En la vida comunitaria,

« La energía del Espíritu que hay en uno pasa a todos... no solamente se disfruta del propio don, sino se multiplica al hacer a los otros partícipes de él, y se goza del fruto de los dones del otro como si fuera del propio» VC 42

Que brille tu Rostro Señor

«Haced de vuestra vida una ferviente espera de Cristo, yendo a su encuentro como las vírgenes prudentes van al encuentro del Esposo. Estad siempre preparados, sed siempre fieles a Cristo.» PC, 5

Vida Fraterna en el amor

Que cada comunidad se muestre como signo luminoso de la nueva Jerusalén, morada de Dios con los hombres, VC, 45

Reflejo de la Trinidad

La vida consagrada se convierte, en una de las huellas, concretas que la Trinidad deja en la historia, para que los hombres puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina. VC, 20

Compromiso y Vigilancia

la primacía de Dios es plenitud de sentido y de alegría para la existencia humana, porque el hombre ha sido hecho para Dios y su corazón estará inquieto hasta que descanse en él. VC,27

ORACION POR LAS VOCACIONES SACERDOTALES


¡Oh Jesús, que mostrando a tus discípulos los campos llenos de mies y lamentándose la escasez de ministros tuyos, les mandabas hacer oración para que el Dueño Divino enviase Operarios a su Mies!.
Hoy venimos a cumplir este deseo de tu Corazón, suplicándote que nos concedas muchos y santos sacerdotes.

V. Para que no deje nunca de celebrarse la Santa Misa, para que tengamos siempre en nuestros templos la Sagrada Eucaristía, para que no falte Jesús en la Comunión.
R. Danos, Señor, muchos y santos sacerdotes.

V. Para que haya intermediarios entre Dios y los hombres, abogados que nos defiendan ante el divino acatamientos y padres que nos perdonen nuestros pecados.
R. Danos, Señor, muchos y santos sacerdotes.

V. Para que sean bautizados los niños, santificado el amor de los esposos y auxiliados los que dejan este mundo.
R. Danos, Señor, muchos y santos sacerdotes.

V. Para que alejen a los demonios, para que rescaten a las almas del purgatorio, para que alegren los cielos.
R. Danos, Señor, muchos y santos sacerdotes.


V. Para que los niños aprendan la fe salvadora, para que los jóvenes reciban protección y los adultos adquieran fortaleza.
R. Danos, Señor, muchos y santos sacerdotes.


V. Para que nuestros ojos vean a Jesús en sus ministros, para que nuestros oídos escuchen la divina palabra, para que nuestras almas reciban su consuelo.
R. Danos, Señor, muchos y santos sacerdotes.

¡Oh Jesús, Redentor y Hermano Mayor nuestro!, por tu sangre divina, por tus trabajos y sufrimientos, por tu Pasión y acerba muerte, escúchanos y conceden lo que te pedimos, dándonos muchos y dignos sacerdotes. Envíanos sacerdotes santos, sacerdotes llenos de fervor, que sean según tu Corazón.

Para ello mueve la voluntad de los padres, a fin de que entreguen a Ti sus hijos; excita la caridad de los que tiene bienes de fortuna, para que te den algo de lo que Tú mismo les has dado, haz entender a todos que la Iglesia vive por sus ministros y que no pueden hacer obra mejor que ayudarla para que Ella nos dé santos sacerdotes

Corazón Inmaculado de María, Esperanza nuestra, glorioso San José Padre nutricio del Salvador, y todos los Ángeles y Santos de Dios, interponed vuestras súplicas para que seamos dignos de recibir los sacerdotes que necesitamos. Así sea. 






La fidelidad y su enemigo, "el mal oscuro" (acedia y pereza)








José Cristo Rey G. Paredes, cmf

Soy testigo del quebrantamiento de muchas uniones que se prometían eternas y de la disolución de muchos compromisos que se juraron para siempre. Asistí al matrimonio en el que todos escuchamos emocionados las palabras: “… todos los días de mi vida”. Estuve en aquella profesión en que se decía: “… por un año”, o “… por toda mi vida”. Concelebré en aquella Eucaristía en que el joven presbítero acogió emocionado aquellas palabras del salmo: “Tú eres sacerdote para siempre”. Fui confidente de aquella amistad que era única y se pensaba ser ya suficiente, o del amor de aquellos hermanos que se decían: “¡siempre unidos!

Pasado el tiempo –a veces “¡muy poco tiempo!”- vi cómo todo se derrumbaba. El “todos los días de mi vida” de la esposa o del esposo tenía una fecha de caducidad. El “por un año” de la primera profesión –celebrada a veces con excesiva solemnidad – apenas llegó a un mes. El “para siempre” de la profesión definitiva –cuya celebración parecía un desafío profético- concluyó con el año. El sacerdote “in aeternum” no logró cuajar, y al año, en unos casos, a los pocos años en otros, a la mitad de la vida en otros, o quizá en la madurez, concluyó su ministerio (celebración, predicación, servicio pastoral). Lo más preocupante de todo es que la infidelidad llega a nosotros como una señal colectiva y, al parecer, propia de nuestro tiempo, de la era del movimiento. Da la impresión de que no tiene tan mala prensa y que encuentra comprensión por todas partes. Se aceptan los hechos consumados, pero no se alienta la creatividad en la fidelidad. Porque ser fiel es difícil, a veces, no pocas veces, muchas veces. La infidelidad acontece poco a poco, en forma latente. La ruptura se inicia con un pequeño roto que poco a poco se desgarra más, una pequeñísima disfunción, que poco a poco se agrava. Algunas fidelidades aparentes, están ya casi muertas por dentro: ¡infieles en el corazón! Sí, cualquiera de nosotros puede ser infiel. La acusación farisaica a los demás y el regodeo morboso de la prensa del corazón requeriría unas palabras como éstas: “el que esté sin pecado que tire la primera piedra”.

La fidelidad tiene un gran enemigo en la pereza, en la acedia. Es un freno constante a ella. La fidelidad requiere capacidad creadora, atención, detalle. La pereza hace morir la fidelidad. También tiene otro enemigo: la acedia, llamada también el “mal oscuro”: muchísimas personas la sienten, pero no sabían que éste es su nombre. Pereza y Acedia son dos aspectos contrapuestos de un solo proyecto: ¡destruir la fidelidad! Son los agentes de una guerra oscura, casi guerrilla que al final nos arrebata aquello que más hubiéramos deseado: ¡llegar a realizar aquel bello sueño primero!

¿Qué es la Pereza?

La Pereza es un pecado capital que: • nada tiene que ver con la dejadez
• es, más bien, la permanencia en un rechazo de todo impulso hacia un cambio religioso-moral, o hacia la conversión y metánoia.
• rechaza vivazmente o busca defender obstinadamente la propia inmovilidad, o se opone a toda reforma y renovación.
• en el fondo, desespera malévolamente y desconfía de que un nuevo comienzo o un nuevo punto de apoyo pueda aportarnos algo. Con ello la pereza cierra cualquier camino hacia gracia, la salvación, la vocación.

Acedia o el “mal oscuro” Gabriel Bunge, un monje de nuestro tiempo, lo denomina el “mal oscuro”. Acedia se puede traducir por tedio, ansiedad, aburrimiento, pereza, desánimo, disgusto, languidez, depresión, náusea. Evagrio lo llamó “demonio de medio día”. Hoy se llamaría “virus meridiano”. Ataca –no los viernes y trece-, sino en esos tiempos muertos, en que la gente sestea y baja sus defensas… como si se tratara del “medio día”.

Síntomas de infección son los siguientes: • atonía,
• pérdida de tensión en el alma,
• sensación de vacío,
• aburrimiento,
• desgana,
• incapacidad de concentración,
• ansiedad del corazón.
• Llega precedida de la “tristeza” y la “agresividad”: la tristeza surge de un deseo frustrado y, a partir de ahí, se enciende la ira o la agresividad.
• Quien tiene el virus de la acedia manifiesta una cierta inquietud interior, que le lleva a desear el cambio, pero no el cambio que sería necesario, sino otro cambio mucho más superficial: ¡cambiar de casa, de trabajo, de amistades, de compañías! ¡Dejar inacabados los trabajos emprendidos! ¡Cambiar de aires! ¡Vagabundear!
• La acedia se manifiesta también como temores a la enfermedad, otras veces como deseos de innovación -pero sólo como huida hacia adelante-. Quien ha sido atacado por la acedia es, en el fondo, una persona que no se aguanta a sí misma, y, por eso, se evade.

La acedia se trasviste de virtud: ¡actividad incansable!, ¡agenda llena! Así se oculta el propio vacío interior. Todo se exagera. Después se ve: no hay amabilidad sino intolerancia, amargura y prisa… Personas célibes con acedia acusan al celibato de su mal y ven en el cambio la solución. Personas casadas con acedia acusan al otro cónyuge y sueñan en el cambio que todo lo solucionará. La acedia se excusa. Culpa a todo lo exterior. No percibe que nace de dentro: de un amor desordenado a uno mismo. Un supervirus llamado por los antiguos “filo-autía” (amor de sí). ¡Antivirus contra el “mal oscuro”!

El que suele emplearse no sirve de nada: pospone el problema y lo agrava. Se llama “¡distráigase!”. Para ello está la industria de la diversión, de los viajes, evasiones y aventuras. Después se aumenta la dosis, porque una no basta.

Evagrio -un gran padre espiritual del monacato de los primeros siglos cristianos- encontró un antivirus. Se aplica de forma regular. Estos son sus pasos y consejos: • curar las malas raíces: trabaja por dominar tus deseos; aprende el arte del ayuno, de la reducción de necesidades; absorbe tu agresividad en el ejercicio del amor;
• ser paciente: resiste y permanece donde estás, cuando la tentación es huir; pero ¡no con amargura y resentimiento!;
• abrir el corazón a un padre o madre espiritual; en ese ámbito no es el padre quien hace al hijo, sino el hijo quien hace al padre; siéntete hijo;
• hacerlo todo con cuidado y medida: haz las cosas a su tiempo;
• si lloras ante Dios ya estás superando la acedia: se acerca la curación, porque la acedia es el peor enemigo de las lágrimas;
• oponte al enemigo: no le dejes lugar;
• haz el ejercicio de la muerte: piensa que todo acaba, que no puedes determinar tu futuro; que no merece la pena agobiarse por un futuro totalmente desconocido.

Pasado el antivirus, llega la paz, la serenidad y una alegría indecible. El hardware puede re-iniciarse y estrenar programas. Cuidar la fidelidad creadora Cuidar la fidelidad día a día es una tarea digna del ser humano: • La fidelidad perdona setenta veces siete.
• La fidelidad se alimenta con la confianza.
• Se enciende con el amor.
• Se consolida con el diálogo, el encuentro.
• Se robustece con el olvido de sí para diluirse…

¡Ven, Fidelidad, a nuestro tiempo! Eres la pizca de orden que nos queda en medio del torrencial vértigo de nuestro tiempo. Eres la roca que nos permite hacer pie cuando tantas cosas se desfondan. Tú, nos enseñas a reciclar y reutilizar todo lo que hemos vivido y tenemos. Tú nos haces cumplir todos los años de vida que nos han sido dados. Tú das sentido al para siempre, al siempre y al desde siempre. La fidelidad nos hace vivir “centrados”. Vivir es moverse y constituirse en torno a un centro. Se encuentra un centro cuando uno haya su vocación y se compromete con ella. Desde ese centro la Vida organiza nuestra vida, la ordena, le da consistencia. La Vida es el Centro presente en todos los centros.

Pero ¡solo en mi pequeño centro, encuentro el Centro “para mí”! ¡Esa es mi vocación! Es normal que un “centro” nunca responda a todas mis expectativas. Lo que sí responde a ellas, es el horizonte al que “mi centro” me orienta: ¡el Centro de mi centro! “Las mejores amistades son aquellas que Dios aglutina”, decía san Agustín. “Los mejores centros, son aquellos que en Dios se centran”, diría yo. Descentrado no es quien no tiene centro, sino el quien abandona y elige otro, para lo mismo hacer mañana. Hay quienes se juegan todo en cada jugada. Alguien les preguntará un día, qué hicieron con los talentos recibidos.

¡Ven, Fidelidad, a nuestro tiempo! Dale verdad a nuestras palabras públicas y solemnes. Haz verdadera nuestra voz, auténticos nuestros gestos. “Lo dijo y fue hecho”.

• En la era del movimiento necesitamos una generación de mujeres y hombres “fieles hasta la muerte”. • En tiempos de fragmentariedad y descentramiento, necesitamos puntos de referencia, personas imágenes de aquel que dijo “Yo soy el que Soy” o “Yo soy el Amén”. • Es una gracia ser fiel. Pero hay que cultivarla y re-crearla día a día, como una planta, como el cuerpo que se entrena, como el funcionario que no falta a su trabajo, como el orante que no falla al encuentro con su Dios. • El que es fiel en lo poco, poco a poco se hace fiel en lo mucho. Pequeñas infidelidades son embajadoras de la gran Infidelidad. • En este siglo XXI ya hemos asistido a terribles actos de terror, guerras, muertes, catástrofes (tsunamis, terromotos), injusticias y empobrecimientos. Pero también ha habido muchos destrozos a causa de las historias de infidelidad.

¡Que acabe la infidelidad y llegue la Gracia! 

Homilia del Santo Padre, 2 de febrero, 2010

"La vida consagrada es en el mundo y en la Iglesia signo visible de esta búsqueda del rostro del Señor y de los caminos que conducen a Él. La persona consagrada testimonia por lo tanto un compromiso, gozoso y a la vez laborioso, de la búsqueda asidua y sabia de la voluntad divina". 

Miércoles, 2 feb (RV).- Ante cientos de miembros de los Institutos de Vida Consagrada y de las Sociedades de Vida Apostólica, congregados a las cinco y media de la tarde, en la Basílica de San Pedro, el Papa pidió que “Cristo casto, pobre y obediente”, se transforme en compromiso de vida, sabiduría y “esplendor de la verdad”.

"Vivimos hoy, sobre todo en las sociedades más desarrolladas, una condición marcada muchas veces por una radical pluralidad, por una progresiva exclusión de la religión de la esfera pública, por un relativismo que toca los valores fundamentales. Esto exige que nuestro testimonio cristiano sea luminoso y coherente y que nuestro esfuerzo educativo sea cada vez más atento y generoso. Que su acción apostólica, en particular, queridos hermanos y hermanas, se transforme en compromiso de vida, que accede, con perseverante pasión, a la Sabiduría como verdad y como belleza, “esplendor de la verdad”. 

Seguidamente el Papa exhortó a los consagrados y consagradas a saber orientar con la sabiduría de su propia vida, y con la confianza en las posibilidades inagotables de la verdadera educación, la inteligencia y el corazón de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo hacia la “vida buena del Evangelio”.

"¡Queridos hermanos y hermanas, permanezcan escuchas asiduos de la Palabra, porque toda sabiduría de vida nace de la Palabra del Señor! Sean escrutadores de la Palabra, a través de la lectio divina, porque la vida consagrada “nace de la escucha de la Palabra de Dios y acoge el Evangelio como su norma de vida. Vivir siguiendo a Cristo casto, pobre y obediente, se convierte «en “exegesis” viva de la Palabra de Dios. El Espíritu Santo, en virtud del cual se ha escrito la Biblia, es el mismo que ha iluminado con luz nueva la Palabra de Dios a los fundadores y fundadoras. De ella ha brotado cada carisma y de ella quiere ser expresión cada regla dando origen a itinerarios de vida cristiana marcados por la radicalidad evangélica”.

El Santo Padre, al referirse a la Fiesta de la Presentación del Señor, en la que contemplamos a Jesús, cuando María y José, lo presentan en el templo, afirmó que constituye un elocuente icono de la total donación de la propia vida por cuantos –hombres y mujeres- están llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, “los rasgos característicos de Jesús casto, pobre y obediente”. Y al reiterar que fue ésta la razón por la que el Venerable Juan Pablo II escogió esta festividad para celebrar la Jornada anual de la Vida Consagrada propuso tres pensamientos para reflexionar en este día.

"El primero: el icono evangélico de la Presentación de Jesús en el templo contiene el símbolo fundamental de la luz; la luz que, partiendo de Cristo, se irradia sobre María y José, sobre Simeón y Ana y, a través de ellos, sobre todos. Los Padres de la Iglesia han unido esta irradiación al camino espiritual. La vida consagrada expresa tal camino, en modo especial, como “filocalia”, amor por la belleza divina, reflejo de la bondad de Dios". 

En segundo lugar, Benedicto XVI explicó que el icono evangélico manifiesta la profecía, don del Espíritu Santo, pues Simeón y Ana, contemplando al Niño Jesús, entrevén su destino de muerte y de resurrección para la salvación de todos los pueblos y anuncian este misterio como salvación universal.

"La vida consagrada está llamada a este testimonio profético, enlazada a su doble actitud contemplativa y activa. A los consagrados y a las consagradas les es dado –en efecto- manifestar el primado de Dios, la pasión por el Evangelio practicado como forma de vida y anunciado a los pobres y a los últimos de la tierra". 

En tercer lugar, el Papa afirmó que el icono evangélico de la Presentación de Jesús en el templo manifiesta la sabiduría de Simeón y Ana, la sabiduría de una vida dedicada totalmente a la búsqueda del rostro de Dios, de sus signos, de su voluntad; una vida dedicada a la escucha y al anuncio de su palabra.

"La vida consagrada es en el mundo y en la Iglesia signo visible de esta búsqueda del rostro del Señor y de los caminos que conducen a Él. La persona consagrada testimonia por lo tanto un compromiso, gozoso y a la vez laborioso, de la búsqueda asidua y sabia de la voluntad divina". 

El Santo Padre concluyó su homilía con una oración dirigida a todos los consagrados y las consagradas, en todas partes de la tierra, y los encomendó a la Bienaventurada Virgen María.



HOMILÍA COMPLETA
¡Queridos hermanos y hermanas!
 
En la Fiesta del día contemplamos al Señor Jesús que María José presentan en el templo “para ofrecerlo al Señor”. En esta escena evangélica se revela el misterio del Hijo de la Virgen, el consagrado del Padre, venido al mundo para cumplir fielmente su voluntad. Simeón lo indica como “luz para iluminar a las Naciones” y anuncia con palabra profética su entrega suprema a Dios y su victoria final. Es el encuentro de los dos Testamentos, Antiguo y Nuevo. Jesús entra en el antiguo templo, Él que es el nuevo Templo de Dios: viene a visitar a su pueblo, trayendo a cumplimiento la obediencia a la Ley e inaugurando los últimos tiempos de la salvación.
 
Es interesante observar de cerca esta entrada del Niño Jesús en la solemnidad de templo, en un gran “ir y venir” de tantas personas, ensimismadas en sus propios compromisos: los sacerdotes y los levitas con sus turnos de servicio, los numerosos devotos y peregrinos deseosos de encontrarse con el Dios santo de Israel. Ninguno de ellos –sin embargo, se da cuenta de nada. Jesús es un niño como los demás, hijo primogénito de dos padres muy sencillos. También los sacerdotes son incapaces de comprender los signos de la nueva y particular presencia del Mesías y Salvador. Solo dos ancianos, Simeón y Ana, descubren la gran novedad. Conducidos por el Espíritu Santo, ellos encuentran en aquel Niño el cumplimiento de su larga espera y vigilancia. Ambos contemplan la luz de Dios, que viene a iluminar el mundo y su mirada profética se abre al futuro, como anuncio del Mesías “luz para iluminar a las naciones”. En la actitud profética de los dos vigías se encuentra toda la Antigua Alianza que expresa la alegría del encuentro con el Redentor. Ante la vista del Niño, Simeón y Ana intuyen que él es El Esperado.
 
La presentación de Jesús en el templo constituye un elocuente icono de la total donación de la propia vida por cuantos –hombres y mujeres- están llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, mediante los consejos evangélicos “los rasgos característicos de Jesús casto, pobre y obediente”. Por ello la Fiesta de hoy fue elegida por el Venerable Juan Pablo II para celebrar la Jornada anual de la Vida Consagrada. En este contexto, dirijo un saludo cordial y de agradecimiento al Cardenal Joao Braz de Aviz, a quien hace poco he nombrado prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y para las Sociedades de Vida Apostólica, con el secretario y los colaboradores. Con afecto saludo a los superiores generales presentes y a todas las personas consagradas. 
 
Quisiera proponer tres breves pensamientos para la reflexión en esta fiesta.
 
El primero: El icono evangélico de la Presentación de Jesús en el templo contiene el Símbolo fundamental de la luz; la luz que, partiendo de Cristo, se irradia sobre María y José, sobre Simeón y Ana y, a través de ellos, sobre todos. Los Padres de la Iglesia han unido esta irradiación al camino espiritual. La vida consagrada expresa tal camino, en modo especial, como “filocalia”, amor por la belleza divina, reflejo de la bondad de Dios. Sobre el rostro de Cristo resplandece la luz de esta belleza. “la Iglesia contempla el rostro transfigurado de Cristo, para confirmarse en la fe y no desfallecer ante su rostro desfigurado en la Cruz… Ella es la Esposa ante el Esposo, partícipe de su misterio y envuelta por su luz… Esta luz llega a todos sus hijos… pero una experiencia singular de la luz que emana del Verbo encarnado es ciertamente la que tienen los llamados a la vida consagrada. La profesión de los consejos evangélicos, en efecto, los presenta como signo y profecía para la comunidad de los hermanos y para el mundo”.
 
En segundo lugar, el icono evangélico manifiesta la profecía, don del Espíritu Santo. Simeón y Ana, contemplando al Niño Jesús, entrevén su destino de muerte y de resurrección para la salvación de todos los pueblos y anuncian este misterio como salvación universal. La vida consagrada está llamada a este testimonio profético, enlazada a su doble actitud contemplativa y activa. A los consagrados y a las consagradas les es dado –en efecto- manifestar el primado de Dios, la pasión por el Evangelio practicado como forma de vida y anunciado a los pobres y a los últimos de la tierra. “En virtud de esta primacía no se puede anteponer nada al amor personal por Cristo y por los pobres en los que Él vive. La verdadera profecía nace de Dios, de la amistad con Él, de la escucha atenta de su Palabra en las diversas circunstancias de la historia. En este modo la vida consagrada, en su vivir cotidiano sobre los caminos de la humanidad, manifiesta el Evangelio y el Reino ya presente y operante. 
 
En tercer lugar, el icono evangélico de la Presentación de Jesús en el templo manifiesta la sabiduría de Simeón y Ana, la sabiduría de una vida dedicada totalmente a la búsqueda del rostro de Dios, de sus signos, de su voluntad; una vida dedicada a la escucha y al anuncio de su palabra. “Yo busco tu rostro, Señor”… La vida consagrada es en el mundo y en la Iglesia signo visible de esta búsqueda del rostro del Señor y de los caminos que conducen a Él. La persona consagrada testimonia por lo tanto un compromiso, gozoso y a la vez laborioso, de la búsqueda asidua y sabia de la voluntad divina. 
 
¡Queridos hermanos y hermanas, permanezcan escuchas asiduos de la Palabra, porque toda sabiduría de vida nace de la Palabra del Señor! Sean escrutadores de la Palabra, a través de la lectio divina, porque la vida consagrada “nace de la escucha de la Palabra de Dios y acoge el Evangelio como su norma de vida. Vivir siguiendo a Cristo casto, pobre y obediente, se convierte «en “exegesis” viva de la Palabra de Dios. El Espíritu Santo, en virtud del cual se ha escrito la Biblia, es el mismo que ha iluminado con luz nueva la Palabra de Dios a los fundadores y fundadoras. De ella ha brotado cada carisma y de ella quiere ser expresión cada regla dando origen a itinerarios de vida cristiana marcados por la radicalidad evangélica”.
 
Vivimos hoy, sobre todo en las sociedades más desarrolladas, una condición marcada muchas veces por una radical pluralidad, por una progresiva exclusión de la religión de la esfera pública, por un relativismo que toca los valores fundamentales. Esto exige que nuestro testimonio cristiano sea luminoso y coherente y que nuestro esfuerzo educativo sea cada vez más atento y generoso. Que su acción apostólica, en particular, queridos hermanos y hermanas, se transforme en compromiso de vida, que accede, con perseverante pasión, a la Sabiduría como verdad y como belleza, “esplendor de la verdad”. Sepan orientar con la sabiduría de su propia vida, y con la confianza en las posibilidades inagotables de la verdadera educación, la inteligencia y el corazón de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo hacia la “vida buena del Evangelio”.
 
En este momento, mi pensamiento va con especial afecto a todos los consagrados y las consagradas, en todas partes de la tierra, y los encomiendo a la Bienaventurada Virgen María:
 
Oh María, Madre de la Iglesia,
a ti confío toda la vida consagrada,
obtén para ella la plenitud de la luz divina:
viva en la escucha de la Palabra de Dios,
en la humildad del seguimiento de Jesús tu Hijo, Señor nuestro,
en la acogida de la visita del Espíritu Santo,
en la gloria cotidiana del magnificat,
para que la Iglesia sea edificada por la santidad de vida
de estos hijos e hijas tuyos,
en el mandamiento del amor.
Amén. 

¡El mundo necesita signos!



María Socorro Pérez Coss y León, mcmi.

Cada día experimentamos en nuestra vida la presencia del Espíritu que envuelve nuestra pequeñez invitándonos  a participar  en la misión de Cristo a través de la misión específica a la que fuimos llamados. Nuestros carismas son un don para la Iglesia y para el mundo, comprometidos en la construcción del Reino aquí y ahora, porque, el  Reino de Dios es un evento que ya comenzó con las palabras y las obras de Jesús[1]. El Reino, como corazón de la predicación de Jesús, no puede no convertirse en el anuncio de la predicación por parte de la vida consagrada, como miembros de la comunidad de Jesús, la Iglesia.  La iglesia «está llamada a comunicar la realidad más profunda que posee y que la hace tal: el mismo Cristo»[2]. Y como el misterio de Cristo es inagotable, «el Espíritu actúa asemejando a Cristo»[3] (Cfr. LG 48)  distribuyendo múltiples «dones» y carismas en la Iglesia, entre ellos, el maravilloso carisma de la «vida religiosa».
La vida religiosa, como carisma de y en la Iglesia, está llamada a comunicar a Cristo, siendo un signo positivo y esperanzador expresando y manifestando el amor de Dios en Cristo ante una sociedad que excluye y margina a los pobres, a los que «no son útiles», a los enfermos incurables, a las personas con problemas neuropsiquiátricos, en una palabra, en un mundo individualista en donde cada uno busca sólo su propio beneficio explotando y manipulando a los más vulnerables, en este mundo y para este mundo Jesús vino y continua viniendo para ofrecer y darnos la oportunidad de vivir en plenitud, para rescatar lo que estaba perdido, para participarnos de su ser Hijo del Padre y hermanos entre nosotros. Es en este mundo que el Espíritu Santo continua haciendo presente la misión de Cristo a través de los diferentes carimas, justo en este mundo que se empeña en vivir sin Dios, o, por lo menos, que da el mismo valor a toda experiencia religiosa, que pretende silenciar lo específico de Cristo, el salvador único y universal. Es aquí en dónde los seguidores de Jesús necesitamos expresar un estilo de vida diferente, ya sea que bebamos o comamos, buscando tan sólo la gloria de Dios (Cf. 1 Co 10,31), siendo signos tangibles que sin tener que dar explicación de «quiénes somos», en una época de la imagen, con sólo vernos las personas sepan para quien vivimos y a quien servimos.
En una ocasión hubo una reunión para religiosas, la mayoría portaba el hábito, era fácil reconocerlas, sin embargo, una de ellas vestía pantalón, a simple vista no parecía religiosa, nadie la discriminó pero tuvo que aclarar: «yo también soy como ellas». Me impresionó este hecho, y comencé a observar lo que sucede a nuestro alrededor, lo que piensan los que nos ven. En nuestro ámbito se escucha que el vestido no importa, que lo significativo es nuestra forma de vida. Por supuesto que el estilo de vida es sumamente importante, pero poco a poco hemos ido perdiendo nuestros signos externos y visibles, los hemos ido dejando porque se considera que «no son esenciales», o incluso, crean una barrera, y, si  bien,   a las personas con las que trabajamos y nos conocen, no son indispensables los signos para identificarnos, en un mundo que corre, en un mundo que no ve a nadie, cuando alguien pasa con hábito, sin hablar, sin decir nada, llama la atención y se sabe que esa persona dice pertencer a Cristo.
Sirvan para ilustrar tan sólo dos ejemplos. En cierta ocasión, comenté este asunto con un señor y le pregunté que pensaba al respecto. Me respondió:  «para mí una persona que viste se hábito religioso me dice que es una persona que tiene la suficiente fuerza moral y valentía para decir “quién es”». Por otro lado, recientemente he tenido contacto con una Hermana que trabajó en Australia y me comentó que es un mundo secularizado, materialista, en dónde no hay problema económico, sin embargo, tiene una gran sed y necesidad de Dios, y expresó muy emocionada: «mi trabajo desde que llegué allí fue hacer cercano a Jesús, en donde me presentaba me ponía a hablar, y cientos de personas se acercabam, jóvenes, adultos, todos con gran apertura quieren conocer el Evangelio», agrego: «allí hay unas religiosas, que visten como laicas, ya no tienen vocaciones, dejaron todos los signos, la oración y la vida religiosa en común, y se dedicaron a obras sociales “muy buenas”, no lo niego, pero, ya no son atractivas como religiosas, ya no representan una opción de vida; sin embargo, nosotras tenemos 3 años que llegamos a Australia y ya tenemos 5 vocaciones, y este año entrarán a la Congregación 20 jóvenes». Con estos ejemplos, no digo que los signos externos sean o hagan la vida religiosa, sin embargo, en nuestra época nuevamente se perciben como importantes.
Decimos que no hay vocaciones, que a los jóvenes no les interesa la vida religiosa. Pero, ¿cuál vida religiosa? ¿nos dejamos ver? ¿estamos siendo significativos? Fuimos llamados para dar testimonio de Cristo, tenemos que decir lo que somos con nuestra vida y con nuestra presencia. La gente no quiere que lo callemos, las personas quieren que lo expresemos de manera concreta, quieren ver signos, y no me refiero sólo a lo exterior, sino que nuestra persona toda sea un signo, es mucho más fácil captar un mensaje en el que las palabras son confirmadas con algo sensible que no necesita explicación. Nuestra gente sencilla capta muy bien los signos, en nuestras culturas, el Evangelio fue aceptado en gran medida gracias a la Santísima Virgen de Guadalupe, estrella de la Evangelización.
Algunos dicen que no usan el hábito para no tener privilegios, y en este sentido tienen razón, porque no se trata de obtener prestigio, ni de protección o separación del «mundo»”, sino todo lo contrario, se trata de insertarnos en la realidad como un signo visible de consagración y pobreza atrayente, de disponibilidad benévola y alegre, pronta a la escucha y a la ayuda de quien lo necesite, siendo un signo sobre la tierra del amor de Dios en Cristo. Nuestra gente no quiere que silenciemos el amor, no quiere que ocultemos la bondad. Jesús se mostró cercano, acogedor, se manifestó como el Hijo de Dios que ama incondicionalmente sin exlcuir  a nadie, vino precisamente por los pecadores, vino a curar a los que estaban enfermos, se hizo cercano de la humanidad sufriente, se hizo solidario de sus hermanos.  En un mundo  que no quiere oír de Dios, que no quiere oír mensajes, que es muy de la imagen, hoy por hoy, si portamos nuestros signos externos, y vivimos el estilo de vida con radicalidad, no necesitamos grandes palabras para que la gente descubra  para quien vivimos y a quién servimos, y por ello, les amamos y los servimos.
La iglesia desde sus inicios es una institución sacramental, organizada y estructurada. «Cristo, Mediador único, estableció su Iglesia santa, comunidad de fe, de esperanza y de caridad en este mundo como una trabazón visible, y la mantiene constantemente, por la cual comunica a todos la verdad y la gracia» (LG 8), para ello el Espíritu distribuye tanto los dones «jerárquicos» como los dones «carismáticos», estos últimos el Espíritu los otorga a los fieles en respuesta a determinadas exigencias del cuerpo místico, para el bien común y el crecimiento armonioso del cuerpo total de la Iglesia (Cfr. LG 4, 11, 12, 30, 50). Ambos son dones de Cristo a su Iglesia. El Espíritu, por medio de los dones jerárquicos y carismáticos, continúa y desarrolla la acción salvífica de Cristo en la Iglesia y la guía a la unión con Cristo y al Padre[4], de allí nuestra urgencia de ser signos creíbles.

Quien recibe del Espíritu algún don, «lo recibe y lo pone en ejercicio en cuanto miembro de la Iglesia, […] es simplemente Iglesia»[5] (Cfr. LG 12b). La vida religiosa contribuye en tal modo, como auténtico carisma, a que la Iglesia esté equipada para toda obra buena y preparada para su ministerio de edificación del cuerpo de Cristo. La Vida religiosa se introduce en el movimiento que el Espíritu imprime a la Iglesia para la realización de su obra de recapitulación, para instaurar el reinado de Dios, en continuidad con la obra de Cristo. Así, esta tensión escatológica propia de la vida religiosa hace este carisma en la Iglesia aún más significativo (Cfr. LG 45) Entre tantos dones del Espíritu éste es suscitado para[6]  «dar testimonio manifiesto con el  anhelo de la morada celestial y a mantenerlo vivo en la familia humana» (GS 38).


[1] H. Merklein, La signoria di Dio, 78.
[2] F. Ciardi, I fondatori uomini dello Spirito, 32.
[3] F. Ciardi, I fondatori uomini dello Spirito, 34.
[4] Cfr. B. Olivier, «Il carisma della vita religiosa», 27-29.
[5] F. Ruiz Salvador, «Integración de carismas», 100-101.
[6] F. Ciardi, I fondatori uomini dello Spirito, 44.

«nihil humanum est alienum»




Una de las características de la persona humana considerada como misterio es la desproporción que experimenta en su interior, entre lo finito y lo infinito, entre lo corporal y lo espiritual, entre lo temporal y lo eterno. La persona no teniendo en sí la razón de su propia existencia, busca continuamente realización de sí misma en otro y en el Otro. Esta experiencia, de una parte, es una inclinación que favorece la cooperación a la llamada divina, aunque, de otra, su estructura compleja y su contrastante situación en el mundo crean una serie de conflictos que pueden generar crisis en su existencia.

En esta página, queremos ofrecer reflexiones para la formación permanente en la vida consagrada, ya que ésta no se presenta como una alternativa «nihil humanum est alienum», nada de lo que es verdaderamente humano le resulta extraño o contrario. Y cómo la vivencia de la vocación consagrada coincide y perfecciona armoniosamente la manera de realizarse a sí mismo.

Pero, como la vida consagrada se funda en la sequela Christi, la forma típica de realizarse, coincide en la imitación Cristo y por consiguiente en el empleo de todas las energías a causa del Reino, cuya expresión más profunda se revela en la profesión de los consejos evangélicos que implica tres dimensiones fundamentales de la persona: la tendencia al tener, al afecto y al poder, en torno a las que gira toda la existencia humana. Dice al respecto la Constitución Dogmática Lumen gentium:

«Aunque lleva consigo la renuncia de unos bienes [...] no impide el desarrollo de la persona humana, sino que, por su misma naturaleza, lo favorece»[1].

Por su capacidad de ir más allá de sus propios intereses, de dar un no definitivo aun sobre exigencias irrenunciables del ser humano como el derecho de propiedad, de autogestión y de familia es apto de hacer una elección de obediencia, castidad y pobreza.

Sin embargo, tal como lo afirma la Instrucción Caminar desde Cristo: «Junto al impulso vital, capaz de testimonio y de donación hasta el martirio, la vida consagrada conoce también la insidia de la mediocridad en la vida espiritual, del aburguesamiento progresivo y de la mentalidad consumista»[2]. Influenciados por el ambiente, no pocas veces hemos hecho nuestros los valores que hoy mueven a la sociedad: lo provisorio, lo sensible y lo desechable, propio de la cultura «light».

La situación en el mundo, la tentación de vivir sin ilusiones, la distancia entre los valores que se profesan y la realidad que se vive, además los sentimientos, los afectos, las crisis, la estima de sí, etc., son elementos que nos acompañan en la vida y que confirman que «llevamos un tesoro en vasijas de barro»[3], el hecho de haber sido llamadas a vivir una vocación particular en el seguimiento de Cristo no nos excluye de estas experiencias.

La fragilidad de la vasija que ilustra la fragilidad del hombre, requiere la vigilancia humana, que implica sabiduría y prudencia a fin que la vasija no se agriete, comprometiendo la capacidad de custodiar el don recibido. De aquí nace la urgencia de una formación permanente, pero una formación que no se limite a periodos fuertes sino ante todo es necesario entrar en una dinámica de formación continua. Es la única forma de mantener el espíritu atento.



[1] LG, 46.
[2] Caminar desde Cristo, 12.
[3] 2 Cor 4,7.

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