humana de juicio[4]. Filtramos la gran variedad de informaciones a las que somos sometidos en el contexto de las relaciones interpersonales siguiendo, a veces inconsciente, el criterio de referencia y de interés que los otros tienen de nosotros, y los organizamos al núcleo de nosotros mismos[5].

La autoestima puede ser considerada como una valoración positiva de sí, una sensación de aceptación de sí, de valer, de constatar una cierta bondad y capacidad de fondo, todo esto unido al conocimiento realista de los propios límites y dificultades que no desmienten tal valoración positiva[6]. La falta de claridad en el conocimiento objetivo de sí es uno de los problemas principales para una estima realista, el no conocerse adecuadamente provoca o una estima artificial o una no estima[7], que puede caracterizarse por una visión de inferioridad o de superioridad que impide a la persona tener una imagen realista de sus propias cualidades y defectos, generalmente es asociada con sentimientos de rechazo e indignidad personal que afecta gravemente la capacidad de apreciar el significado positivo de la vida.

Una persona que alberga una falsa imagen de sí, manifiesta una inseguridad unida a sentimientos de incapacidad e impotencia que repercuten en reacciones de ansiedad, duda y angustia en las actividades que emprende. Esta inseguridad repercute en una situación de descontrol general que se refleja en la dificultad de manejar las emociones, en las relaciones interpersonales de tipo conflictivo, en los hábitos indisciplinados de trabajo o de vida, o en la falta de habilidad para organizarse en las metas deseadas.

También puede repercutir en la incapacidad para manifestarse con libertad, en esta situación la persona no se atreve a manifestarse tal y como es, ni puede actuar o expresarse de manera congruente con lo que en realidad piensa y siente. Esta inseguridad le ocasiona una excesiva dependencia a los otros, incluso cuando debe tomar decisiones personales o cuando hay que realizar autónomamente diversas actividades[8].

Las personas con baja autoestima se quejan continuamente de su falta de realización personal y asocian esta queja a una sensación agobiante de estancamiento y esterilidad existencial. Este tipo de reacciones, así como la insatisfacción que experimentan, aún en medio de sus logros, les impide desarrollar sus áreas de auténtico potencial o realizar aquellas acciones que contribuirían a conferirle un verdadero significado a su vida.


[1] Cf. Pié-Ninot, S., (2002). Teología… Opus cit., 96.
[2] Cf. De Mezerville, G., (2003) Madurez Sacerdotal y religiosa. Un enfoque integrado entre Psicología y Magisterio Vol. I, Bogotá: CELAM, 186.
[3] Cf. Crea, G., (2007). Patología e speranza… Opus cit., 90.
[4] Cf. McKay M., Fanning, P., (1991). Autoestima; evaluación y mejora, Barcelona: Martínez Roca, 13.
[5] Crea G., (2007). Patología e speranza nella Vita Consagrata, formazione affettiva nelle comunitá religiose, Bologna: EDB, 93: «Somos sensibles cuando se trata de nosotros y mucho más distraídos y desmemoriados hacia informaciones que no tiene alguna referencia directa o indirecta con nosotros».
[6] Cf. Cucci, G., (2007). La forza della debolezza, Roma: AdP, 12.
[7] Cf. Cencini, A., Manenti A., (1994). Psicología… Opus cit., 171; De Mezerville, G., (2003). Madurez Sacerdotal… Opus cit., 195.
[8] Cf. De Mezerville, G., (2003). Madurez Sacerdotal… Opus cit., 198.

La inmadurez afectiva


La ausencia de amor o falta de afectividad en la vida del ser humano, sobre todo en los primeros años de vida, puede conducir a la persona a graves desequilibrios y profundas perturbaciones en la personalidad. Esa desarmonía penetra todo el comportamiento de la persona que eventualmente no es capaz de resolver el desequilibrio[1]. De hecho, se ha constatado que muchos inadaptados proceden de familias desunidas y carentes de afectividad. Incluso la neurosis de frustración, tiene sus raíces en las distorsiones de la relación amorosa afectiva.

Cuando el ser humano tiene la impresión de que no hay nadie en el mundo que lo aprecie, cae en la sensación de que el vacío absoluto invade su existencia.

Particularmente, la mujer siente cuando es acogida y amada, y su capacidad de responder generosamente al amor, representa una inagotable fuente de fuerza y de vida, que puede transformarse en sufrimiento, en rigidez y en depresión si su necesidad no recibe una respuesta adecuada o si es censurada y reprimida. Ésta es la raíz de los conflictos de base afectiva que a veces laceran el tejido del ánimo humano y que pueden llegar a manifestarse en neurosis[2].

A nivel psicológico y vocacional cuando la afectividad no ha sido integrada armónicamente en la totalidad de la persona; cuando se ha descuidado o reprimido, el individuo vive en un estado conflictivo y pueden surgir los siguientes casos: sentido de culpa patológico, inmadurez psico-afectiva, estados de inseguridad, de temor, de ansia, pulsiones incontrolables derivadas de la represión del instinto, libertad muy limitada debida a la presión de los mecanismos inconscientes, dependencia afectiva, falta de confianza en sí mismos, identidad personal confusa o negativa y complejos de inferioridad.

Las fuerzas de estos estados de ánimo alterados son difícilmente controlables, haciendo imposible una sana y constructiva integración en la totalidad de la persona, en modo de promover el proceso de madurez a nivel humano – espiritual y vocacional[3].

La continua frustración de las necesidades de relaciones amistosas genera fácilmente en la mujer un estado de tensión que altera su natural delicadeza y ternura, hasta comprometer la armonía interior y destruir los rasgos más preciosos de la feminidad[4]. La prolongada frustración de la necesidad de calor humano puede exasperar su ánimo hasta hacerle asumir actitudes de indiferencia y de dureza.

Otra causa del conflicto puede venir de las desilusiones sufridas en la infancia, que llevan a la mujer a negarse cualquier expresión de afecto para evitar otros posibles rechazos. La situación conflictiva, especialmente si continúa y se prolonga en el tiempo, confluye a veces en un cuadro patológico.

 En estos casos, el individuo además de consumir energías interiores, presenta una particular forma de neurosis, reconocible por una necesidad neurótica de recibir amor que presenta una intensidad superior a la de la persona normal. Frecuentemente esta necesidad se revela compulsiva (el individuo se siente obligado a satisfacerla y no precisamente en fuerza de administrarlo de forma equilibrada) e indiscriminada (puede implicar a cualquier persona, u orientarse sobre animales u objetos). La persona dominada de este tipo de necesidad es dispuesta a todo, incluso a graves renuncias y sacrificios por satisfacerlo.

Otra característica de la necesidad neurótica de amor es la insaciabilidad, que se manifiesta con crisis de celos, propia de estados de inseguridad, por lo que la mujer puede difícilmente aceptar que otras reciban atenciones. Además, crea la exigencia de un amor incondicionado, por lo que no acepta límites de tiempo en las demostraciones de afecto[5]. A veces, la inestabilidad afectiva se expresa en una exagerada avidez por la comida, en una necesidad irracional de excesivas comodidades, de privilegios, de domino sobre los otros, de diferentes placeres, beber, fumar, lecturas excitantes, autoerotismo, etc.

De frente al rechazo, verdadero o presunto a su solicitud de amor, la mujer neurótica reacciona con actitudes extremas como el odio, la calumnia, el recato, la venganza, la denigración, etc. El neurótico recurre a diferentes estratagemas, con tal de satisfacer la insaciable necesidad afectiva.

En estos casos, el individuo no es capaz de amar verdaderamente, aunque está convencido de lo contrario, piensa de saber amar, de donarse, sólo porque se priva de algo para dar. Ordinariamente estos gestos de generosidad no nacen de una disposición altruista, más bien son animados o de codicia de conquistar al otro, o del temor a ser abandonado, o porque es bloqueado de la inhibición que no permite desear a nivel consciente algo para sí, ni siquiera la felicidad[6].

Los celos hacia otras personas, son otra particular característica de la inmadurez afectiva, que lleva fácilmente a denigrar a los otros y a producir un estado de sufrimiento y de amargura en la misma persona celosa. Estos, generan la rivalidad, la lucha por ser igual o superior al otro. Son síntomas que revelan una emotividad exasperada y distorsionada, una inseguridad profunda, una imagen de sí negativa o inferior[7].

El desequilibrio en la afectividad puede manifestarse en una actitud contradictoria en el modo de relacionarse. En confronto con la comunidad pueden surgir antipatías, resentimientos, rechazos, gestos de intolerancia y hasta de odio. Es evidente que estas actitudes tienen una valencia moral y religiosa porque ofenden la caridad y turban el correcto andar de la comunidad.

Una afectividad inmadura es también capaz de generar conflictos y tensiones que nacen cuando el individuo se encuentra bajo el influjo de dos fuerzas diversas opuestas e incompatibles entre ellas. Este estado de ánimo da origen a tensiones que pueden desembocar en reacciones de agresividad, de fuga, de depresión, etc.

En la persona consagrada, el conflicto puede inducir a abandonar la vida religiosa, porque se siente inconciliable con el estado de confusión y de tensión. Las dudas y las preocupaciones más frecuentes son: la incapacidad de hacer algo justo, el temor de no ser fiel a las responsabilidades, la impresión de que la decisión de entrar en el convento no sea motivada en modo recto y válido, en fin, un sentido de indignidad al verse comprometidas en un estado, en el cual no se siente adapta, todo esto genera sentimientos de angustia e infelicidad.

Generalmente estos sentimientos nacen de fuertes tensiones interiores, de sentido de culpa y de inferioridad, sus raíces están en el inconsciente. El conflicto intrapsíquico da lugar a un camino tortuoso y accidentado en el proceso de madurez humana y espiritual. Se trata de personas problemáticas consigo mismas y con los otros, que dan pasos falsos y peligrosos, que se involucran en situaciones comprometedoras, que hacen exactamente lo contrario de lo que quieren hacer.

El dinamismo que mueve a estos individuos a meterse en situaciones problemáticas nace de una actitud interior extraña, producida del estado conflictivo, en base a la cual sienten contemporáneamente gusto o sufrimiento, creando mayores dificultades a sí y a los otros. Esto produce inestabilidad, estados de ánimo que cambian fácilmente y propósitos que pierden rápidamente eficacia.

Para finalizar este inciso podemos deducir que en la solución a estos problemas, la lógica de la afectividad debe ser integrada por el deseo racional que sigue criterios de universalidad y no contradicción. Los problemas sólo pueden resolverse plenamente a nivel de racionalidad, la cual no niega ni anula la afectividad, sino que la encuadra en un nivel que permite salir de las contradicciones de la afectividad, como las de amor - odio, venganza - ternura, etc., necesariamente presentes en toda relación afectiva, pero podrán ser adecuadamente controladas si están encuadradas en el contexto del sentido dado a la relación misma, porque permaneciendo en un plano emotivo, la relación permanece conflictiva e inestable[8].


[1] Cf. Van Kaam, A., (1972). Religione e personalità, Brescia: La Scuola, 208.
[2] Cf. Giordani, B., (1993). La donna nella vita… Opus cit., 391.
[3] Idem, 469.
[4] Ibidem, 392.
[5] Cf. Horney, K., (1973). Psicología femminile, Roma: Armando, 282.
[6] Cf. Idem, 290.
[7] Cf. Giordani, B., (1993). La donna nella vita… Opus cit., 470.
[8] Cf. Cencini, A., Manenti A., (1994). Psicología… Opus cit., 61.

Situaciones problemáticas


La capacidad e inclinación a ir más allá de sí mismos, de tender hacia los valores centrales y, en definitiva a Dios, es una inclinación que favorece la cooperación a la llamada divina, sin embargo, los límites inherentes a la persona pueden obstaculizar la libertad de frente a esta colaboración[1].

La persona es llamada a la madurez y a la integración de su potencial psico-afectivo y espiritual. Pero la estructura compleja de su ser y su contrastante situación en el mundo constituyen una fuente de conflictos, tensiones, frustraciones que pueden generar crisis en su existencia. La serie de emociones y motivaciones, la mayor o menor resistencia del cuerpo a ciertas finalidades de la existencia y la desproporción entre las íntimas aspiraciones del hombre y las realidades a las que se confronta, pueden comprometer su armonía y su misma seguridad creando desilusiones y debilidad de ánimo[2]. Si estas tensiones se intensifican y perduran en el tiempo pueden llegar a provocar incluso tendencias neuróticas, de donde deriva la irritación interna y la agresividad externa.

Estas realidades problemáticas, a veces inevitables, deben ser conocidas y aceptadas para descubrir su aspecto positivo. Puesto que las diferentes dificultades, si son bien acogidas y superadas, mantienen despiertos e impiden detenerse en el camino hacia la perfección. Como escribía Adler: «El talento no puede alcanzar su plenitud sin la contribución de frustraciones y traumas psíquicos»[3].

Por otra parte, la situación humana en el mundo es fuente de conflictos interpersonales: la problemática familiar, la presión social, la sed de dominio, de poder, el desarrollo económico indiscriminado y la conciencia moral, las exigencias externas y los intereses profesionales, el conflicto generacional y las exigencias del trabajo, etc., ponen a la persona ante situaciones difíciles.

El origen de estos conflictos aunque puede ser variado y diverso, tienen ante todo una raíz intrasubjetiva, como lo expresa el Concilio Vaticano II, en la Constitución Gaudium et spes:

«Los desequilibrios que sufre el mundo contemporáneo están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que tiene sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el interior del hombre [...]. El hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído por muchas solicitaciones, que tiene que elegir y que renunciar»[4].

Por una parte, los hombres somos por naturaleza seres finitos, capaces de actos humanos a través del uso de la voluntad, de la razón y de elecciones iluminadas, de dirigirse hacia un objeto deseado, en el caso de un cristiano, hacia la meta final, la transformación en Cristo, para una total respuesta a la gracia. Por otro lado, la naturaleza de nuestro ser es tal, por lo que somos parcialmente no libres, es decir, podemos elegir y, elegimos pero en base a nuestras necesidades humanas y no según nuestros ideales; elegimos objetos, valores y fines que están en desacuerdo con nuestro ser personas ordenadas, criaturas de Dios, en relación con Él[5].

Cada uno vivimos esta dialéctica entre deseo y realización, entre el infinito y el límite[6], entre el ideal y el actual, entre las necesidades humanas y los diversos tipos de valores; entre los valores humanos dirigidos a la realización personal y los valores teocéntricos cuya meta es la trascendencia de sí; entre las necesidades humanas y las necesidades de sobrenatural y de trascendencia. Sin embargo, «estas inconsistencias son parte del proceso de crecimiento, y a ellas de debe poner atención para afrontarlas en modo adecuado»[7].

Estas experiencias típicamente humanas, nos animan a considerar en este apartado tres problemáticas de la persona humana: la inmadurez afectiva, el problema de la imagen de sí y los mecanismos de defensa, problemáticas que frecuentemente se presentan en los consagrados


[1] Cf. Healy, T., (1997). La sfida dell autotrascendenza… Opus cit., 98.
[2] Cf. Goya, B., (2001). Vita Spirituale… Opus cit., 173.
[3] Adler, A., (1948). Le temperament nerveux, Paris: Payot, 49.
[4] GS, 10.
[5] Cf. GS, 10; Ridick, J., (1983). I voti, un tesoro in vasi d’argilla, Roma: Piemme, IX.
[6] Cf. Manenti, A., (1996). Vivere gli ideali, fra paura e desiderio 1, Bologna: EDB, 65.
[7] Ridick, J., Dyrud, J., (1997). Training… Opus cit., 252-253.

La vida afectiva

Una dimensión fundamental del hombre es la afectividad, su capacidad de percibir sensaciones, sentimientos y emociones[1], constituye un esencial sector en la interpretación del crecimiento y del adecuado funcionamiento de la personalidad. Esta dimensión confiere una tonalidad que da color a cada expresión de la vida humana[2], da energía a cada conducta y permite al individuo de actuar[3], es como un combustible por el que el organismo puede funcionar.

De esta manera, el estado afectivo mueve la psique, dando lugar a lo que comúnmente se indica con el término humor, que va de la alegría a la tristeza, en ella nacen y se desarrollan las relaciones de armonía o desacuerdo que nos hacen vibrar de acuerdo con el universo de las personas y de las cosas provocando estados de bienestar, de euforia, o al contrario, estados de malestar, de depresión que consienten el diálogo con los otros u obliga a encerrarse en sí mismos[4]; «es la fuente de aquellas razones que la razón no conoce»[5], según el dicho de Pascal. Los estados afectivos son precisamente esta resonancia que la gratificación o la frustración de las necesidades y de los valores generan en todo el organismo[6]. Por eso se busca con constancia las condiciones agradables y se evaden las desagradables y dolorosas.

En otras palabras, la afectividad es un germen constante de vibraciones que vitalizan e intensifican las reacciones sensibles y mantienen la persona atenta a sí misma y a sus urgencias sociales, convirtiéndose de esta manera, en una energía de extraordinaria eficacia sobre la psique humana, en una potencia natural del individuo que estimula la realización de la propia misión[7].

La expresión «vida afectiva» cubre una vasta gama de fenómenos, diversos por origen, por duración y por intensidad. Tiene sus raíces en las estructuras y en los mecanismos biológicos o psíquicos y se alimenta de contenidos que se encuentran a nivel consciente o inconsciente[8]. Los principales son: el humor, los sentimientos, las emociones, las sensaciones y las pulsiones que impregnan a la persona en todas sus relaciones en base al propio modo de ser[9]. Por eso, aunque la energía afectiva es única, adquiere una tonalidad diversa según el objeto y el fin que se busca. Es la misma energía afectiva que alimenta el amor erótico y el filial, el paterno, el fraterno, el amor a la ciencia y al arte, el amor a la humanidad, la amistad y también el amor hacia Dios[10].

A estos estados afectivos (humor, sentimientos, emociones y pulsiones) se conjuga una serie compleja de procesos y de reacciones fisiológicas[11]. Ciertas alteraciones de la digestión o disfunción visceral dependen de las relaciones interpersonales negativas o de la falta de satisfacción de las necesidades fundamentales y, viceversa, un desequilibrio funcional provoca estados de mal humor, de irritabilidad y de resistencia a la interioridad[12].

Aunque la afectividad no es un hecho espiritual, sino una corriente psíquica que da energía, desde el momento que el hombre es libre, esta afectividad se convertirá en amor, en la medida que no es sólo un dinamismo o un impulso que la mueve, sino algo que la lleva a dar libremente alguna cosa; es como un patrimonio[13].

Es por esto que, si la realidad absoluta y total de la existencia, el misterio de la vida es el amor, y si el hombre está hecho a imagen de Dios, evidentemente esta actividad tendrá un significado y una portada radical y fundamental para la vida humana. «La afectividad humana es aquella realidad primaria radical que entra como una corriente, que enciende, que da el gusto, el sentido a todos los aspectos, dimensiones y experiencias de la vida humana»[14].

- Proceso de desarrollo

Al inicio de la vida, la afectividad se expresa por las pulsiones y es vivida como una energía que empuja al niño a buscar gratificaciones correspondientes a las necesidades del momento, en esta fase no es dotada de modos establecidos y fijos para expresarse, más bien se presenta como una energía susceptible a ser orientada en diversas direcciones, por eso puede educarse[15].

El proceso de desarrollo hacia la madurez se caracteriza de la actitud que la persona asume ante sí misma, ante la realidad externa y ante los valores. Freud indica con el término «principio» los niveles de motivación que el individuo alcanza en el arco evolutivo:

1.     El principio de placer se desarrolla a nivel de motivación biológica y se manifiesta en una fuerza a querer lo que agrada y rechazar lo desagradable. Este principio es dominante en los primeros tres años de vida.

2.     El principio de la realidad que se mueve a nivel de motivación social y se traduce en la gradual aceptación y en la adaptación a la realidad externa (leyes físicas y sociales, personas, límites personales). Éste caracteriza el período entre los tres y los ocho años, pero a veces es obstaculizado por el principio de placer.

3.     El principio de los valores es animado de motivaciones personales y orienta hacia una conducta inspirada a una escala de valores sentidos como propios del individuo. Eso puede iniciar a obrar después de la pubertad, si la educación ofrece perspectivas válidas y motivadas.

El criterio de los tres principios es un válido parámetro para evaluar el nivel de madurez psicológica, religiosa y vocacional en los diversos estados del desarrollo[16], cuya característica fundamental consiste en la integración entre la razón y las energías afectivas. En la fusión armónica de estos dos elementos está la base de la madurez y orienta la sensualidad y la agresividad hacia el bien global de la persona y hacia la creatividad. Por eso el hombre maduro goza de un notable margen de libertad interior y es capaz de un amor verdaderamente humano.

La persona madura es capaz de experimentar contemporáneamente diversos tipos de afecto, aunque una forma de amor es vivida con intensidad dominante sobre las otras. Además, la preferencia de un determinado tipo de amor varía con la edad, el sexo, la formación, la escala de valores, la orientación dada a la propia vida. Si la persona es afectivamente madura sabrá utilizar con libertad los diversos tipos de amor, según las circunstancias y en armonía con el propio ideal.

La concepción unitaria de la capacidad de amar conserva todo su valor en la relación con Dios y con los valores sobrenaturales. El amor hacia Dios y hacia los valores espirituales es auténtico y personal si nace de una afectividad humana, madura y equilibrada[17].


[1] Cf. Giordani, B., (1971). Vita affettiva della religiosa, Roma: PUA, 72; Schaller, J.P., (1964). «Vocation et affectivité», en vocations sacerdotales et religieuses, 225. 79.
[2] Cf. Lucas Lucas, R., (1993). El hombre espíritu encarnado… Opus cit., 191; Giordani, B., (2001). Donne consacrate… Opus cit., 109.
[3] Cf. Spaccapelo, N., (2006). Lezioni… Opus cit., 57.
[4] Cf. Sovernigo, G., (1900). Religione... Opus cit., 203.
[5] Cf. Healy, T., (1997). «La sfida dell autotrascendenza: antropología della vocazione Cristiana 1 e Bernard Lonergan», en Antropologia Interdisciplinare e Formazione. Bologna: EDB, 132; Riberolles J., (1962). «Vie Affective», en Supplément de la vie Spiritualle, 69.
[6] Cf. Goya, B., (2001). Vita Spirituale… Opus cit., 143.
[7] Cf. Goya, B., (2001). Vita Spirituale… Opus cit., 144.
[8] Cf. Giordani, B., (2001). Donne consacrate, una lettura psicologica, Milano: Ancora, 109.
[9] Cf. Sovernigo, G., (1900). Religione e persona, Bologna: EDB, 203; Goya, B., (2001). Vita Spirituale… Opus cit., 145.
[10] Cf. Leep, I., (1975). Natura e valore dell’amicizia, Milano, 27.
[11] Cf. Spaccapelo, N., (2006). Lezioni… Opus cit., 110. También llamado somatización.
[12] Cf. Hilgard, E.R., (1979). Psicologia. Corso introdutivo, Firenze: Barbera, 377.
[13] Cf. Spaccapelo, N., (2006). Lezioni… Opus cit., 55.
[14] Idem., 57.
[15] Cf. Giordani, B., (2001). Donne consacrate… Opus cit., 110.
[16] Cf. Giordani, B., (1993). La donna nella vita… Opus cit., 156-157.
[17] Cf. Giordani, B., (2001). Donne consacrate… Opus cit., 112.

Los tres niveles de la vida psíquica[1]

La tendencia a la realización de sí, implica en el hombre la existencia de potencialidades y de funciones específicas. De hecho, nosotros descubrimos que algunos contenidos están relacionados a los datos sensibles, mientras otros, trascendiendo las determinaciones de proceso material, implican actividades superiores e inclusive hasta espirituales. De otra parte, encontramos en nuestras ideas más generales y abstractas elementos y huellas evidentes de conocimiento sensible, sin que pueda justificar una reducción simple del conocimiento intelectual al sensible[2], sino que más bien implica una interconexión en los diversos niveles.

Por esta constatación de la experiencia podemos deducir que el hombre puede vivir a tres diversos niveles, en los cuales cada acto psíquico concreto revela diferentes géneros de elementos, cada uno con sus propias e irreducibles propiedades, con la implicación de diversas funciones y en obediencia a leyes irreducibles[3], estos niveles son: psico-fisiológico, psico-social, racional-espiritual. En la edad adulta, el individuo debería distinguir los comportamientos intelectuales y cognoscitivos de los afectivos sociales y morales aunque nuestra vida es un conjunto de estas tres realidades fundamentales que se vinculan entre ellas dando origen a toda la complejidad de la vida[4]. Nadie vive en un mundo sólo de conocimientos o de socialización; es evidente que, en cada persona aun comprendiendo las tres dimensiones, privilegia alguna, porque están conectadas entre sí y son reconocibles en el acto humano, en el cual normalmente una prevalece sobre las otras.


 Nivel psico-fisiológico
Este nivel comprende las actividades psíquicas ligadas a los estados físicos de bienestar o malestar determinados por la satisfacción o insatisfacción de algunas necesidades fisiológicas fundamentales del organismo como el hambre, la sed, el sueño, la sobrevivencia y la salud[5]. A este nivel se desarrolla y se perfecciona primeramente el organismo que desde los momentos iniciales posee la regulación térmica, la capacidad de asimilar los alimentos, de crecer, etc.

Esta actividad tiene su origen y término en la sensación de déficit o de satisfacción a nivel visceral, pero puede suscitar y requerir respuestas y reacciones en las facultades mentales, como un esfuerzo por satisfacer sus necesidades mediante productos que protegen la salud, la seguridad y la comodidad.

Por eso el movimiento se dirige a la búsqueda del objeto satisfactorio. La realidad es vista en función de la propia exigencia fisiológica, que tiene como fin una necesidad de sobrevivencia y preservación. Si se descuidan las exigencias a este nivel, se provocan sentimientos de frustración que se manifiestan en una tensión que incluso puede quebrantar la salud[6].


Nivel psico-social
El hombre, a este nivel, advierte la exigencia de estrechar amistades, de dar y recibir ayuda, de sentirse parte activa de una comunidad de personas, etc., comprende las actividades psíquicas conectadas con la necesidad de desarrollar relaciones sociales[7].

La motivación más inmediata que empuja esta acción es la toma de conciencia del propio límite que le hace reconocer la necesidad que tiene de los demás.

El esquema satisfactorio lo aprende a través de la repetición de actos homogéneos que se demuestran eficaces en la consecución del objetivo. La percepción de la realidad es constituida por personas; pero vistas no necesariamente en sí mismas y en su intrínseco valor, sino en función de una relación.


Nivel racional espiritual
Este nivel comprende las actividades psíquicas conectadas con la necesidad de conocer la verdad, y con la capacidad humana de aferrar la naturaleza de las cosas, abstrayéndolas de los datos de los sentidos. Este poder es llamado inteligencia o «espíritu», no tiene dimensiones mensurables, está fuera del tiempo y del espacio.

La persona descubre contenidos y actividades que se revelan trascendentes, en esta dimensión, la problemática del hombre se crea entorno a su destino y a la existencia, la afirmación absoluta del ser o de valor que concibe a propósito de ciertas realidades, la experiencia de obligación moral, el problema que se pone del conocimiento, etc., estos contenidos psíquicos implican que la vida psíquica humana trascienda los límites del ser y los límites de un proceso materialmente cerrado y determinado en sí mismo[8].

Por esta razón, a este nivel la persona encuentra la motivación en un deseo de saber, de resolver los problemas fundamentales como el conocimiento de sí, del propio lugar en el mundo, del sentido de la vida y de la muerte. Al mismo tiempo, tal deseo está sostenido por la capacidad instrumental, propia del hombre, de conseguir, al menos en parte, la verdad de las cosas y por la conciencia de una atracción hacia ella que va más allá del simple deseo subjetivo e indica, en la búsqueda de la verdad, la verdadera vocación de todo hombre.

Los tres niveles de vida psíquica muestran los fines realmente diferentes de los individuos. Cada hombre descubre diferentes tipos de satisfacción en el curso de su vida, y asigna valores diferentes a los objetos que quiere obtener o evitar[9].

Desde el punto de vista genético, o sea, desde el origen, se desarrollan primero los aspectos fisiológicos, los relacionales y finalmente los espirituales[10]. Pero en el aspecto jerárquico, a la luz de su dignidad, el orden es inverso, los valores superiores se colocan a la cima del ser, realizan la integración o la unificación del organismo según la propia filosofía de vida[11].


[1] Cf. Cencini, A., Manenti, A., (1994). Psicología y formación… Opus cit., 3-9; Rulla L., (1997). Antropología della vocazione… Opus cit., 117-118; Rulla, L., (1975). Psicología del profondo e vocazione: le persone, Roma: Marietti, 36-38.
[2] Cf. Nuttin, J., (1967). Psicanalisi e personalitá, Roma: Paoline, 291.
[3] Cf. Nuttin, J., (1962). Psychoanalysis and personality, New York: Mentor Omega Book, en Rulla, L., (1975). Psicología del profondo e vocazione: le persone, Roma: Marietti, 36-38.
[4] Cf. Spaccapelo, N., (2006). Lezioni… Opus cit., 53.
[5] Cf. Nuttin, J., (1967). Psicanalisi… Opus cit., 291.
[6] Cf. Goya, B., (2001). Vita Spirituale tra Psicología e Grazia, Bologna: EDB, 53.
[7] Cf. Nuttin, J., (1967). Psicanalisi… Opus cit., 293.
[8] Cf. Nuttin, J., (1967). Psicanalisi… Opus cit., 294.
[9] Cf. Rulla, L., (1997). Antropología della vocazione… Opus cit., 119
[10] Cf. Goya, B., (1999). Psicología e vita spirituale. Sinfonia a due mani: Bologna: EDB, 27.29
[11] Cf. Goya, B., (2001). Vita Spirituale… Opus cit., 57.

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